El experimento que os referí en la anterior entrega de este artículo consistía en sentar a varias personas en una mesa para mostrarles un par de tarjetas, una con una línea y la otra con tres líneas de diferentes longitudes, llamadas A, B y C. El experimentador les solicitaba entonces que dijeran cuál de las tres líneas tenía la misma longitud que la línea de la primera carta. Era una tarea sencilla, pero tenía truco: todas las personas sentadas a la mesa, menos una, eran actores contratados por Asch.
Cada uno de estos actores fue dando la misma respuesta equivocada. Cuando Asch llegó al verdadero sujeto del experimento, el pobre hombre se sentía inseguro porque él no creía que dichas respuestas fueran verdaderas. Pero tenían que serlo si todos ellos habían afirmado tal cosa. Así que el voluntario simplemente creyó que sus ojos le engañaban, que estaba equivocado.
Y bastaron simplemente tres actores para producir este efecto. Imaginaos lo que ocurriría si el efecto estuviera producido por miles de personas, por personas incluso que ostentan posiciones académicas respetables. Imaginaos lo que ocurriría si, al afirmar que determinada obra clásica es insufrible y no tiene ningún valor intrínseco salvo los años que acumula, una pléyade de personas te calificaran de inculto.

Los premios literarios casi nunca nos indican nada sobre la excelencia de un libro o las destrezas técnicas de su autor. No importa cuál sea la catadura del premio, ni siquiera es relevante que el jurado sea honesto o que el proceso de selección sea justo. No importa que sea el premio Booker, el Pulitzer, el Goncourt, el premio de algún ayuntamiento perdido o el Nobel (aunque esté dirigido más bien a la trayectoria del autor y no tanto a un libro concreto).
Todo lo que ya expuse
El tema es proceloso, lo sé: nada menos que acordar qué significa “bueno”, “malo”, “interesante”, “enriquecedor”, “aburrido” y demás adjetivos calificativos en el ámbito de la literatura. Como no me veo capaz de definir tales términos de una forma omnicomprensiva o, al menos, sin caer en la simplificación, sencillamente voy a saltármelo.
Está prohibido usar las palabras que aparecen en esta lista. En esta relación de palabras podemos encontrar términos como “crimen” o “muerte”, por sus connotaciones funestas. Tampoco podemos emplear la palabra “dinosaurio”, porque podría herir la sensibilidad de los creyentes en el creacionismo. No, no estamos ironizando ni esto es el principio de una novela distópica de George Orwell.
Pearl Curran nació en 1883 en San Luis (Missouri). Abandonó sus estudios secundarios, probó diversos empleos, se casó y dio clases de música. Hasta que el 8 de julio de 1913, experimentó con una tabla Ouija para hablar con los muertos.
Cuando escribimos, todos podemos tropezar en la errata. Incluso si somos extremadamente pulcros, incluso si revisamos nuestro texto una y otra vez, incluso si pasamos el corrector del Word, hay erratas que permanecen, recalcitrantes, inasequibles al desaliento, impermeables al escrutinio. Incluso el título de este artículo contiene una errata (deliberada, bueno) que puede haber pasado desapercibida para muchos.
Ya sea por miedo, como método de control social o por simple rechazo visceral, a lo largo de la historia hemos censurado o prohibido toda clase de libros. También ha habido mucha censura porque todos tenemos la piel muy fina, o porque muchos se la cogen con papel de fumar.
No hay nada más desazonador para un autor que el rechazo de su manuscrito por parte de una editorial. Muchos escritores, tras la carta de rechazo, se replantean volver a escribir. Otros hacen añicos la obra. Los más cínicos, coleccionan las cartas de rechazo, que cualquier por doquier para acordarse de lo mediocres que son (o de lo mediocres que resultan los expertos que trabajan en una editorial).
Si bien el hecho de que un libro se venda más que el otro no aporta ninguna información objetiva sobre la calidad de uno u otro libro, el ser humano no puede evitar sentirse atraído por las listas de los más vendidos, ya sean libros, discos, películas o lo que sea. 