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30 marzo 2007
La lectura

La primera pregunta que me viene a la mente en cuestiones de lectura no es ¿por qué se lee tan poco?, o ¿cómo debería ser una buena política de animación a la lectura?, preguntas que, por otra parte, son muy legítimas y necesarias y deberían estar en la agenda de los gestores de cultura con más insistencia. Lo que realmente me parece interesante en primer término es una cuestión mucho más simple y, posiblemente, incontestable: ¿Por qué se lee? ¿Qué es lo que lleva a cualquier persona, tanto a adultos como a jóvenes, a tomar impulso para acercarse a una librería o una biblioteca, abrir un libro, y empaparse 100, 200 o 500 páginas de literatura, historia o cualquier otro género disponible a su alcance? ¿Qué es la lectura? ¿Qué se lee?
Es posible que haya en ello una necesidad, casi me atrevería a decir, antropológica; una urgencia personal e intransferible por mantener un hilo conductor con nuestro imaginario colectivo, con los parámetros culturales propios y ajenos, con referentes de conducta y aquellos aspectos más lúdicos de la vida. Iría más allá: parto de la base de que, incluso aquellos que no suelen hacer uso de los libros de manera habitual o no han leído nunca una novela, son tan lectores como aquellos que no pueden dejar de leer uno tras otro. Todos somos lectores no potenciales, sino efectivos. El libro indica una manera determinada de leer, pero hay otras muchas formas de interiorizar una narración; porque, a mi entender, la lectura no es otra cosa que la interiorización individual o colectiva de una narración o un relato, el cual se sostiene por muchos medios diferentes.
El mismo hecho de mantener una conversación ya nos predispone a establecer una lectura. Cuando un amigo nos cuenta algo que le ha sucedido está construyendo un relato, y nosotros lo interiorizamos, analizamos e interpretamos según nuestras propias vivencias. Se podría objetar que una conversación de tales características no exige el esfuerzo de concentración que requiere la lectura de un poema de Paul Celan o un cuento de Henry James. En realidad, no creo que la lectura tenga que ver con la energía que se gasta en llevarla a cabo; tiene que ver con los recursos que cada cual utiliza para hacerla comprensible a sí mismo.
Pero esa necesidad de empaparse de narraciones diversas, la lectura, está en todas partes, en el cine, en la publicidad, en los carteles callejeros, en un coloquio, en los cuentos que los padres les cuentan a sus hijos pequeños cuando se van a dormir, en la representación de una obra de colegio, en los videojuegos, en un debate televisivo. Diariamente, estamos rodeados de miles de narraciones, de pequeñas historias. Porque el ser humano no puede vivir sin una narración que le explique su propia vida. Hay quien se acerca a una librería (cada vez más gente) y decide abrir un libro, leerlo. Es una buena opción. Y, desde luego, contribuye al enriquecimiento personal. Al fin y al cabo, nuestra vida es una narración con muchas tramas.
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