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13 septiembre 2008


‘Historia general de las drogas’, de Antonio Escohotado

Sergio Parra

El otro día me deleitaba con el episodio de una excelente serie de animación en la que, como sucede con casi todos sus capítulos, se esbozaba un problema filosófico de gran calado: el consumo de drogas. Para demostrar que la cruzada antidrogas no debería incidir tanto en las sustancias como en la educación de las personas y la libertad de decisión de uno mismo, en dicho capítulo se descubre la alarmante noticia de que mucha gente se está drogando con orines de gato. Al parecer, respirar pis de gato tendría un poder psiconáutico tan grande como esnifar pegamento o asfixiarse con un pañuelo; todas ellas sustancias accesibles y (todavía) no criminalizadas.

Finalmente, las autoridades optaban por eliminar la libre circulación de gatos por la ciudad y se instala una suerte de narcotráfico gatuno. La ironía es más que evidente.

Pero ¿qué sucede con el asunto de las drogas que produce tanta alarma? ¿Por qué la mayoría de gente usa la palabra “droga” para referirse negativamente a todo un conjunto de sustancias que poco se parecen entre sí y que, por definición, englobarían muchos medicamentos, actividades e incluso el pis de gato? Uno de los motivos, sino el único, es el desconocimiento. El velo negro que cubre todo lo relativo a la psiquedelia y que, por efecto rebote, ha convertido el acto de embriagarse en una huida hacia delante de desesperados y en una moda cool de jóvenes cool.

Historia general de las drogas, de Antonio Escohotado, sirve para retirar un poco esas sombras. Está considerada como la obra más importante y ambiciosa sobre la fenomenología de las drogas. Un libro enorme (tres volúmenes en un solo tomo), que completa el enfoque histórico con el fenomenológico, mediante un Apéndice que examina las principales drogas descubiertas, tanto lícitas como ilícitas. Un libro erudito, riguroso, documentadísimo, con más de 1500 páginas y 5 kilogramos de peso, con 300 imágenes en color y blanco y negro, con una bibliografía que apabulla y un sistema completamente inédito de referencias para facilitar la consulta. Un libro escrito mientras su autor cumplía pena en la cárcel por una injusta condena por tráfico de drogas. Lo cual aureola de cierto romanticismo este grandioso mamotreto.

Se tiende a indentificar a los partidarios de la legalización de las drogas con disidentes confesos, con heréticos recalcitrantes, con irresponsables hippies en perpetuo trip o, en general, con depravados morales. Historia general de las drogas vence ese tópico, empezando por su propio autor, jurista, filósofo y sociólogo y profesor de Metodología de la Ciencia en la UNED. Y luego, tras una visión de las drogas a lo largo de la Historia, pone de manifiesto que el tema es más complejo de lo que parece, y que tras cualquier razonamiento científico se esconde todo un universo de influencias políticas y farmacéuticas.

Pues hoy no sólo corresponde a los gobiernos evitar la difusión de drogas adictivas y tóxicas, sino proteger el ánimo y el juicio de las personas contra paraísos artificiales para el desánimo, la vaciedad o el dolor. La circulación de cualquier proteína cerebral con poderes euforizantes provoca una inmediata respuesta represiva, aunque su toxicidad sea inferior al de la patata, no cree dependencia y carezca de estigma social previo. Sin embargo, farisaicamente, ciertas sustancias seguirán considerándose medicinas decentes y artículos de alimentación a pesar de que, a la luz de los análisis científicos, sean potencialmente más peligrosas. ¿Nos imaginamos un mundo en el que hasta el café y los aguardientes también sean racionados?

Un libro que derribará muchos tópicos o prejuicios. O, al menos, nos invitará a un análisis más exhaustivo. ¿Por qué el alpinismo o el motociclismo se presentan como actividades meritorias, como deportes, y se invitan a programas de televisión a grandes practicantes de los mismos… pero no sucede de igual forma con los que se relacionan con las drogas, con los psiconáutas? ¿Por qué sólo aparecen arrepentidos de las drogas y no arrepentidos del alpinismo? ¿Qué es lo que causa, porcentualmente, más muertes?

Leyendo a Escohotado leeremos opiniones que no suelen salir a la luz, descubriremos que existe todo un universo de pensadores y científicos a lo largo y ancho del mundo que sostienen opiniones y pruebas tan chocantes como la que sigue, esgrimida por el toxicólogo H. Berger, presidente de la Sociedad Médica de Nueva York, apoyándose en una experiencia clínica de cincuenta años:

La heroína, que constituye la droga por excelencia, es verdaderamente menos peligrosa, y en estado puro se puede utilizar toda la vida sin estropear el organismo. La adicción no está en la sustancia sino en la persona. La cantidad no tiene nada que ver, y aproximadamente un 16 por 100 de la población mundial es adictivo por constitución.

Escohotado también se moja con exposiciones como la que sigue:

La cruzada farmacrática fue el invento de un solo país (EEUU), que se exportó al Tercer Mundo mediante una política de sobornos y amenazas. Las naciones del bloque occidental y soviético adoptaron el modelo cuando no sufrían problemas sociales o individuales derivados de drogas, y cuando la iniciativa norteamericana parecía algo exclusivamente humanitario. Una vez creado el problema, todos los gobiernos comprendieron las distintas rentas políticas y económicas que se derivaban de mantener la cruzada.

La parte final del libro consiste en un análisis de las diferentes drogas disponibles, a fin de que el lector posea una información contrastada sobre ellas, especificando los siguientes puntos: dosis activa y dosis letal media, factor específico de tolerancia, dosis y tiempo mínimo requerido para que la privación induzca síndrome absistencial, efectos orgánicos y psicológicos más habituales de dosis pequeñas, medias y altas para cada sustancia, contraindicaciones específicas, modos de tratar inmediatamente intoxicaciones agudas o trances paranoicos, forma de detectar adulteración, y toxicidad de los sucedáneos más habituales en cada momento y lugar.

Y es que la aspirina, por ejemplo, puede ser mortal para los adultos a partir de tres gramos. Porque lo tóxico o envenenador de una cosa no es nunca esa cosa abstractamente, sino ciertas porciones de ella conforme a una medida. De ahí, siguiendo con el ejemplo, la enorme utilidad que extraemos de la aspirina, a pesar de sus peligros. La proporción que hay entre cantidad necesaria para obrar el efecto deseado y la cantidad suficiente para matar se denomina margen de seguridad.

En definitiva, un estudio imprescindible para tener una idea más poliédrica del asunto de las drogas, sin alarmismos ni panegíricos. Y lo recomienda alguien que se suele dopar, como máximo, con una taza de café al día. Por cierto, el capítulo al que me referí al principio corresponde a Major Boogage, de South Park.

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