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02 agosto 2008


Luis Mateo Díez: 'Un escritor leído no lee El Código da Vinci'

Paolo Fava

luis-mateo-diez.bmpLuis Mateo Díez es una rara avis dentro del panorama literario español. Se empeña en ser el Galdós del siglo XXI en una época en la que la novela parece haber llegado a un callejón evolutivo sin salida. Pero eso a él no le preocupa. Tiene su nicho de lectores y un puesto de funcionario que no le obliga a escribir para vivir. Y todos los años publica una novela que aspira a la perfección estilística. Un crítico y profesor me confesó una vez: Si fuéramos coherentes, el premio de la crítica se lo llevaba todos los años Luis Mateo Díez. Es el Galdós del siglo XXI, pocos le conocen, y él mientras sigue construyendo pausada y sabiamente una biblioteca singular de la novela contemporánea española.

No se suele prodigar en apariciones pero este año ha impartido un curso de verano en la UIMP sobre su obra titulado Fábulas de la memoria y del sentimiento. En él ha criticado una propensión excesiva a la comercialización en el mercado editorial que estaría penalizando al lector cultivado en favor de productos degradados. Esto no sólo afectaría al lector sino también al creador, ya que se trata de una literatura intransitiva. Un escritor leído no lee El Código da Vinci, porque se trata de un tipo de novela dirigida al lector no exigente que lleva a la trivialidad.

Que Luis Mateo Díez está en su esfera particular de la actualidad lo demuestra el que use El Código da Vinci como ejemplo, un libro al que le ha pasado lo que a todas las modas, que ahora hasta citarlo suena rancio. Es como Paulina Rubio o los pantalones pirata, quienes los consumieran hace dos veranos hoy lo consideran ‘out’. Pero hay un fenómeno que contradice a Mateo Díez. El leído no lee un producto de masas porque detecta sus abundantes defectos y le son insoportables, dice. ¿Pero cuántos ‘leídos’, veteranos de sentadas filológicas entorno a Tirso o Cervantes, no han admitido que El Código da Vinci les hizo pasar ‘un buen rato’?

Yo no funciono así, y me sorprende. Un libro descuidado, predecible, machacón o embustero me disgusta. El tufo a producto fácil me echa para atrás, me duele pensar que la vida es corta y el arte largo y que diez mediocres no compensan perderte un obra maestra antes de irte a la tumba. Pero reconozco que mi lectura criticona por deformación profesional me priva de otra manera de ser lector. Hay personas capaces de desnudarse completamente de prejuicios, expectativas y demás bagaje. Aunque tengan una biblioteca a sus espaldas, cada vez que leen lo hacen como si fuera la primera vez.

Si el libro lo exige, su arsenal erudito les viene en ayuda. Y si no les pide nada, entonces se relajan y se dejan llevar por la montaña rusa. Como si nunca hubieran leído una novela de suspense, van a contener el aliento con cada nuevo giro argumental y devorar capítulo tras capítulo impelidos por un final cliffhanger tras otro. Y cuando terminen, no pensarán ‘esto lo veía venir desde el principio’ o ‘espera, esto no tiene ni pies ni cabeza’ o ni siquiera ‘espera, esto lo había leído ya’. Ni siquiera se preguntarán si era alta, baja o literatura mediopensionista. Tan grande es su amor a la palabra escrita que su apetito es omnívoro.

Algunos hacemos lecturas hipercríticas, y es natural que tengamos nuestra antítesis en el lector anticrítico. Para los primeros, los Luis Mateo Díez de este mundo, la literatura es la caza del tesoro. Hay que trabajar, madurar, perseverar, exigir, descartar necesaramente las soluciones fáciles o engañosas y reclamar lo sublime. Pero para el lector anticrítico la literatura debe ser un océano infinito, insondable, sin puntos de referencia, sin centro de gravedad. La mayor dicha del anticrítico debe ser, imagino, la de dejarse engullir por la palabra escrita en un vórtice sin principio ni fin. Si los libros llegaran a terminarse un día, él podría estar releyéndos todos sin ni siquiera reparar en ello.

