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17 marzo 2008


'Spiderwick. Las crónicas' de Tony DiTerlizzi y Holly Black

Paolo Fava

spiderwick.jpgTras pensar un poco en el asunto, creo que el concepto de ‘fantástico’ difiere enteramente cuando se aborda en literatura infantil frente a la adulta. Y no me refiero sólo a los temas, que quizás tampoco estén tan alejados después de todo. Es una cuestión de base. Todorov define lo fantástico como “una situación de extrañeza, a medio camino entre lo racional y lo irracional”. Eso es lo que necesita un adulto para inquietarse, y que tan bien se ha explotado desde el Romanticismo hasta el Realismo Mágico: la tensión de buscar una explicación lógica a un fenómeno sorprendente, y quedarse a mitad de camino.

Con los niños funciona de otra manera, me parece a mi. Quizás porque en su orden de prioridades lo “racional” o “lógico” no siempre figura en primer lugar. Así, la mejor forma de introducir a un niño en lo fantástico es a través de lo conocido, pues sucede que a menudo las experiencias reales son un acicate suficiente para la imaginación. Un verano en una antigua casa llena de ruidos, una escapada solitaria por un bosque frondoso, explorar un desván mohoso que cruje al pisar son a los ojos del niño aventuras mágicas por derecho propio. De ahí que la literatura pueda añadir su pizca de fantasía, y que esta se reciba con un aire de familiaridad.

Este es sin duda uno de los aciertos de la serie infantil Spiderwick, al menos de su primer libro que es el que he tenido ocasión de leer. Fantasía con los pies en la tierra, magia que conecta de forma sencilla y convincente con los grandes problemas antropológicos de cualquier niño occidental: unos padres que se han separado, una hermana mayor mandona, brutota y chicazo, y un hermano – para colmo gemelo – que saca buenas notas y no se lleva las regañinas. Todo dentro de un caserón campestre lleno de presencias, misterios y pasadizos. No es algo nuevo en absoluto, pero tiene el mérito que no todos pueden revindicar de estar bien hecho.

Spiderwick tiene otros méritos, como un vocabulario y sintaxis de muy buen nivel para niños de ocho a diez años, y numerosas ilustraciones de gran calidad que ayudan por una parte a la comprensión del texto y contribuyen por la otra a crear esa atmósfera tan acertada, como he señalado, para el suspense. Se trata además de obritas muy breves, de unas cien páginas incluyendo dibujos, que las hacen de manejo y consumo fácil. Son en definitiva una alternativa recomendable para el público demasiado prematuro para los excesos épicos de la saga Harry Potter.

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