Falleció Carlos Fuentes

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Falleció Carlos Fuentes

Ha muerto Carlos Fuentes a los 83 años en un hospital de Ciudad de México. Se ha ido uno de los íconos de la generación del Boom latinoamericano; uno de los escritores fundamentales de la literatura hispanoamericana pero, particularmente, uno de los representantes más auténticos de la narrativa mexicana del siglo XX y XXI.

Tendría que escribir muchas cosas, como por ejemplo, que Fuentes había nacido en Panamá el 11 de noviembre de 1928 y llegó a México en la adolescencia. Curso estudios de Leyes en la UNAM y de economía en el Instituto de Altos Estudios Internacionales de Ginebra, Suiza. Fue ello lo que probablemente le permitió ser siempre un pensador universal y acucioso de la realidad.

La literatura fue, sin embargo, su gran pasión y desde los años 50 del siglo pasado comenzó a publicar una obra vasta que él mismo dío por llamar “La edad” del tiempo”, conformada por titulos memorables como “Terra Nostra” que le valió, en 1977, el Premio Internacional de novela Rómulo Gallegos, “La muerte de Artemio Cruz”, “La región más transparente”, la magistral “Aura” y luego otras como “Gringo Viejo”, “Los años con Laura Díaz”, “Cristóbal Nonato” y más recientemente La voluntad y la fortuna.

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'El jardín colgante' de Javier Calvo

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Si dijera que Javier Calvo (Barcelona, 1973) no ha sido fuente de inspiración formal para muchos de mis textos, mi nariz probablemente crecería medio metro de golpe. Sigo sus obras desde hace años, las leo y releo con devoción, y frente a una sinopsis como la que sigue, tuve que ignorar mi pila de libros pendientes y ponerme con éste, El jardín colgante, que además ha sido el Premio Biblioteca Breve 2012:

Había una vez un país llamado España que permanecía dormido sin advertir que los servicios secretos trataban de rediseñar el sistema institucional a la nueva era de libertad. Así es como Arístides Lao, un agente con una mente matemática prodigiosa y problemas de sociabilidad, es designado para luchar contra la organización terrorista de extrema izquierda TOD. Lao cuenta con el agente Melitón Muria, un fiel escudero con peculiares principios. La misión de esta pareja esperpéntica y decadente será contactar con Teo Barbosa, un agente infiltrado a punto de pasar al núcleo activo del grupo armado. Pero la operación cambia de rumbo cuando Lao pone en marcha una idea tan loca como genial que traerá consecuencias inimaginables. Estamos en 1977, y en el frío invierno de la Transición el interés de los telediarios se centra en la caída de un meteorito.

Las disecciones de Calvo, tanto de sus personajes como de la cruda realidad, nunca son bienintencionadas: no esperéis encontrar buen rollito o filosofía New Age de spa a lo Coelho: Calvo es especialista en destacar la cara malsana y atornillada de todo cuanto describe, como las fauces llenas de caca rural del borreguito de Norit, o la suerte de bozo de aquella belleza que se ha olvidado depilarse la cornisa labial. Cosas así. De las que, a los lectores blandos, les hace poner cara de acidez gástrica.

Para Calvo todos somos mal nacidos en potencia, o en vigencia. No hay buenas personas, ni sanos mentales: solo personas que sonríen para enmascararlo.

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‘El enredo de la bolsa y la vida’ de Eduardo Mendoza

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9788432210006.jpgHay quienes defienden al Eduardo Mendoza serio y circunspecto de La ciudad de los prodigios o El año del diluvio, pero generalmente los defensores de esas obras frente a sus libros más lúdicos y jacarandosos suelen ser críticos que hablan con la altivez de un esfinge de gesto enigmático.

Yo no soy de esos: yo prefiero al Mendoza callejero, satírico, pintoresco, atornillado. Todo ello son rasgos que, como el colesterol, pueden ser buenos o malos. Mendoza suele cultivar colesterolazo del bueno. Es cierto que, en ocasiones, con tal de alcanzar un estrambote mayor que el anterior, con tal de sugerir la carcajada en el lector, Mendoza es capaz de las filigranas operísticas más excesivas, como si estuviéramos ante una tebeo de Mortadelo y Filemón. Pero no importa.

Con todo, en El enredo de la bolsa y la vida, cuarta entrega de las andanzas del quijote contemporáneo iniciada con El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas y La aventura del tocador de señoras, no alcanza la frescura de su primera entrega, así como la segunda no alcanza tampoco la de la primera, y la tercera ni la de primera ni de la segunda. La pregunta es si la cuarta alcanza a la tercera. Bien, la cosa está muy disputada, pero ,a mi juicio, tampoco lo hace.

