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Wilde y Douglas

Hace poco hablábamos de la adaptación de ‘El retrato de Dorian Gray’ de Wilde por Enrique Corominas. He pensado que quizá sería una buena idea repasar alguna obra más del inmortal Oscar, y una de las más personales que escribió es ‘De profundis’. La literatura a veces funciona como ajuste de cuentas. En ‘Carta al padre’, Kafka le decía a su progenitor todo lo que no le podía haber dicho a la cara. En ‘De profundis’, un afligido Oscar Wilde en la cárcel escribe a su amigo lord Alfred Douglas Bosie, para hacer lo propio.

Recordemos la historia: Bosie y Oscar son más que amigos. Se conocen en 1891 y Wilde ve en el apuesto y caprichoso joven su objeto de deseo. Naturalmente, el marqués de Queensberry, padre de Douglas, al enterarse de la relación, intenta ponerle fin. En un momento determinado, éste deja una nota en el club donde habitualmente acude Wilde que reza “A Oscar Wilde, que alardea de sodomita“. El escritor lleva a juicio al padre de Douglas por difamación e injurias, pero el proceso se vuelve en su contra y es acusado de grave indecencia. Finalmente, tras declararse en bancarrota, acaba con sus huesos en la cárcel de Reading, donde pasa dos tristísimos años.

Escrito como una larga carta a Bosie, ‘De profundis’ es, como decimos, un largo ajuste de cuentas a un amigo traidor, desconsiderado, egoísta y derrochador. Wilde se extrae todo el veneno de esa relación parasitaria e insta a Alfred a verse como es: cobarde, egocéntrico y malcriado. Le reprocha que no pudo escribir ni una sola línea estando a su lado, que gastó cantidades ingentes de dinero en sus caprichos, y que nunca recibió agradecimientos por ello, sino sólo desplantes y aireados enfados propios de un carácter inmaduro. Además, Oscar se lamenta de que Alfred haya publicado artículos y hasta cartas personales de su relación, y que finalmente tenga la desfachatez de dedicarle su volumen de poesías (Bosie fue un pésimo poeta) al encarcelado Wilde.

Pero, al mismo tiempo, el dublinés ha tenido tiempo en la cárcel para reflexionar sobre el sentido de la vida, el arte, y las cosas que son importantes de verdad. Y todo ello también lo consigna en la larga carta que es De profundis. Acaba por reconciliarse consigo mismo y encuentra la paz viendo con otros ojos la vida de desenfreno que había llevado hasta el momento. Si Wilde fue un dandy que buscó durante su vida activa el lujo y la belleza, haciendo de sí mismo un personaje de sus propios cuentos, en la cárcel reflexiona profundamente sobre el significado del dolor, y llega a la conclusión de que es la pura respiración del alma, que el momento más sublime de un hombre es cuando cae de rodillas y confiesa sus pecados.

Pero no se trata, ojo, de una conversión religiosa (a pesar de que en la obra expone una interesante teoría de Cristo como el primer ejemplo de romanticismo en la Historia). Cristo se convierte en un estandarte del amor, la capacidad de compasión, y ve en él algo realmente revelador el que ve en el pecador (y su arrepentimiento) la auténtica flor de santidad.

Su moral es sólo amor, justo lo que la moral debiera ser. Conque sólo hubiese dicho “le serán perdonados sus muchos pecados por lo mucho que amó”, valía la pena morir por estas palabras. (pg. 148)

Wilde tiene tiempo además para hablar del verdadero valor de la amistad, y contrapone la egoísta forma de ser de Bosie, con la de sus verdaderos amigos, que no le han olvidado mientras está en la cárcel y que serán los que le ayuden una vez salga. Se convierte así De profundis en una especie de diario personal que manifiesta un punto de inflexión muy severo en la vida del escritor.

Todo lo que Wilde pudiera escribirle a lord Alfred Douglas en esta obra, ignoramos si lo llegó a leer. Sabemos de éste que fue un declarado racista, que tuvo una vida llena de pleitos por difamaciones y que incluso él también llegó a pisar la cárcel. En concreto seis meses por propagar un rumor sobre Churchill. No son los dos años que pasó su amigo Wilde, pero incluso así, a su salida, tuvo la desvergüenza de escribir un conjunto de poemas titulado irónicamente ‘In excelsis’.

Wilde murió en 1900 en París, solo y pobre. Bosie le sobrevivió 45 años. Afortunadamente, pese a que la figura de Wilde fuera ultrajada en su tiempo por todo aquel escándalo, ha sido la suya la que ha pervivido en el tiempo como genio de la literatura, mientras que la de Bosie ha sido tragada por la oscuridad de los evos gracias a su mediocridad. Y es que, como decía Borges, el tiempo es el mejor antólogo.

Más información | Ficha en Siruela
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