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09 junio 2008
'Lo que sé de los vampiros', de Francisco Casavella
Tenía pendiente la lectura del Premio Nadal 2007 desde hace tiempo y sólo ahora me he puesto al día. Con grata sensación, además, ya que Lo que sé de los vampiros del barcelonés Francisco Casavella es una buena demostración de porqué el Nadal sigue siendo el premio de novela por excelencia de España a pesar del transcurso los años. Porque premia lo bueno, y Casavella tiene uno de los mejores estilos que haya tenido ocasión de leer en un escritor contemporáneo. Sin embargo la novela que tenemos entre manos quizás no esté a la misma altura en el fondo como en cuánto a la forma, y es que se echa de menos un espinazo argumental más sólido en el que amarre la arquitectura del lenguaje del autor.
La historia nos sitúa en el siglo XVIII en la persona de Martín de Viloalle, hijo menor de un noble gallego y destinado desde la cuna a entrar en la Compañía de Jesús. De carácter introvertido y esquivo, Martín desarrolla una manía por la pintura que se convierte en venganza, mediante la caricatura, de la humillación y el desdén que le provoca su entorno. La expulsión de los jesuitas de España le sorprenderá siendo novicio, y tomará la inexplicable decisión de seguirles en el exilio. Esta será la primera de sus muchas partidas y varias afiliaciones, que le llevarán a vivir una vida precaria y transitoria de la Roma papal a los principados alemanes hasta abocar en el París de la Revolución.
Como novela histórica, Lo que sé de los vampiros es atípica. Hay un mínimo de descripciones, tanto de ambientes como de acontecimientos históricos o de personajes ligados a ellos. Quién espere encontrar una reconstrucción minuciosa de una época quedará decepcionado desde el primer momento. El siglo XVIII por el que se mueve Martín es más una reconstrucción ideológica que historiográfica, un mundo de ideas por encima del de los hombres, lo que imprime una sensación de vaguedad a las coordenadas espacio-temporales. Un marasmo de tiempos y lugares que es reflejo de la propia existencia de Martín, dominada por la indeterminación.
Y es que se puede decir que en la novela, en rigor, no pasa nada. Martín toma una única decisión en su vida, la de partir con los jesuitas, pero su destino queda sellado a ser títere de los acontecimientos. Los diversos estados por los que pasará (caricaturista en Roma, aprendiz de masón en Alemania, maestro de dibujo en Dinamarca, ilustrador político en París) son etapas continuadas de una misma insatisfacción por resolver. Martín es demasiado cobarde como para ser artista y no ser adulador, pero posee un anhelo que lo distancia de la vulgaridad del mundo. Su existencia discurre entre los polos de la mediocridad y el tedio y los atisbos de sublimidad, hasta que irrumpe la variable que le hará tomar las riendas de su mundo. Lo que ocurre, dicho sea de paso, de una manera un tanto folletinesca.
La novela transcurre por lo tanto con parsimonia, y puede llegar a hacerse lenta. Sin embargo, la ausencia de aventuras de capa y espada no significa que la elección del siglo XVIII haya sido gratuita, al contrario. Son las grandes ideas del Siglo de las Luces las que entran en juego, y hay que decir que Casavella las machaca sin piedad. El presunto declive del pensamiento dogmático encarnado en los jesuitas es contrapuesto a la gran farsa pseudo-humanista de la masonería. El gran mito ocultista del Conde de Saint-Germain toma una dimensión dolorosamente lúcida y humana en el grandioso personaje de Welldone, y la máquina de desmitificar que es la novela no se detiene ni ante el mismísimo Voltaire. La visión del siglo es la del hombre contra el hombre, intrigando, traicionando, cazando al vampiro inexistente.
Lo que sé de los vampiros sería una auténtica delicia de leer si contáramos sólo los méritos de la prosa de Casavella. Es uno de estos casos en los que el autor domina el lenguaje hasta el punto de permitirse jugar con él y asombrarnos con combinaciones brillantes y diálogos chispeantes de ingenio. Al menos para mí, resulta una compensación suficiente al ritmo difuso de la lectura ya que se lee por el puro placer de estar leyéndolo. Desgraciadamente este equilibrio flaquea en el cuarto final del libro, precisamente dónde lo novelesco toma protagonismo sobre las ideas y se torna en convencional lo que apuntaba a lo extraordinario.
Literatura con mayúsculas, en fin, pero en forma de una novela no lo suficientemente sólida como para ser una obra maestra. Aún así la recomiendo sin duda a aquellos dispuestos a echarle paciencia, leer sin prisas e incluso releer. Son vitaminas para las meninges, o como dice San Ignacio por boca del protagonista, los garbanzos del alma.
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