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Desde el magisterio de la psicología evolutiva se puede explicar (o se intenta explicar) por qué hacemos lo que hacemos. Por qué nos gusta el azúcar pero rechazamos el sabor amargo; por qué a los hombres les gustan más los pechos de las mujeres que sus, por ejemplo, codos o rodillas; etcétera.

A diferencia de la biología, que cuenta con fósiles y otras evidencias físicas para respaldar sus teorías, la psicología evolutiva no puede basarse en evidencias físicas porque los cerebros, transcurridos los años, no se conservan de ninguna manera. Así pues, las teorías de la psicología evolutiva tienen mucho de hipotético y aventurado.

Por otro lado, sus afirmaciones se apoyan en el estudio del comportamiento de todo tipo de sociedades. Los psicólogos evolutivos, entonces, se preguntan: si tal comportamiento es general en todas las personas con independencia de la sociedad en la que vivan, ¿no constituirá una herencia evolutiva más que cultural? O dicho de otro modo: los comportamientos más instintivos no proceden de la cultura, al menos en exclusiva, sino que han sido heredados genéticamente de nuestros antepasados porque, para ellos, en su contexto prehistórico, fueron gran ayuda para sobrevivir.

Por ejemplo: ¿por qué nos gusta más el sabor dulce que el amargo? Los antepasados que disfrutaban sobremanera del dulce inclinaron su alimentación hacia sustancias con azúcares, que aportaban la energía necesaria para huir de depredadores o sobrevivir a los largos periodos déficit calórico. Los que, por el contrario, disfrutaban lamiendo, por ejemplo, piedras, tuvieron menos probabilidades de sobrevivir. Los que sobrevivieron, los adictos al azúcar y a las grasas, transmitieron genéticamente este apetito. Hasta nuestros días, cuando ya no es necesario que genéticamente seamos impulsados a disfrutar de lo dulce porque ya no hay problemas de alimentación (por ello vivimos una epidemia de obesidad en el Primer Mundo).

Las herencias genéticas, pues, persisten en nosotros durante generaciones y generaciones, a pesar de que las circunstancias cambien de una generación a otra.

El libro del doctor en biología y profesor de la Universidad de Amberes Mark Nelissen aborda en su libro lo antedicho. Cada capítulo de su libro Darwin en el supermercado se dedica a un comportamiento en particular, desde nuestro deseo por las grasas y el azúcar hasta el cualquier otro aspecto que parecería cultural pero en realidad es genético (o genéticocultural, uno refuerza al otro).

Nelissen ha tenido un gran éxito con el libro, en el que ha trasladado los artículos que publicaba en su blog. Y lo entiendo, porque Nelisen es muy cercano, tiene cierto aire a Eduardo Punset o Bill Byrson, y además sazona todas sus explicaciones con chascarrillos. Nelisen simplemente nos explica alguna anécdota de su vida diaria, generalmente con su mujer al lado, y trata de descifrarla bajo la óptica evolutiva.

Sin embargo, los lectores ya acostumbrados a libros de esta temática quizá queden un poco defraudados por la escasa profundidad de sus capítulos, así como de lo poco original de su planteamiento (personalmente, creo que no he leído ni una sola línea que no haya visto desarrollada con más solvencia y autocrítica por otros autores). Con todo, para los recién llegados al tema (es decir, a los que habéis flipado un poco con la introducción de esta reseña), Darwin en el supermercado os resultará una estupenda manera de estrenaros.

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