Mi tesssoro o de cómo la pluma estilográfica se convirtió en el anillo de Frodo

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Hoy en día escribimos con ordenador, o incluso con la tablet. Pero aún persisten los románticos que perseveran en la escritura con pluma estilográfica, entre los que me encuentro, como os expliqué en mi El toque romántico de escribir con pluma.

Sin embargo, si no disponemos de un enchufe cerca, para escribir es suficiente con un lápiz. ¿En qué momento el lápiz fue sustituido por una herramienta a todas luces suntuosa, avanzada y absolutamente novedosa? Ese momento llegó justo cuando la pluma cambió su estatus. Cuando la pluma estilográfica se convirtió en una suerte de tesoro, en el anillo de Frodo, en el diamante de Audrey Hepburn, en el brillo fenicio de la ostentación.

Esta transformación ocurrió en 1923 y se la debemos a un hombre de 28 años que se llamaba Kenneth Parker. Su filosofía era: si alguien tenía algo que comprar, lo haría, aunque no lo necesitara. Así, en 1941, introdujo la que suele considerarse la mejor pluma estilográfica de la historia, la Parker 51, que recibió su nombre por el número de años que llevaba en marcha la compañía cuando llegó a las tiendas este superfluo modelo a las tiendas.

Así la describe Sam Kean en su libro La cuchara menguante:

Era la elegancia hecha pluma. Los capuchones llevaban un baño de oro o de cromo, y un clip en forma de flecha dorada. El cuerpo era tan grueso y tentador para los dedos como un cigarrillo, y se ofrecía en colores elegantes como azul cedro, verde Nassau, coco, ciruela y rojo rabioso. La cabeza de la pluma, de color negro India, que parecía una tímida cabeza de tortuga, se iba afilando hacia una bella boca caligráfica. De esta boca emergía, como una lengua enrollada, un diminuto plumín de oro que administraba la tinta. En el interior del pulcro armazón, la pluma funcionaba con un plástico recién patentado llamado Lucite y un sistema cilíndrico, también recién patentado, para conducir una tinta recién patentada, una tinta que por primera vez en la historia de las estilográficas no se secaba por evaporación, mientras descansaba sobre el papel, sino que penetraba dentro de las fibras del papel, secándose por absorción en un instante.

Por primera vez, la moda triunfaba sobre la necesidad en el mundo de la escritura, de un modo nunca visto antes. La pluma ya no servía sólo para escribir sino para describir quiénes éramos. .

Hasta los generales Dwight D. Eisenhower y Douglas MacArthur usaron estas plumas para firmar los tratados que pusieron fin a la Segunda Guerra Mundial en Europa y el Pacífico en 1945.

Con tal publicidad, y con el optimismo que inundó el mundo al acabar la guerra, las ventas saltaron de 440.000 unidades en 1944 a 2,1 millones en 1947, toda una hazaña si se tiene en cuenta que la 51 costaba al menos 12,50 dólares por aquel entonces, y llegaba a alcanzar los 50 dólares (100 y 400 dólares anuales), y que el cartucho de tinta recargable y la resistente punta de rutenio hacía que nadie tuviera que cambiar la pluma.

La pluma se convirtió en un símbolo de estatus. Parecía que nada podría destronarla. Las nuevas tecnologías, como la máquina de escribir, solo aceleraron el proceso que convertiría la pluma estilográfica es una ostentosa pluma de pavo real.

Pero la historia de la máquina de escribir da para otro artículo.

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