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25 agosto 2008


‘Entrevistas breves con hombres repulsivos’, David Foster Wallace

Sergio Parra

Dicen por ahí que David Foster Wallace es uno de los escritores norteamericanos contemporáneos más brillantes y originales, además de ser ofensivamente joven (Nueva York, 1962). También fue acusado Foster Wallace de mostrar su genio sólo con cuentos cortos y ensayos, así que, cansado de tanta crítica, Foster Wallace acabó presentando una novela pantagruélica, multiforme e hipnótica titulada (quizá no tan caprichosamente) La broma infinita. Hoy no vamos a hablar de ella, sin embargo, pues requeriría de un espacio excesivo para este blog. Hoy toca su antología de cuentos con el título más llamativo de su bibliografía: Entrevistas breves con hombres repulsivos.

La antología lo componen 23 cuentos que basculan entre la lucidez y la sordidez, diagramando la psicología más secreta y abyecta de unos personajes ya de por sí marginales. Y Foster Wallace incide en esas psicologías con una precisión microscópica que da miedo. Y no estamos exagerando: parece usar un microscopio electrónico de barrido que evidencia hasta los matices más superfluos de alma, llegando a límites de precisión que rozan el aparente ridículo. El ejemplo paradigmático de este estilo obsesivo con los detalles psicológicos lo representa sin duda La persona deprimida, donde Foster Wallace se recrea hasta la extenuación en todos los procesos mentales, inferencias, autorreflexiones, autoengaños, análisis infinitos, digresiones extenuantes sobre intencionalidades de segundo, tercer y cuarto nivel del estado anímico de una mujer deprimida buscando desesperadamente un salvavidas emocional. Quizá el cuento más excepcional de esta antología irregular (irregular como corresponde a la mayoría de antologías).

Las ubérrimas descripciones de Foster Wallace, pues, no necesitan de un argumento sólido para forjar cuentos difícilmente olvidables. Partiendo de una premisa pequeña, ridícula, casi una anécdota intrascendente, como el cuento dedicado a un niño que intenta lanzarse a una piscina desde un trampolín, Foster Wallace acaba plasmando una imagen impactante.

Quizá su rasgo más original (aunque, por abuso, pudiera llegar a agotar) es su continuo juego con las palabras, con recursos metaliterarios, con aclaraciones innecesarias acerca de lo que está hablando en cada momento y con notas a pie de página. Sí, habéis leído bien: Foster Wallace se pirra por hacer aclaraciones continuas sobre lo que escribe con notas a pie de página. Pero sus notas no son realmente informativas sino parte del estilo obsesivo por describirlo todo con tal grado de detalle que de la propia exageración se nos presente la realidad de un modo nuevo, grotesco, incluso risible. Aunque, como dije, esto también puede provocar que el lector acabe pensando: por favor, tu historia es muy interesante y atractiva, pero ¿podrías dejar tanto rodeo e ¡ir de una vez al grano!?

El cuento que da título a la antología consiste en una serie de entrevistas dispersas entre cuento y cuento en las que jamás leemos las preguntas del entrevistador, sólo las larguísimas digresiones del entrevistado, todas ellas malsanas, como la que narra prolijamente la profesión de sexador de pollos. También resulta muy original otro cuento consistente en esquemas narrativos para la escritura de otro cuento más largo y detallado, como si Foster Wallace nos hubiera dejado husmear en sus notas y bocetos. Personalmente, el cuento más difícil de digerir (por lo que cuenta, que no por su forma excepcionalmente bizarra de contarlo) es el de un hombre que se dedica a limpiar los lavabos públicos. Después de leerlo, uno empieza a pensar que es el trabajo más desagradable del mundo.

Ese ruido de algo blando que cae. El susurro suave del papel. Los pequeños gruñidos involuntarios. La imagen singular de un anciano ante el inodoro de la pared, la manera en que se coloca allí, asienta los pies, apunta y deja escapar un suspiro intemporal del que uno sabe que no es consciente. Aquel era su ambiente. Estaba allí seis días por semana. Los sábados doblaba turno. Esa sensación irritante que produce la orina mezclada con el agua. El susurro invisible de los periódicos sobre los muslos desnudos. Los olores.

¿Los títulos de los cuentos? Tremendamente llamativos, como corresponde al estilo pluscuamperfecto de Foster Wallace: Historia radicalmente concentrada de la era postindustrial, Otro ejemplo más de la porosidad de ciertas fronteras o El suicidio como una especie de regalo, son buenos ejemplos de este ánimo por secuestrar el interés del lector.

El libro, además, está perfectamente traducido por Javier Calvo, también escritor que cultiva un estilo narrativo que clona en una coctelera a Foster Wallace y a Chuck Palahiuk (al que, por cierto, también suele traducir). En definitiva, una obra imprescindible para empezar a catar a uno de los herederos de Thomas Pynchon o Don DeLillo que, pese a la irregularidad del conjunto, de buen seguro conseguirá que más de uno de sus cuentos acabe para siempre en nuestro interior, en ese rincón donde guardamos todos nuestros secretos inconfesables.

Editorial Mondadori
328 páginas

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Comentarios (1) | Trackback


Comentarios

Buen analisis del libro pero solo lo recomiendo a lectores "expertos" y veteranos ya que es un libro dificil de leer y de disfrutar, que el "sacrificio" merece la pena para descubrir la retorcida y obsesiva mente de este señor.

#1 | Escrito por ominorca | 26 ago 2008 09:14:41

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