‘El miedo a la ciencia’ de Robin Dunbar

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No nos engañemos: lo que mola cantiduvi es creer en una visión holística del mundo, en el libre albedrío, en el juicio individual ponderado, en el altruismo de capilla, en la armonía del cosmos, en la sabia naturaleza y en el cine de filmoteca como quintaesencia de la hondura psicoemocional… aunque haya quintales de pruebas que sugieran que la mente humana está sólo imperfectamente diseñada para la evaluación racional de datos y, sobre todo, al servicio de un objetivo primordial: el intercambio de ADN.

Lo que mola es la opinión (cada uno tiene la suya, hasta el más estulto), el subjetivismo (¡es mi opinión!). el relativismo (todas las opiniones valen lo mismo, respétalas todas) y, sobre todo, mola la filosofía intelectualoide basada en la prosa densa y pedante, el salpicón de citas, las bengalas aforísticas (lo que le mola al personal repetir frases como loros, buf) y otros frutos de la razón primitiva.

Finalmente, añadamos un ingrediente al coctel contemporáneo que se beben todos los que van de profundos por este mundo: el síndrome de Frankenstein: la fobia a lo nuevo, a la tecnología, a los mad doctors, en definitiva, el miedo a la ciencia.

Que así se llama la obra del antropólogo y biólogo evolucionista Robin Dunbar que me he leído esta semana: El miedo a la ciencia. Y de todo esto trata el libro, y también de que todavía, en muchas parcelas de la vida, pensemos y actuemos como campesinos de la Edad Media que se hincan de rodillas cuando oyen un relámpago / el pope de turno suelta su soflama / se prometen gratificaciones postmortem cuando el antemortem es una caca / etc.

El miedo a la ciencia compila una serie de conferencias que Dunbar impartió a estudiantes de Antropología, enriquecidas y supervitaminazas con las discusiones suscitadas en ellas, en particular con sus antiguos colegas y estudiantes del Departamento de Antropología del University College de Londres.

El libro es accesible, para toda clase de públicos, pues el autor se ha cuidado de no incluir notas ni citas a pie de página. Sin embargo, incluye una bibliografía que incluye todas las referencias relevantes.

Dunbar da un repaso a las líneas maestras que sufren de aluminosis en la ciencia actual: explicar con claridad qué es la ciencia (no es sólo una disciplina sino una forma de pensar), las raíces de la ciencia (todas las criaturas inteligentes acaban levantando algún tipo de discurrir científico, pues la ciencia es la única manera de prosperar), los problemas inherentes de la divulgación científica, la razón de que los intelectuales hayan leído clásicos de la literatura pero no, por ejemplo, a Feynman, y, en suma, la razón de que la gente desdeñe (o suelte bostezos) cuando se habla de ciencias.

Recomendable.

Alianza Editorial
331 págs.
ISBN-10: 8420639680

Sitio Oficial | Ficha en Alianza

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Comentarios

  • 1

    interesante

    Avatar de hernandodesoto !

    Según mi experiencia, muchos científicos -habrá que definir ciencia en cada momento para que no se frene su actualización, puesto que para mí todo estudio serio se incluye aquí, no sólo los estudios empiricistas/positivistas- de corte empiricista, que toman como modelo de referencia a la Física -siendo a mi parecer, esto ya obsoleto, pues la Física moderna hoy se escribe en términos relativos al modelo en que se apoyan: clásica o de grandes masas, estándar, de cuerdas...- bostezan cuando se habla de Literatura -la definida como ´artística´, pues los empiricistas siguen escribiendo libros, no sólo con números sino con letras y frases completas- y viceversa.

