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17 abril 2008


['Nuestros antepasados', de Italo Calvino] El Caballero inexistente

Paolo Fava

ElDe los volúmenes que componen la trilogía Nuestros antepasados de Italo Calvino, El Caballero inexistente es el que considero el mejor y el que me suscita mayor simpatía. Habrá muchos que no estén de acuerdo conmigo, y creo que en ello reside uno de los valores de la creación de Calvino: de esos tres extraños antepasados nuestros que nos presenta, cada uno reconocemos a aquél con el que tenemos mayor afinidad. Yo declaro desde ya mi afiliación al étereo caballero Agilulfo, que existe por pura voluntad, y a su fantástico mundo de caballerías esquizoides.

Calvino nos traslada a uno de sus universos experimentales favoritos, el de los romances de caballerías, su versión analítica y paródica de obras como el Orlando Furioso de Ariosto. Nada más empezar encontramos lo propio, al emperador Carlomagno pasando revista a sus tropas antes del combate contra los infieles. Último de la fila de sus paladines el rey descubre a Agilulfo, cuya prístina armadura blanca no encierra a un hombre ni a ser viviente alguno. Preguntado por lo insólito de su circunstancia, Agilulfo declara existir únicamente debido al rigor por el que sigue las normas de la caballería y por el fervor de su servicio al rey. Complacido por la respuesta, Carlomagno no le da más vueltas.

Y es que Agilulfo es la perfección de la norma, la exactitud matemática del cálculo, la frialdad de la justa medida. Como si la voluntad que lo mantiene en pie fuera regida por una computadora, el caballero inexistente es incapaz de relacionarse con el mundo fuera de unas leyes prefijadas, ya sean la cortesía, las órdenes militares o las convenciones del “buen amor”. Agilulfo sólo existe en sus ejercicios de lógica aplicada: desprovisto de emotividad y de empatía hacía el resto de los seres humanos, pasa sus noches sólo fabricando figuras geométricas con piñas, ya que dormir para él implicaría la disolución.

Como siempre en Calvino, el disparatado protagonista no da él sólo la clave de la interpretación de la novela. Esta se encuentra en su interacción con el mundo y el resto de personajes. En este romance puesto del revés Agilulfo encuentra su opuesto en Gurdulù, el escudero que Carlomagno le impone. Es un loco o tonto del pueblo que, a pesar de su evidente presencia física, no sabe que existe. Es incapaz de ubicar su identidad en el mundo. Cuando va a pescar, se acaba creyendo el pez y termina atrapado en las redes. Cuando come, mete la cabeza en la escudilla porque no entiende que la sopa no te come a tí.

Entre estos extremos de existencia desquiciada pivotan otros héroes más cercanos. Rambaldo, un jovencísimo caballero que quiere brillar de gloria y vengar a su padre sólo para descubrir que el ejército es una máquina burocrática y anodina. Que ama a Bradamante, la feroz y caótica doncella guerrera animada por un desprecio unánime al género masculino y que va a caer sin embargo en un enamoramiento absurdo y desesperado de Agilulfo, fascinada por su imperturbable infalibilidad. Rambaldo persigue a Bradamante, Bradamante a Agilulfo, todos corren unos detrás de otros intentando dar con el sentido de su existencia.

Del hecho de existir es, aunque suene redundante, de lo que trata El Caballero inexistente. Y Calvino lo plantea con una una dicotomía muy inteligente: si ni la posesión de la razón (Agilulfo) ni de la carne (Gurdulù) te garantizan completamente la existencia, es natural que los demás, los seres humanos “completos”, se interroguen sobre su situación en el mundo y su posible sentido. Otro joven paladín, Torrismondo, parte en busca de los caballeros del Grial, aquellos que han conseguido hacerse “uno con el universo”. Lo que descubre es que en realidad han dejado atrás su identidad para dejarse mecer por los mismos movimientos cósmicos de la naturaleza, seres violentos e inhumanos que le dan el contrapunto irracional a Agilulfo.

Leer El Caballero inexistente es una grata experiencia. Hay aventuras y peripecias que se suceden unas detrás de otra, como las frenéticas cabalgadas de sus personajes, todo bajo el signo del humor caústico de Calvino. Pero su imaginario existencial es algo en lo que merece uno detenerse, después de haber disfrutado con su creatividad, para intentar descifrar su sentido poético. Hay una moraleja en esta novela: A existir también se aprende. Quizás haya también una enseñanza.

En Papel en Blanco | ‘Nuestros antepasados’, de Italo Calvino

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Comentarios (1) | Trackback


Comentarios

Yo lo leí como lectura obligatoria en la asignatura de Italiano, y me encantó. Lo recomiendo también.

#1 | Escrito por xiriflus | 18 abr 2008 14:13:25

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