Escribir en 'modo zombi' para que los zombis te lean (I)

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Para algunos, el acto de escribir es algo así como poner el piloto automático y dejar manchas de tinta en el papel, cual impresora matricial. Para redactar prospectos de medicamentos o instrucciones de neveras alemanas lo veo estupendo. Sin embargo, cuando nuestro objetivo no es sólo comunicar sino suscitar determinadas emociones y pensamientos en el lector, la escritura automática debería ser anatema.

Si uno no es capaz de poner sus tripas sobre la mesa, mojar la pluma en ellas y escribir con su propia sangre, entonces mejor que lo deje. A veces hay que curtir el vozarrón bebiendo ginebra a morro, no queda otra. Pero si uno prefiere seguir adelante como una princesa inmaculada, que luego no proteste si un crítico sabelotodo le dice que su libro parece haber sido escrito con formol o que se venderá mucho entre las almas ibéricas que persiguen lo inteligible, lo maniqueo y lo facilón.

Si lo que se busca es que a uno le lea mucha gente de diferentes estratos sociales y con distintos niveles culturales, el padre, el hijo y el Espíritu Santo, si uno busca figurar entre los más vendidos, entonces que se olvide de tripas y fuerzas incontrolables surgidas de sus entrañas. Que siga las reglas, los cánones, lo políticamente correcto y, en todo momento, que siempre se la coja con papel de fumar. Como un buen político.

O que siga el ejemplo de Pocholo, que sólo haciendo el aeroplano y buscando incasablemente su mochila perdida triunfa entre mayores y pequeños. Es la única forma de que la mayoría, esa masa estólida llamada humanidad, apoquine.

Si el autor tiene clarinete qué es lo que quiere alcanzar, entonces no hay problema, no tengo nada que objetar. El problema surge cuando el autor busca una u otra cosa inconscientemente, sin haberse sentado primero a decidirlo; o cuando sinceramente lo ha decidido pero, luego, no le apetece que los demás le adviertan que es un autor de masas o un pedante sólo para elitistas, descubriéndole los naipes o encasillándolo.

Ésta última clase de autor no es el más detestable: el que no se entera de lo que hace lo es, el que no sabe que es Pocholo y encima se ríe de Pocholo. Después de todo, la clase de autor que decide vender y ser famoso sin más es sólo un tramposo o un ilusionista: hace creer que escribe algo especial o diferente, liberado de corsés estilísticos y hasta crematísticos, pero en el fondo todo lo hace por la pasta.

No tengo nada en contra de los tramposos y los ladrones de guante blanco. Incluso los puedo llegar a admirar y hasta a envidiar en determinadas circunstancias. Pero ello no quita que intentemos una y otra vez descubrirles el truco. Policía contra ladrones y todo eso de la vida misma.

Aún recuerdo en este sentido las declaraciones de Carlos Ruiz Zafón a propósito de las críticas negativas que habían caído a plomo sobre su obra, tachándola de producto liofilizado para mentes poco exigentes; ergo, la Mayoría. Zafón adujo que ser leído por una mayoría de gente no implica tener menos calidad o menos rigor o menos espíritu literario, que siguiendo por esa línea de razonamiento entonces los periódicos más leídos también serían los de más baja calidad.

Zafón debe de ganar pasta por un tubo, y yo le envidio por ello. Pero precisamente si uno puede embolsarse tanto dinero, ¿no podría salir en los medios ciscándose en todo en vez de intentar defender lo indefendible? O peor aún: ¿acaso Zafón cree sinceramente en lo que dice y ha sido el dinero lo que le impide regir con una mínima coherencia?

Si Zafón no nos está tomando por gilipollas y se cree lo que dice, entonces no debe de estar al tanto de que los periódicos más leídos son precisamente esos pseudoperiódicos superficiales, peores que una hoja parroquial, que regalan en el metro o en la calle y que uno puede leer en 15 minutos porque apenas hincan el diente a nada y se basan en una sucesión de sensacionalismos y juegos malabares de parvulario. Estos periódicos son fenomenales, pero no los lee más gente porque sean más interesantes, sino porque precisamente no dan tanto por saco a nuestros cerebros reblandecidos por la molicie y la rutina laboral.

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