    En el siglo XV y XVI ya los que se preocupaban de desarrollar un pensamiento libre -no es suficiente sólo ´creer´ tenerlo: hay que trabajarlo, según mi opinión, y muchas veces, como dirían Kuhn, Lakatos o Feyerabend o incluso Freud, el enemigo para el desarrollo está tanto dentro como fuera de nosotros- ya contaban con la suficiente lucidez como para saber que hemos de cultivar tanto las -ejem, qué antiguo suena esto- ´Letras´ como las ´Ciencias´... o incluso antes, con el sumergirse formativamente en el Trivium -gramática, retórica y dialéctica- y el Quadrivium -aritmética, astronomía, geometría y música-, que felizmente se unían en la formación básica... cuando era posible acceder a dichos recursos. En épocas medievales -larguísimo período de difícil digestión- se consideraba que, por ejemplo, un experto erudito -médico, arquitecto- no podía ser tal, es decir, un doctor -término de origen latino- sin primero tener bien afianzados los cimientos filosóficos; algo que sabiamente ha albergado la tradición anglosajona, pues sus doctores son nominados con la nomenclatura Ph. D. antes de citar su especialidad: dichas siglas significan "Doctor en Filosofía" aunque su especialidad -valga el sustantivo- sea la de Biología. Y es que el empiricismo y el positivismo, con contribuciones indispensables de Comte y Popper parten de la Filosofía; de la Filosofía de la Ciencia, concretamente: no son absolutas dichas aportaciones... forman parte de una perspectiva, entre infinitas opciones, de entendernos y entender el mundo que nos rodea, o, si se prefiere, el cosmos, aunque el significado de dicha palabra a la luz de las teorías cuánticas está lejos de su acepción original. Si lo olvidamos, caeremos en un fundamentalismo lento e inexorable que tiene más que ver con los dioses internos que los que intuimos en el exterior; si dejamos de lado las herramientas hermenéuticas; si creemos que hay estudios más importantes que otros; si nos dejamos llevar en extremo por la visión del conocimiento formalizado -matematizable- y nos olvidamos de lo individual, de lo fenomenológico: un peligro del que ya nos advierte Feyerabend, para el que el saber chamánico tiene tanto valor como el de los señores y señoras que trabajan en laboratorios; más referencias para apoyar esta visión las encontramos en las ¡vivencias! de Carlos Castaneda.

    Basta ya de atomizar nuestro conocimiento: comprometámonos con establecer puentes entre disciplinas, entre culturas, entre personas. Si en verdad nos aparece como intuitivamente evidente el hecho de que, como animales políticos no podemos definirnos sin la participación de la mirada del otro -y ´mirada´es la palabra clave-, es igualmente cierto e igualmente ineludible el hecho de definir un objeto o rango de estudio no sólo mediante la frontera con las demás disciplinas sino mediante las pertinentes concomitancias. ¿Nos hemos olvidado ya como animales occidentales que somos de que la Química nace de la Física, y de que las primeras cuestiones de esta última nacen tras los interrogantes de los que renunciaron a confiar únicamente en los mitos? Tal vez también, como animales occidentales ya no queramos recordar que nuestra tan cacareada Filosofía Clásica fue espoleada por ideas y concepciones que ya eran viejas en el Oriente Próximo.

    ¿Por qué confiamos en estas polarizaciones en pleno siglo XXI? La sencillez de este modelo nos oculta la riqueza de un paisaje más amplio y más interesante. No recuerdo ninguna figura influyente en nuestra historiografía que no se interesara por varias ´artes´ a la vez o de manera sucesiva.

    No sólo nos atemoriza la Ciencia: nos da miedo la libertad en general y la libertad de pensar en términos holísticos en particular, valga la paradoja, a la que nunca debimos anatemizar, por cierto.

    Dicho fenómeno lo observamos -lo llevamos observando, al parecer, durante largo tiempo y con ojos no despiertos- directamente en el mantenimiento de estos marcadores culturales -que devienen inexorablemente o que ya son, de hecho, supuestos, postulados: la lacra de nuestro tiempo-, obsoletos -no sólo antiguos sino sobremaneramente vetustos- por demás, que seguimos desenterrando con la vana idea de recuperar cierta seguridad que es, a todas luces, espúrea.

    Sin ambages declaro mi ambición: no pienso renunciar -en sentido proactivo o desde la mera consideración- a ninguna esfera de conocimiento, ya sea cristalizado, latente o en desarrollo. Espero no ser el único. Recuperemos la ética del aperturismo para no dejar de sorprender y sorprendernos. La alternativa es -está siendo- demasiado peligrosa, demasiado aburrida.

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