Vía | Yahoo! Noticias

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Comentarios (6) | Trackback


Comentarios

Me ha parecido un análisis brillante y sorprendente, Paolo, que me ha dado mucho en lo que pensar. A veces los escritores tenemos vergüenza de admitir algo que debería ser un motivo de orgullo, y es lo mucho que disfrutamos leyendo productos de inferior calidad. Luis Mateo Díez se equivoca en lo que dice, igual que se equivocaban los que criticaban duramente a Miguel Delibes hace veinte años porque decía que el fútbol le gustaba mucho.

Que me apunten al club de los anticríticos como socio vitalicio. Pero con una pequeña puntualización: mientras leo un libro, por malo que sea, intento disfrutarlo al máximo. Al terminar llegará el momento de decidir qué emociones, valores estéticos y morales ha dejado. Porque bien leído, el bestseller más infumable puede ser una gran ayuda para un escritor, aunque sólo sea para aprender qué no tiene que hacer.

#1 | Escrito por Juan Gómez-Jurado | 02 ago 2008 22:33:02

Este es el mejor post que he leído en Papel en Blanco en bastante tiempo.
Felicidades.

#2 | Escrito por Luisfer | 03 ago 2008 02:44:55

Creo que debe existir un punto intermedio entre la hipercrítica y la anticrítica y entonces me apunto a este. Me devoro los libros, si están de moda quiero saber por qué, me gusta entender al público (es imprescindible cuando intentas hacer un poco de promoción a la literatura),a veces simplemente quiero saborear la palabra impresa. Entonces llega el sufrimiento, porque no puedo parar de leer y al mismo tiempo estoy constantemente contrariada: me pregunto ¿pero cómo diablos se le ocurre una teoría tan tonta?, o ¿no se da cuenta de lo triviales que resultan esos diálogos?, o simplemente tropiezo con una sintaxis totalmente maltratada y muchos más desatinos que me llevan a comerme literalmente las uñas.
Creo que conocer la buena literatura te salva, siempre está ahí para recogerte de una lectura catastrófica pero necesaria. Sí, necesaria, porque de ella puedes aprender al menos, como leí en el primer comentario, qué no se debe hacer; y también entender al público, el por qué de las ventas millonarias de un bestseller, el gancho. En fin, hasta para poder criticarlo en el corrillo de amigos, necesitas leerlo.

#3 | Escrito por ylnovo | 03 ago 2008 07:33:07

Gracias por vuestros comentarios. El post deriva directamente de mi lectura reciente de 'Si una noche de invierno un viajero' y podría haberlo titulado 'Lo que Italo Calvino le hubiera contestado a Luis Mateo Díez', pero últimamente hablo tanto del hombre que temía ser cansino.

Lo que me gusta de Calvino es que al final de su obra le dedica toda la atención al lector, hace un libro para lectores, la gente que no está preocupada por analizar, opinar, o en qué incide el texto en su propia obra.

Nunca he creído que nadie tuviera que avergonzarse de lo que lee, a menos de que se excite con el Mein Kampf u otras desviaciones extraliterarias. Otra cosa son las discusiones sobre lo que es bueno y lo que es malo, que para eso estamos, para sacudir las inquietudes y derribar monolitos.

Pero en realidad esto afecta muy poco al universo lector, a los lectores desinteresados que algunos todavía sois y otros hemos sido. Cuando se es realmente lector es cuando se hace con intimidad y libertad, y en eso el escritor, el crítico y todos los demás no pintan un pimiento.

#4 | Escrito por Paolo Fava | 03 ago 2008 18:44:47

Shakespeare era popular y lo fue Flaubert, Zola, Tolstoy y Cervantes. El mismo Bukowsky es bastante popular, uno escribe para que lo lean, si son muchos mejor, si son pocos a llorar frente a la biblia y el calefon, pero eso de empezar que en-el-futuro-solo-quedaran-los-buenos me parece patético.

#5 | Escrito por rlilloy | 03 ago 2008 19:03:11

@ rlilloy: Shakespeare, Flaubert, Zola, Tolstoy y Cervantes eran buenos, además de populares. Al final sólo quedan los buenos.

#6 | Escrito por Paolo Fava | 03 ago 2008 19:15:09

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