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08 julio 2008
Thomas M. Disch (1940-2008)

Thomas M. Disch era el secreto mejor guardado de la ciencia ficción. Un día, cuando oí hablar de él hace no demasiado, John Tones lo definió como un Clive Barker pocho. El pasado mes leí su obra más célebre, Campo de Concentración que entre otros méritos ganó el Pulitzer, en una época en que la ciencia ficción todavía no había salido de los magazines pulp.
Son otros tiempos, pero no hay (muchas) otras estupideces. Siguen las de siempre. Y como tal, Disch sigue pronunciándose hoy, escritor de culto infravalorado. Y aunque la blogosfera se lance en masa a recordarle, sólo le va a recordar de una manera: esa. El consenso y sus obligaciones, supongo. Así que me arremango y propongo a Campo de concentración de Disch como la perfecta novela para entender y complementar otra pieza clave, Matadero Cinco de Kurt Vonnegut. Y hay más: Trampa 22 de Joseph Heller o Madre Noche de Vonnegut. Lo que tenían en común todos estos novelistas surgidos de la ciencia ficción o de la escuela del humor negro judío es que hicieron la mejor novela norteamericana sobre la segunda guerra mundial, en una era de posguerra que sólo era fácil de comprender a través de los secos cuentos de John Cheever o JD Salinger.
Campo de concentración no es una excepción y todas ellas fueron interpretadas como nuevas alegorías sobre la guerra de entonces, Vietnam. Puede que la de Disch, como suele pasar, sea entocnes la obra más discreta de todas ellas. Y todo aún teniendo un galardón de gran reconocimiento.
Su obra maestra está fragmentada en una memoir que cuenta el horror desde una perspectiva que resulta extrañamente familiar en el Martin Amis más hereje de La flecha del tiempo, que también contiene una reflexión moral de la misma altura. Pero como toda gran obra, Campo de concentración sabe hablar del conductismo pavloviano desde la óptica del mal y, por lo tanto, de la banalidad del mismo. El análisis clínico de Disch era ése: la exploración de los límites de lo humano.
Y de eso va El eco alrededor de sus huesos, una maravillosa toma de contacto con la teoría de los multiversos. La novela examina con un pulso firme las consecuencias de los viajes espaciales y de las díficiles existencias entre dos universos replicados, con uno de los pocos finales que se ha permitido Disch. Después su carrera evolucionaría hacia el terror más extraño y hasta existencial, y por supuesto, cambiaría de planeta pero nunca de temas, que volvían a él siempre. Su última historia, siguiendo la herencia o replicándola de Philip K. Dick, ya abordaba sin excusas o seudónimos lo divino y lo humano, el bien y el mal. Entonces no sorprende el suicidio, teoría tremendamente camusiana, como final de este gran escritor, destinado siempre a lo secreto, pero si jode, como joden siempre las pérdidas de los más interesantes, locos y visionarios genios de la literatura reciente.
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