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Legislación

El caso megaupload o por qué creo que deberían suprimirse o flexibilizarse los derechos de autor (y III)

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Tercer y último capítulo de esta serie de artículos sobre el caso Megaupload. El concepto de que las ideas son una propiedad (intelectual) es muy difícil de mantener, a pesar de que, desde hace décadas, nos han educado justo en sentido contrario. Como ocurría en los ejemplos anteriores, si yo robaba un libro, estaba robando una propiedad. Pero si lo robado era la información de libro, previamente memorizada por mí o mi disco duro, entonces ¿qué estaba robando exactamente?

Aunque parezca muy obvio, a nivel legal es muy complicado definir lo que es una propiedad. Para que algo sea susceptible de propiedad, debe de reunir, al menos, dos requisitos: antagonismo y exclusión. En otras palabras: si yo te lo robo, te quedas sin tu propiedad; y tú puedes poner bajo llave tu propiedad para que yo no pueda acceder a ella. En el caso de las ideas, de lo que sale de nuestro intelecto, ninguno de los dos requisitos se cumple: si de tu cabeza sale una idea, no puedes evitar que los demás la cojan; y si la cogen, tú sigues conservando tu idea, de modo que nadie te ha robado tu propiedad.

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El caso megaupload o por qué creo que deberían suprimirse o flexibilizarse los derechos de autor (II)

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Como os adelantaba en la anterior entrega de esta serie de artículos, un libro puede tener mucho valor, pero no por ello debe tener un coste. Coste y valor no son lo mismo. Así que lo importante no es lo que valga un libro. Lo importante es que el autor se crea suficientemente recompensado económicamente por escribir un libro. Es importante lo de “suficientemente”, porque esa variable es arbitraria y cambia con los tiempos. Lo que ahora nos parece suficiente puede que en el futuro no lo sea, y viceversa. Las quejas de hogaño puede que nos resulten abusivas en el futuro. Que un autor considere que debe vivir unos años de su libro para poder escribir otro a tiempo completo puede parecer justo ahora, pero no siempre lo fue, y os garantizo que no siempre lo será.

Para conseguir que, en la medida de lo posible, el autor se sintiera recompensado económicamente, se crearon los derechos de autor. Sin embargo, basta con echar un vistazo a los beneficios que aportan los derechos de autor al autor, valga la redundancia, para descubrir que el 90 % de los mismos son ridículos. Escribir libros y vivir de ello, pues, no es un trabajo bien remunerado con el sistema de los derechos de autor. Eso sí, los derechos de autor aportan pingües beneficios a las editoriales, a los distribuidores, a las librerías…

¿Entonces? ¿Por qué le importa tanto a un autor que se vulneren sus derechos de autor? ¿Qué más le dará que alguien memorice sus libros para intercambiarlos con otras personas y así, todos, también él, podamos tener acceso a todos los libros sin tener que hacer una inversión de dinero astronómica? Cuando un autor se ve acorralado con esta pregunta, entonces apela a otra cuestión. Algo más en plan freudiano. Algo del ego. Dicen: bien, sí, lo que tú quieras, pero si permito que todo el mundo copie mis libros, entonces otras personas pueden firmar dichas obras con su nombre. Afirmar que son suyas cuando en realidad son mías. Llevarse el mérito, si no económico, al menos el intelectual.

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El caso megaupload o por qué creo que deberían suprimirse o flexibilizarse los derechos de autor (I)

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En estos días, todo el mundo ha saltado a la palestra para comentar su particular visión del caso Megaupload. Ya sabéis: un fulano que se ha hecho de oro poniendo a disposición del respetable un servicio para subir y bajar películas, libros, música o lo que se terciara. Voy a intentar no hacer ninguna valoración legal sobre el asunto, pero sí que me gustaría hacerla desde un punto de vista conceptual.

Conceptualmente, Megaupload solo es un tipo de negocio que funcionaba. Si tal negocio funcionaba tan bien, es porque los responsables de los contenidos que allí se alojaban no habían desarrollado un modelo de negocio similar. Claro, pensaréis, pero eso no es posible: los contenidos pertenecen a sus creadores, de modo que no deberían estar a disposición de los usuarios. Es como dejar la puerta de tu casa abierta para que todo el mundo coja lo que quiera.