Eso no convierte El enredo de la bolsa y la vida en una mala novela. En absoluto. De hecho, es una muy buena novela si comparamos los últimos intentos satíricos de Mendoza, de todo punto fallidos, como El asombroso viaje de Pomponio Flato o El último trayecto de Horacio Dos. Obras que habría pasado totalmente desapercibidas si no llegan a estar firmadas por un autor con marchamo como Mendoza.

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¿Sabías qué…? de Bjorn Carey

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gr47092.jpgPudiera parecer que estamos ante en enésimo recopilatorio de preguntas curiosas de la ciencia con sus correspondientes respuestas sucintas y pueriles. Y en parte, así es. Pero hay algunas diferencias destacables en este ¿Sabías qué…? de Bjorn Carey.

En primer lugar, el apartado gráfico del libro, que es sobresaliente en todos los aspectos, convirtiendo ¿Sabías qué…? en un libro que debe ser guardado, hojeado y adorado cada cierto tiempo, como un grimorio de Harry Potter.

En segundo lugar, en libro de marras viene a suplir unas carencias culturales que la mayoría de nosotros arrostramos durante toda nuestra vida. No exagero. En Estados Unidos, sin irnos muy lejos, la tercera parte de sus habitantes aún cre que las personas y los dinosaurios fueron contemporáneos, según ha puesto de manifiesto un estudio de Louis Harris.

Tal vez no estemos en ante un libro ensayístico profundo sobre ciencia, pero sin duda este libro funciona como un esmeril para afilar la curiosidad, una curiosidad que acaso nos permita penetrar en junglas más frondosas del conocimiento científico; y quién sabe, quizá también asimilar que la financiación de tales actividades no son un capricho de mad doctor sino el sustento de nuestro futuro, tal y como expresa muy atinadamente mi divulgadora favorita, Natalie Angier, en uno de sus libros más emocionantes, El canon:

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‘Tantos tontos tópicos’ de Aurelio Arteta

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Tantos tontos tópicos, del catedrático de filosofía Aurelio Arteta, es un libro para disfrutar en pequeñas dosis. Realmente se sacará partido de la lectura si, entre capítulo y capítulo, uno deja aposentar lo leído o enreda con ello hasta que es capaz de imbricarlo con sus opiniones cotidianas.

Algunos de los tópicos desmigajados por Arteta no son tales tópicos (solo lo son si los interpretamos con mala fe) y con otros apenas convence su disección, que en ocasiones se pierde demasiado en la pomposidad filosófica y al didactismo redundante.

Sin embargo, Tantos tontos tópicos vale su lectura aunque sea por el grupo de tópicos que sí merecen ser desterrados de la cultura popular, y que Arteta ridiculiza como se merecen.

Así pues, este libro está dirigido a los trotamundos que se empeñan, quijotescamente, en construir su propio paraíso artificial; a los yonquis nihilistas; a los manifestantes que, durante las famosas revueltas de Seattle en 1999, calzaban unas zapatillas Nike mientras destrozaban los escaparates de tiendas de la marca Nike; a los filósofos punk que son punk porque era el momento de rechazar lo que habían vindicado los hippies; a los que no saben lo que es una falacia lógica; a los que creen que la sabiduría se generó exclusivamente en el pasado; y, en general, a todos los alimentadores de ideas que, aunque inciertas, inexactas o superficiales, no mueren nunca y se repiten cíclicamente sin cesar, como un disco de hip-hop.

Es decir, a las personas que piensan lo que se debe pensar pero ni siquiera se han detenido a pensar lo que están pensando.

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¿Por qué produce tanto rechazo la contaminación cultural? (y II)

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Uno de los lugares que más me sobrecogieron en mi primera visita a Nueva York no fue el Empire State Building o la Estatua de la Libertad, sino una deliciosa cafetería escondida en Greenwich Village llamada Cornelia Street Café.

Aquí fue donde la cantautora Suzanne Vega empezó su carrera, donde los Monty Python interpretaron algunas obras en la década de 1980 y donde el senador Eugene McCarthy recitaba poesía. También aquí, una vez al mes, toca un grupo de neurocirujanos de alto nivel se reúnen para tocar en su banda Amygdaloids, nombre que hace alusión a esos racimos en forma de almendra que hay en el cerebro, que tienen discos como Heavy Mental. Para escucharles, aquí ha llegado a entrar gente como John Nash, el esquizofrénico matemático de Princeton que inspiró la película Una mente maravillosa.

El Cornelia Street Café es un micromundo de reglas cultures muy flexibles, en el que gente de muy diversa catadura tiene acceso libre para mostrar sus creaciones y, acaso, inspirar al respetable con ellas. El Cornelia Street Café no tiene fronteras, y funciona como reducto para ensayar cosas que luego se trasladarán al mundo real.

El mundo real, sin embargo, sería un lugar mucho mejor si se pareciera más al Cornelia Street Café y menos al patio privado de un provinciano armado con una escopeta de doble cañón dispuesto a volarle la tapa de los sesos a cualquiera que pretenda trasponer el umbral de su sacrosanta casa o, peor aún, mantener un idilio con su virginal hija de diecinueve años. O algo así.

