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04 agosto 2008
[Lecturas para el verano] 'Chesil Beach', de Ian McEwan

Como se suele decir: “Hablando del rey de Roma”. Se me propone que recomiende una lectura para el verano, y aparece de la nada, con pasos sigilosos pero profundos, la última novela del gran Ian McEwan.
El escritor británico Ian McEwan (1949- ) es uno de los mejores de su generación. Lo demostró con ‘Expiación’, una novela de la que aún no he hablado y deberían apalearme por ello. Es una obra tan bella como la adaptación cinematográfica que realizó con solvencia Joe Wright. Ahora viene con ‘Chesil Beach’ y señala con el dedo a todos aquellos que pudieran pensar que su talento en aquel libro fue flor de un día. ‘Chesil Beach’ es la consolidación de su estilo, la reafirmación de sus obsesiones temáticas, pero también la prueba de que su virtuosismo literario se mantiene intacto.
McEwan es un amante de la estética. Se abraza a ella aunque tenga que sacrificar por ello linealidad o mayor coherencia argumental. La base de su narrativa está en la sabiduría que demuestra, línea a línea, página a página, en el cariño y condescencia que siente hacia sus personajes, y en su tónica de encontrar siempre la palabra perfecta para causar un golpe de efecto en el lector.
En la novela, el autor nos habla de una historia de época, que no se para mucho en ambientarla con eventos coetáneos, como suele hacer casi cualquier escritor, sino que se fija más en la moralidad del momento, en las costumbres, en los tabúes y en las rutinas. Edward y Florence es una joven pareja (vírgenes los dos, ojo al dato) que acaba de casarse, y que a pesar de que saben que han de consumar su deseo sexual, el puritanismo y las diferencias existentes entre ambos (que las hay y muchas, a pesar de lo que parecen amarse) impide que se realice con espontaneidad o con verdadera alegría.
Se salta de atrás hacia adelante, o de adelante hacia atrás continuamente, y es posible perderse en el camino de las anécdotas que sitúan en el contexto de los personajes. Pero el ejercicio literario y prácticamente filosófico no se sostiene en seguir una historia de principio a fin, sino de recrearse en cómo McEwan aplica la sencilla historia de un matrimonio reciente en una magistral gama de preocupaciones universales, miserias humanas, silencios, diálogos, represiones, sentimientos… ‘Chesil Beach’ es tremendamente visual si tenemos en cuenta la cantidad de veces que parece estancarse en reflexiones atemporales, y es muy fácil imaginarse la protocolaria cena en el hotel, la playa con los guijarros, el frío y el miedo que sienten los dos protagonistas absolutos. Edward y Florence están encerrados en sus propios temores, en esa irritante timidez que les provoca falta de empuje hacia todo. Se preguntan si no sería horroroso que aquel, el concepto de felicidad establecido por los cánones, no les satisfaciera del todo. Y entonces estarían perdidos.
No sirve de mucho que siga hablando de esta genialidad. Lo mejor es que la lean cuanto antes, que disfruten de sus 184 páginas, que por supuesto se pasan volando. Y ya que estamos, tener ‘Chesil Beach’ entre las manos, sentado en la playa mientras se escucha la brisa marina y el temible silencio meditativo de nuestro yo interior, es una experiencia inolvidable garantizada. Obra maestra, que supone una lección de estilo y una sabiduría literaria escasa de precedentes.
En Papel en Blanco | Chesil Beach, un gran McEwan
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Tags: Chesil Beach, Ian McEwan, Lecturas verano, reseña
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