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No hay perdón para Miguel Hernández

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No hay perdón para Miguel Hernández

A veces cuando pensamos en los autores que amamos, su silueta se diluye en las neblinas del tiempo y nos hace pensar que son seres que están más allá de cualquier ley terrenal, pero hoy, así de golpe, me doy cuenta de que, por el contrario, muchas de las leyes vigentes siguen condenándolos, a pesar del transcurrir del tiempo y de la importancia de su obra.

Oscar Wilde y Mark Twain, entre otros, han sido víctimas de censura y persecuciones morales. Todo ha quedado en la ética pero para Miguel Hernández , la ley militar no admite perdón. Si, podrán decirme, la Ley de la Memoria Histórica se creó para resarcir los errores y las injusticias del pasado, pero cuando se trata del enjuiciamiento hecho a Hernández el 18 de enero de 1940 en el que se le acuso del delito de “Adhesión a la Rebelión” y por el cual fue finalmente asesinado y desaparecido encarcelado hasta morir, la ley militar parece no reconocer equívocos.

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Baidu, el buscador chino, llega a acuerdo con autores y retira sus libros de internet

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Baidú
Como probablemente muchos saben, Baidu es un buscador chino equiparable a Google y sus proyectos tienen las dimensiones y la envergadura de este último y, como él, ha permitido que se suban a los servidores libros sin autorización de sus autores.

Ello provocó que 40 escritores chinos escribieran una carta pública acusando al motor de búsqueda de infringir los derechos de autor de sus obras y pidiendo una compensación por los daños y perjuicios que ello les ocasionaba.

Casi 15 días después de la polémica carta, las tensiones parecen haber bajado luego de que los directivos de Baidú pidieron disculpas por “herir los sentimientos” de los autores y declararon que retirarían los libros de sus servidores y que establecerían convenios de colaboración con las editoriales.

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¡Cuidado! Que vienen los fundamentalistas del plagio (y V)

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El escritor Francisco Casavella se atreve incluso a proponer 6 condiciones inherentes a la práctica del plagio:

1 Copiar algo bueno.

2 Copiar algo poco conocido.

3 Copiar de alguien sin capacidad de respuesta, sin importancia y, a poder ser, muerto hace mucho.

4 Que no se note.

5 El plagio debe superar lo plagiado.

6 Hacerlo con cierto encanto o mucho morro.

Añade Casavella:

Hay quien dice que Desayuino en Tifanny´s de Truman Capote es un plagio de Sally Bowles de Christopher Isherwood. Es posible. Pero está tan bien hecho que a mí me da igual. (…) Hay quien dice que muchas de las canciones de Agustín Lara las escribía un negro a sueldo por cuatro duros. Pues si es verdad, Agustín Lara me parece un sinvergüenza y un tacaño, pero tuvo el buen gusto de elegir a un negro competente.

El profesor de Derecho de Stanford Lawrecen Lessig abunda en ello en su libro Cultura libre (libro que os recomiendo: tras su lectura, muchos obsesos del copyright acaban moderando su actitud):

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¡Cuidado! Que vienen los fundamentalistas del plagio (IV)

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El exceso de celo en la vigilancia de la expresión creativa ahoga la creatividad. El corazón mismo del proceso creativo se basa en pellizcos de cosas ya conocidas, de autores que admiramos, de ideas que escuchamos, de frases que nos calan… transformándolas con “nuestro estilo” (signifique lo que signifique eso, porque ¿acaso pueden existir millones de estilos diferentes o hay un reservorio limitado de estilos?)

La verdadera creatividad no es copiar un libro entero ya publicado. Pero ¿copiar doce palabras viola el proceso creativo? ¿Lo que hizo houellebecq desmerece todo su libro? Si la mítica banda Led Zeppelin no hubiera gozado de libertad para excavar en la mina del blues en busca de inspiración, no tendríamos el Whola Lotta Love.

Cuando alguien copia un texto de otra persona, uno no suele preguntarse por qué lo ha copiado, ni qué ha copiado exactamente, ni tampoco si su copia sirve a algún objetivo más magnífico. Simplemente catalogamos la copia como algo negativo.

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¡Cuidado! Que vienen los fundamentalistas del plagio (III)

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La copia que había perpetrado Beastie Boys, como os refería en la anterior entrega de este artículo, era tan mínima que no ascendió a la categoría de robo, según los tribunales.