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¿Por qué produce tanto rechazo la contaminación cultural? (I)

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La obsesión de quienes quieren preservar la inmaculada pureza de sus lengua o su cultura me recuerda a la otrora obsesión de reproducirse exclusivamente con individuos de sangre azul a fin de no mancillar el acervo genético.

Los hay que denostan los préstamos anglosajones, como cool o must see, e incluso aquéllos que sirven para rellenar lagunas culturales: ¿cómo diablos se dice exactamente en español spoiler, slapstick, cliffhanger o screwball?. En Cataluña, donde yo vivo, en las series de producción propia los personajes tienden a emplear términos que prácticamente nadie usa en la calle, como si llevaran un permanente palo metido en el orto, a fin de evitar la por otra parte inevitable proliferación de castellanismos.

Preservar la pureza cultural es un anhelo tan infructuoso como el de preservar la virginidad de nuestra hija. Tarde o temprano perderemos. No obstante, aunque hubiera un sistema eficaz para compartimentar las culturas a fin de que no se contaminaran unas a otras, ¿sería algo deseable?

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'100 analogías científicas' de Joel Levy

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9789089982056.jpgDe pequeño disfrutaba sobremanera de esos juegos de componentes (transistores, resistencias, condensadores, diodos, interruptores, etc.) que te permitían, con pericia y paciencia, construir toda clase de aparatos electrónicos, como una radio, una linterna o una sirena. Entonces, cual artesano electrónico, adviertes que el mundo que te rodea, incluso el más complejo, está constituido de pequeñas piezas funcionales.

Lo difícil es saber cómo es cada una de esas piezas, para qué sirve y qué tamaño tiene. Este libro de factura gráfica intachable, 100 analogías científicas, viene a contribuir a que averigüemos cómo son las piezas que nos rodean y conforman la realidad, desde lo más pequeño hasta lo más grande, de lo más inescrutable a lo más evidente.

De algún modo, 100 analogías científicas pretende evitar la paradoja que suponía obtener un mapa completo de la realidad, tal y como refirió Borges con esta anécdota:

En aquel tiempo el arte de la cartografía logró tal perfección que el mapa de una sola provincia ocupaba una ciudad, y el mapa de un imperio, toda una provincia. Con el tiempo, esos mapas desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él.

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‘Parafernalia’ de Steven Connor: la curiosa historia de nuestros objetos cotidianos

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parafernalia_9788434400283.jpgParafernalia habla de las cosas, a modo de enciclopedia. Pero no es una enciclopedia. Steven Connor ha conseguido que un libro enciclopédico se convierta en una obra deliciosa, de lectura pausada. Sí, Connor habla de las cosas que nos rodean, las cosas más insignificantes, pero lo hace con una elegancia, una erudición y una pizca de poesía tan irresistible que, más que una enciclopedia, estamos ante una realidad novelada.

A veces, Parafernalia recuerda más a El primer trago de cerveza de Philippe Delern que a un catálogo de curiosidades sobre los objetos cotidianos. Connor no ha querido dejarse en la aduana los signos distintivos del talento, o los ha degradado hasta hacerlos neutros, como suele ocurrir en los manuales o en las colecciones de explicaciones históricas acerca de objetos cotidianos.

Connor no pretende ser un escriba dócil, o un notario de la realidad. Connor se implica casi emocionalmente con cada objeto y le saca brillo a base de frotarlos como si fueran lámparas mágicas que ocultan un genio en su interior. Y os lo aseguro: tras la lectura de Parafernalia, empezaréis a contemplar objetos tan anodinos como un botón o un alfiler como artefactos mágicos.

De algún modo, Connor cultiva la actividad de observar frente a la de mirar, un poco en la línea de Patricia Schultz en su libro 1.000 sitios que ver antes de morir:

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Usando las matemáticas para analizar obras literarias (y II)

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poetry_sestina.jpgOtro ejemplo del uso de las matemáticas para analizar textos literarios es el de la sextina: una forma poética introducida a finales del siglo XIII por Arnaut Daniel que exige dividir treinta y nueve versos en seis estrofas de seis, más una final de tres.

Además, las palabras finales de los versos de la primera estrofa deben ser las mismas también en las cinco restantes, pero en un orden distinto: para ser justos, según el esquema fijo de reordenamiento en espiral que sustituye cada vez la secuencia 1,2,3,4,5 y 6 por 6,1,5,2,4 y 3.

Todo un galimatías que los matemáticos denominan permutación. Se sabe que hay 720 maneras diferentes de permutar seis cifras o palabras. Pero el escogido para la sextina, si se usa repetidamente, después de seis aplicaciones se vuelve a obtener el orden inicial del que se había partido, como corresponde a una composición de seis estrofas.

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