¿Cuál sino satisfacer las necesidades del consumidor (o crear en él otras nuevas) es el principio rector de cualquier empresa? Este aserto no se circunscribe de manera exclusiva a los que conocemos como bienes tangibles, especialmente en un contexto como el actual en el que los consumidores destinan sustanciosas cantidades a la adquisición de productos intangibles, léase por ejemplo cualquier prestación de Internet.
En este mundo de lo no real, conocer con máximo detalle los gustos y tendencias del usuario es una herramienta básica para la obtención de beneficios, como bien saben los propietarios del omnipresente y casi omnisciente Google.
Desde este presupuesto, la empresa o Estado que domine una herramienta capaz de concretar las preferencias del usuario, una herramienta que resulte cada vez más efectiva en base a su capacidad de “aprendizaje”, disfrutará una situación preponderante en Internet y, derivada de esta, jugosos beneficios que pueden traspasar lo económico.

Uno de mis libros favoritos sobre informática es el que podemos ver acompañando a esta anotación, No me hagas pensar, de Steve Krug.
Aún recuerdo la época en que estudiaba informática y un profesor nos decía que no comprásemos libros, que era malgastar el dinero. Según su opinión, se desfasaban tan rápido que no compensaba gastarse 30 ó 40 euros en un tomo sobre, por ejemplo, PHP, para que luego cambiara de versión a los pocos meses.
El término poesía automática no suena a nuevo, y es que recuerda al de escritura automática que proponían los surrealistas y que consistía en dejar emerger las palabras y transcribirlas rápidamente en un papel poniendo de manifiesto el libre fluir del pensamiento. Pues bien, a alguien se le ocurrió llamar de una manera parecida a una máquina fabricadora de poesía, pero para demostrar que ninguna máquina puede vencer al ser humano. 