A pesar de que el compositor Andrew Lloyd Webber se copia a sí mismo en algún tema musical, como La canción del fantasma, no se considera robo porque el material en cuestión no pertenece a su acusador; de conformidad con la ley de propiedad intelectual, la cuestión no es si uno copió el trabajo de otro sino qué se copió y cuánto.

Gladwell habla así de un experto en música, Lawrence Ferrara, catedrático de Música de la Universidad de Nueva York, cuando se refiere al caso de Lloyd Webber. En este caso, Ray Repp, un compositor de música folclórica católica, alegaba que los primeros compases de “La canción del fantasma” (1984) de Lloyd Webber, que forma parte de El fantasma de la ópera, tenían una semejanza aplastante con su composición “Till You”, escrita seis años antes, en 1978.

Veamos todo lo que Andrew Lloyd Webber escribió antes de 1978: Jesucristo Superstar, Joseph, Evita (Ferrara repasó las partituras y en Joseph and the Amazing Technicolor Dreamcoat encontró lo que buscaba). Ésta es la canción: “Benjamín Calypso” (Ferrara se puso a tocarla. La sensación de familiaridad era inmediata). Es la primera frase de “La canción del fantasma”. Incluso usa las mismas notas. Pero espero, falta lo mejor. Esto es “Close Every Door”, de una función de Joseph en 1969”. (…) Era la segunda frase de “La canción del fantasma”. “La primera mitad de “La canción del fantasma” está en “Benjamin Calypso”. La segunda mitad está en “Close Every Door”. Son idénticas. Sobre el papel. En el caso del primer tema, de hecho “Benjamin Calypso” está más cerca de la primera mitad del tema objeto de litigio que la canción del demandante. Lloyd Weber escribo algo en 1984 y se copia así mismo.

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¡Cuidado! Que vienen los fundamentalistas del plagio (II)

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Como os explicaba en la anterior entrega de este artículo, la propiedad intelectual ha empezado a adquirir la misma entidad que la propiedad privada o la propiedad física, a pesar de que tecnología está precisamente encaminada a lograr lo contrario: que la propiedad intelectual apenas tenga mérito o sentido.

Hoy en día, plagiar un fragmento de un texto es tan escandaloso como robar una cartera, y a la mayoría de gente le parece algo natural porque desde instancias superiores se ha promovido que esa analogía es legítima. Por ejemplo, hace unos años, Doris Kearns Goodwin había fusilado pasajes de otros historiadores, ¿sabéis que le pasó? Le pidieron que dimitiera del comité del Premio Pulitzer.

Cuando Malcolm Gladwell descubrió que algunos de los pasajes de su artículo formaban parte de una obra de teatro de Broadway, sólo sintió que estaba bien, que así se podrían oír ecos de su artículo en los escenarios de Broadway, algo que de otro modo nunca hubiese ocurrido.

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¡Cuidado! Que vienen los fundamentalistas del plagio (I)

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La idea para este artículo surgió de la noticia de que Michel Houellebecq fue pillado por cometer plagio: había copiado literalmente fragmentos de entradas de la Wikipedia, lo cual originó un rechazo unánime, devaluando inmediatamente al Houellebecq como escritor. Bien.

Voy a acometer otro de mis artículos un tanto polémicos, así que tened paciencia conmigo, leed con atención lo que pretendo exponer y, en la medida de lo posible, otorgad la interpretación más favorable de mis palabras (lo que pretendo exponer, además de complejo, es como el sonido de un silbato para perros: sólo resultará audible para los que alguna vez se hayan planteado lo que sigue hasta sus últimas consecuencias).

Dicho lo cual, empezaré narrando una pequeña historia para abrir boca (ya se sabe, para vencer al enemigo, primero hay que rodearlo).

Cuenta Malcolm Gladwell en su libro Lo que vio el perro la historia de una psiquiatra llamada Dorothy Lewis, que un día de la primavera de 2004, recibió la noticia de que, en una pieza teatral que se representaba en Broadway era sospechosamente parecida a un libro publicado por Lewis, unas memorias sobre su trabajo como investigadora de asesinos en serie. El libro se titula Guilty by Reason of Insanity (Culpable a causa de la locura). La obra de teatro, Congelados.

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