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04 julio 2007


¿De qué vale la opinión de un editor?

Juliana Boersner

Michael KandelTratando de encontrar respuesta a la pregunta sobre qué es un editor, me he encontrado varios textos en la web, pero uno de los que más me ha impactado es el de Michael Kandel y que le publica Ursula Le Guin en su página. Interesante de por si este acto de una autora que publica un trabajo de su editor. La obra de ella es fascinante y amplia con esa mezcla de modernidad, futurismo y actualidad que siempre me atrapa. Pero ya habrá espacio para un comentario sobre Canopus in Argos, por ejemplo; por lo pronto, a las palabras de Kandel en su texto Being an editor.

Algunos extractos:

Pensamos que los autores son distintos a nosotros en el sentido de que sus opiniones importan. Como expertos literarios, ellos pueden encontrar mejor que cualquiera, la joya entre la basura. Como expertos en publicación pueden decir mejor que nadie qué libro entre cientos puede ser un best-seller, convertirse en una película de Spielberg, y hacer toneladas de dinero para el editor (y para el autor). La experiencia y el talento deben estar detras de las opiniones de un editor. De otra manera ¿por qué tendríamos que pagarle a un hombre para que haga eso? Si se le paga a alguien por eso es porque, por supuesto, es bueno en lo que hace.


Los editores sirven a las editoriales como filtros. En un mes, les llegan cientos de manuscritos; el editor selecciona, entre ellos, dos o tres que pueden ser considerados en la reunión editorial semanal o mensual. Es sin duda deseable tener un filtro que permita encontrar las joyas escondidas en la basura, pero tambien es necesario, para las editoriales, trabajar en fucnión de una base diaria, justo para tener un filtro.

Hasta alli está claro, ahora, los editores no son seres infalibles y la anécdota que él cuenta, sirve para ilustrar cómo a veces puede pensarse que han errado. Se trata del caso de un joven editor que consigue, para una editorial anglosajona los derechos de la obra de un escritor portugués, hasta el momento, desconocido. La editorial lo aprueba y este joven editor ve su prestigio elevado incluso por encima de otros editores con más años de carrera. Se publica la obra del escritor portugués y con sorpresa observan que ella no tiene el éxito de ventas esperado con la consecuencia previsible de que cancelaron nuevas ediciones y desecharon al editor.

Un año después, sin embargo, el hasta entonces, desconocido escritor portugués, gana el premio Nobel de Literatura (¿Adivinan al autor o aún necesitan más señas?) con lo cual retornaron las pruebas a la imprenta. No pudo hacer lo mismo Virginia Woolf con el Ulises de Joyce, otro ejemplo emblemático de la falibilidad de los editores.

Los editores, como se ve, no son infalibles ni mucho menos, pero son necesarios, aún hoy en día. Pero, a ello, otro post.

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