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04 febrero 2008


'Los crímenes de Oxford', de Guillermo Martínez

Paolo Fava

los-crimenes-de-oxford.jpgEstamos ante un estilo particular de novela que podría definirse como un ‘thriller tranquilo’, una intriga en la que, a pesar de los asesinatos y los puntuales pasajes escabrosos, prima mucho más el discurrir intelectual. Un joven matemático argentino llega a la famosa villa académica para realizar su tesis pero, tras darse de bruces con el asesinato de su casera, acabará uniendo su materia gris a la de un prestigioso profesor de lógica para tratar de descubrir a un presunto criminal en serie.

En este sentido, Los crímenes de Oxford es un libro que gustará a los amantes del misterio con un punto de desafío a la inteligencia. Escrito por un matemático, las matemáticas son el ámbito de la resolución del acertijo, tomadas en su vertiente más filosófica, mística e incluso poética. A partir de los principios de las series lógicas, Martínez nos va conduciendo por Wittgenstein y hasta los pitagóricos en una curva descendiente desde las certezas axiomáticas que comparten los personajes al comienzo de la obra hasta su confusión final con lo irracional y las reglas secretas que rigen el mundo.

Pero no estamos ante un libro de misticismo new-age. El juego que planeta Martínez entre lo demostrable y lo que forma parte de la superstición o el mito tiene por objetivo demostrar la credulidad persisitente del ser humano, su capacidad de persuadirse a sí mismo buscando sentidos ocultos y conspiraciones dónde no los hay. Algo similar a la tesis del Péndulo de Foucault, en el sentido de que somos los creadores de nuestras propias sombras. Si bien el desarrollo de Martínez es mucho más ameno y fluído que el de Eco (lo que muchos celebrarán), no puede decirse sin embargo que la novela no flaquée en lo que va más allá de lo cerebral.

No es que Martínez no domine su estilo literario. Al contrario, la narración avanza con notable agilidad, incluso en los primeros capítulos previos al crimen inicial en dónde los acontecimientos son bastante anodinos. Otra de sus virtudes es la de caracterización de los personajes, sobre todo en sus diálogos, de una gran vivacidad. Desgraciadamente toda esa habilidad no disimula que sus protagonistas están encorsetados dentro de clichés-tipo que les dejan poco movimiento y nula capacidad de desarrollo. Tampoco se dan cambios evidentes de ritmo ni de tono, por lo que la novela transcurre con un aire de distanciamiento calculador incluso en los momentos más emotivos o pasionales.

El protagonista absoluto de la novela es el ya mencionado profesor, Arthur Seldom. Un tipo seguro de su superioridad intelectual y con suficiente candor humano para resultar entrañable, pero que transpira al mismo dolor y amagura. Funciona perfectamente como Sherlock Holmes matemático, pero tampoco se le permite ir más allá. Hay todo un trasfondo detrás de él que la novela sólo insinúa pero inexplicablemente decide dejar atrás, aún después de enterarnos de que constituye el meollo de la cuestión.

‘Los crímenes de Oxford’ despliega igualmente un abanico de personajes y anécdotas realmente fascinantes, pero es una lástima que se vayan quedando por el camino y se queden en nada al final del libro. A algunos, como el matemático en coma que día tras día garabatea el nombre de una mujer, se le podría imaginar más trascendencia. En general se perciben como gruesos remedos argumentales a algunos personajes cuya única función es la de resultar muy sospechosos en un momento dado para servir de pista falsa. Las relaciones que se establecen entre ellos tienen un aire mecánico que chirría. Así, el narrador tiene que hablar en términos matemáticos incluso cuando escribe una carta de amor.

Sin duda este el fallo más destacado de Martínez. A la hora de proponer un desafío intelectual a su lector quizás lo haya subestimado. Y es que en esta madeja que enrolla para destejer luego y mostrarnos el truco en la manga hay fallos de bulto. Quizás al narrador (cuya incidencia es prácticamente nula en la novela, poco más que un Watson para Seldom) no le sorprenda que una eminencia le elija a él, nada más conocerle, como confidente y ayudante para resolver un crimen, pero al lector sí. El trazado por los recovecos de Oxford y los enigmas de la lógica que nos ofrece Martínez se sigue con gusto, pero el final nos dejará una sensación insatisfactoria, de círculo que no se termina de cerrar.

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Comentarios

He terminado de leer el libro hace sólo un par de días y, muy a mi pesar, he de decir que me ha decepcionado bastante. Me acerqué a él con la curiosidad del cinéfilo que tiene ganas de llenar los huecos informativos que la película de Alex de la Iglesia dejó. Pero, para mi sorpresa, no sólo no he encontrado respuesta a lo que pensé que en la película se había pasado por alto, sino que he descubierto que De la Iglesia supo resolver la historia mejor de lo que lo hizo su autor. Reconozco que la narración ágil de la que hablas en tu crítica me enganchó al principio, pero el desencanto que me invadió a medida que se sucedían las páginas.

#1 | Escrito por aglio | 20 feb 2008 22:37:42

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