A Erasmo de Rotterdam le gustaba tomar notas en los libros que leía. Así los hacía más suyos. Pero también le permitía fortalecer la memoria de lo que leía.
En su libro De copia, hizo esta conexión entre memoria y lectura cuando instaba a los estudiantes a hacer anotaciones en sus libros, usando “el signo apropiado” para marcar “las apariciones de palabras chocantes, una dicción arcaica o novedosa, brillantes destellos de estilo, adagios, ejemplos y comentarios concisos que merezca la pena memorizar.”
Lo explica así Nicholas Carr:
También sugirió a todos los estudiantes y profesores llevaran un bloc de notas, organizadas por temas, “para que cada vez que (el profesor) señale algo digno de quedar escrito, pueda anotarse en la sección correspondiente”. La transcripción de los fragmentos a mano y su declamación habitual ayudarían a asegurar que se fijaran en la mente. Los pasajes debían verse como flores que, arrancadas a las páginas de los libros, pudieran conservarse entre las de la memoria.
Sentí una especial trepidación al leer lo que aquí cuenta Erasmo porque yo, años ha, también llegué a unas conclusiones similares. Aunque fui un poco más allá. No sólo tomaba nota de lo que me parecía digno de guardar, sino que directamente troceaba el libro, fotocopiaba páginas e incluso las arrancaba para almacenarlas.
Sí, sé que suena sacrílego. Pero eran los libros o yo. Un poco me sentía como Séneca cuando emplea la metáfora de la botánica para describir el papel esencial que desempeña la memoria en la lectura y el pensamiento:

Leer mucho implica, generalmente, acumular muchos libros. El buen lector acostumbra a ser también un coleccionista de volúmenes y más volúmenes. Nos cuesta desprendernos de los libros que hemos consumido, por romanticismo, por apego, por lo que sea. Y eso lleva aparejados una serie de inconvenientes: el polvo, por ejemplo, es uno que me atañe a mí particularmente. Pero uno de los problemas más ubicuos es el del espacio.






