‘La tabla periódica’ de Hugh Aldersey-Williams: la curiosa historia de los elementos

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La tabla periódica

Que un título tan extremadamente anodino, casi capaz de producir modorra, no os lleve a engaño: La tabla periódica es un caudaloso libro lleno de anécdotas, conocimientos multidisciplinares (desde la química más pura hasta la literatura y la historia) y un tono divulgativo tan ameno y cercano que, aunque no os interese el tema objeto de glosa, saldréis satisfechos.

Porque La tabla periódica no es sólo un libro sobre los elementos químicos que nos hacían memorizar en el colegio (y que, en realidad, nada significaban para nosotros, en su mayoría). Es un libro sobre cómo esos elementos fueron descubiertos, cómo cambiaron el mundo, cómo influyeron en el arte, de qué forma impulsaron los acontecimientos históricos más relevantes. Sin duda, en cada página de La tabla periódica (o casi) hay al menos una frase que debe subrayarse a lápiz, o incluso copiar en un cuaderno sobre cosas que no hay que olvidar jamás.

Así de satisfecho he salido de la lectura de este grueso volumen de Hugh Alderse-Williams que, de tan solvente y entretenido, rivaliza perfectamente (y hasta supera en algunos tramos) al que hasta el momento consideraba el mejor libro sobre química divulgativa, precisamente también sobre la historia de los elementos: La cuchara menguante, de Sam Kean.

Los nombres de los elementos ya nos ofrecen algunas pistas acerca de sus orígenes, por ejemplo. Los elementos que fueron descubiertos durante la Ilustración fueron bautizados inspirándose en la mitología clásica: titanio, niobio, paladio, uranio, etc. Los que se encontraron durante el siglo XIX, reflejan la procedencia de sus descubridores: el alemán Winkler aisló el germanio, el sueco Nilson el escandio, la polaca Curie el Polonio. Y así todo.

El autor también se embarcará en un viaje para conocer a personajes contemporáneos obsesionados con los elementos. Hasta el punto de que hay quienes atesoran muestras de cada uno de ellos, e incluso existen mercados para abastecer esta afición cara, elitista y hasta cierto punto peligrosa (hay elementos ciertamente inestables o tóxicos).

Os garantizo, pues, que tras la lectura de La tabla periódica ya no volveréis a contemplar la esa serie de iniciales en una retícula de cuadrados que de jóvenes nos obligaban a memorizar machaconamente. Porque, a fin de cuentas, todo lo que nos rodea, incluso nosotros mismos, está compuesto de los elementos que allí figuran: razón de más para prestarles la atención que merecen a fin de comprender el mundo y, por extensión, al ser humano.

Como el propio autor señala sobre sus intenciones al escribir el libro:

No es un libro de química: contiene tanta historia, biografía y mitología como química, con ayudas generosas procedentes además de la economía, la geografíaa, la geología, la astronomía y la religión. He evitado a propósito comentar los elementos en su secuencia en la tabla periódica u ofrecer una descripción sistemática de sus propiedades y usos. Otros libros ya lo hacen, y bien.

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