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09 junio 2007
El humor en 'Tres sombreros de copa' (II)
Finalizo este recorrido por la vertiente humorística de la obra de Miguel Mihura recopilando las situaciones absurdas, insólitas, inverosímiles e infantiles tan propias de Tres sombreros de copa.
El diálogo inicial entre Dionisio y don Rosario ya nos va a dar el tono general de la obra. A través de las palabras del protagonista masculino nos enteramos de que el hotel en que se aloja ha mejorado mucho: las moscas fueron trasladadas año tras año de la cocina, al comedor, a la sala y finalmente al campo, en donde, por fin, las pudo usted dar esquinazo…. También la habitación cuenta con una nueva mejora: la instalación del teléfono. Cuando Dionisio descubre el aparato (que sirve a lo largo de la obra para advertirle, con cada timbrazo, del mundo de la decencia que le espera fuera del hotel) inicia este diálogo:
DIONISIO- Pero, ¿qué veo, don Rosario? ¿Un teléfono?
DON ROSARIO- Sí, señor. Un teléfono.
DIONISIO- Pero ¿un telefono de esos por los que se puede llamar a los bomberos?
DON ROSARIO- Sí, señor. Y a los de las Pompas Fúnebres…
Realmente se trata de mejoras considerables, si tenemos en cuenta que el hotel que alberga tan singulares personajes pone las iniciales en las servilletas y en los mondadientes para reutilización de los mismos por sus propietarios…
La siguiente escena, en la que Dionisio conoce a Paula y al negro Buby, ofrece un curioso efecto cómico cuando el futuro marido rompe el sistema de la experiencia con absurdas preguntas a Buby; las respuestas de éste no se quedan atrás:
DIONISIO- ¿Y hace mucho tiempo que es usted negro?
BUBY- No sé, yo siempre me he visto así en la luna de los espejitos…
DIONISIO- ¡Vaya por Dios! ¡Cuando viene una desgracia, nunca viene sola! ¿Y de qué se quedó usted así? ¿De alguna caída?...
BUBY- Debió de ser eso, señor…
DIONISIO- ¿De una bicicleta?
BUBY- De eso, señor…
A continuación, Dionisio, convertido en Tonini (el cambio de nombre que le introduce en el nuevo mundo que va a conocer esta noche) enseña a Paula su supuesta especialidad en el escenario: tirar los sombreros de copa al aire… ¡y que caigan al suelo! La joven Paula, emocionada, aprende enseguida…
Ella también colabora a hacer del color de Buby centro de lo absurdo, al enumerar una serie de tópicos descabellados: que si Buby cantaba tristes canciones en la plantación, que si de pequeño le mordían los mosquitos y los monos y tenía que subirse a los cocoteros…
El segundo acto se inicia con un desfile de personajes insólitos que dan pie a palabras y situaciones de nuevo absurdas. El cazador astuto que pescó cuatro conejos hacía 15 días (por cierto, conejos de los que cuelgan etiquetas con… ¡el precio1) y los lleva colgados del cinturón medio descompuestos.
Madame Olga, la mujer barbuda a la que le aconsejan que se tiña de rubia, porque donde esté una mujer con una buena barba rubia…. Pero a su marido, también artista, que tenía cabeza de vaca y cola de cocodrilo, sólo le gustaban las bellas mujeres de barba negra.
El Odioso Señor, al que no le gustan los automóviles porque las ruedas van todo el rato dando vueltas, que posee cuatrocientos elefantes a los que les ha puesto trompa y todo y que a la bañera le echa focas porque como se baña tan frecuentemente en Noruega no puede vivir sin ellas… Mientras intenta que Paula caiga en sus redes, va sacando de los bolsillos los objetos más estravagantes para ella: una liga, unas medias, un ramo de flores de trapo, un bocadillo de jamón, una carraca… Creando así un efecto paródico de la conquista amorosa.
El final del segundo acto, cuando el futuro suegro de Dionisio, Don Sacramento, golpea la puerta, nos deja al novio escuchando el corazón de Paula con el auricular del teléfono porque ésta ha quedado inconsciente tras ser golpeada por Buby. El desenlace está cerca.
El tercer acto ofrece, con el amanecer, el despertar de Dionisio a la cruda realidad que le espera. Pero esto no es obstáculo para que sigan apareciendo diálogos ridículos entre los personajes. Don Sacramento huele los conejos en descomposición que el cazador astuto dejó bajo la cama. Dionisio, asustado, cree que es Paula que ha muerto, pero entonces descubren los conejos. El diálogo no tiene desperdicio:
DON SACRAMENTO- ¿Qué olor es este, caballero? ¡En este cuarto hay un cadáver! ¿Por qué tiene usted cadáveres en su cuarto? ¿Es que los bohemios tienen cadáveres en su habitación?...
DIONISIO- En los hoteles modestos siempre hay cadáveres…
DON SACRAMENTO- (Buscando) ¡Es por aquí! (...) ¡Dos conejos muertos! ¿Por qué tiene usted dos conejos debajo de su cama? En mi casa no podrá usted tener conejos en su habitación… Tampoco podrá usted tener gallinas… ¡Todo lo estropean!
DIONISIO- Éstos no son conejos. Son ratones… Aquí hay muchos…
DON SACRAMENTO- Yo nunca he visto unos ratones tan grandes.
DIONISIO- Es que como este es un hotel pobre, los ratones son así... En los hoteles más lujosos, los ratones son más pequeños… Pasa igual que con las barritas de Viena…
DON SACRAMENTO- ¿Y los ha matado usted?
DIONISIO- Los he matado yo con una escopeta. El dueño le da a cada huésped una escopeta para que mate a los ratones…
Cuando Don Sacramento descubre el precio al cuello del conejo (3’50), a Dionisio no se le ocurre otra cosa que decirle que, como el hotel cuenta con tantos ratones, el dueño los ha numerado para organizar concursos de caza. Así puede regalar mantones de Manila o planchas al ganador. Dionisio le envuelve los conejos a Don Sacramento y éste, muy contento, se los va a llevar a sus sobrinos para que jueguen…
Finalmente Don Sacramento se va con su carraca y llega el momento de la confesión de Dionisio a Paula: “Sí, me caso, pero poco”. El desenlace se va tiñendo de sueños truncados, de alegrías fingidas, de llantos disimulados y de la marcha de Dionisio hacia un destino monótono; de la marcha de Paula hacia la misma triste realidad en la que se encontraba al principio de la obra. Parece que nada ha cambiado en los mundos de ambos protagonistas, excepto que ahora son más conscientes de dónde están situados. Y por lo tanto probablemente sean más infelices.
En Papel en Blanco | Tres sombreros de copa, de Miguel Mihura, El humor en ‘Tres sombreros de copa’
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