‘Las buenas ideas’ de Steven Johnson: para aprender de dónde salen las ideas

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A estas alturas le debo mucho a Steven Johnson. Uno de los libros que más me ha entusiasmado ha sido suyo: Cultura basura, cerebros privilegiados. Otro que no se queda tampoco muy atrás es La mente de par en par.

Y es que Johnson es capaz de mezclar conocimientos de diferentes disciplinas de un modo admirable, y su prosa desprende un aire literario que provoca una extraña sensación. La sensación de que estás leyendo una historia de ficción apasionante. Lo cierto, sin embargo, es que no estás leyendo ninguna ficción: Johnson te está enseñando toda clase de cosas importantes sobre lo que te rodea. Y lo más importante: está abriendo tu mente para abordar cualquier tema desde ópticas inéditas.

Aquí Johnson lo vuelve a conseguir. En su Las buenas ideas trata uno de los temas que más me seducen a nivel personal: de dónde surgen las ideas, qué es la creatividad y la razón del absurdo que supone creernos que hay dueños de ideas (de libros, de patentes, etc.) y cómo el copyright y los derechos de autor, con el tiempo, deberán reemplazarse por otros modelos más laxos o incluso ser suprimidos por completo.

También habla Johson de los genios, esos idealizados personajes que parecen haber descubierto la Coca Cola (un actor famoso, un cantante de éxito, un descubridor de la penicilina o la doble hélice del ADN, las primeras personas que volaron, etc.). Una vez concluida la lectura de Las buenas ideas, os lo garantizo, dejaréis de rendir pleitesía a esas personas. Porque las ideas no surgen de las personas individuales sino de las redes que se generan entre las personas: por ello siempre hay más innovación porcentualmente en cualquier ciudad antes que en cualquier pueblo. Porque las cosas las descubrimos todos y nos pertenece a todos, simplemente hay una persona que, por azar o serendipia, acaba ostentando el título de descubridor y dueño de dicha cosa.

Así pues, ningún invento sería descubierto de forma individual sino de manera colectiva. En las sociedades recelosas del cambio o de las ideas nuevas, por ejemplo, sería más difícil que naciera en la mente de alguien una noción filosófica revolucionaria, por decir algo. Esta también es la razón de que históricamente la tecnología haya evolucionado a ritmos diferentes en continentes distintos. No porque haya más genios per se en unos continentes que en otros sino porque determinadas condiciones permiten que existan más genios.

Esperemos que pronto dejemos atrás ese pensamiento medieval que ignora cómo funcionan las redes de información, la neurociencia más básica y la naturaleza de las ideas nuevas. En definitiva, esperemos que pronto la gente empiece a escuchar un poco más a los científicos.

Si os interesa profundizar en estas ideas contraintuitivas, os recomiendo la relectura de mi serie de artículos Eureka(s) o cómo los libros los escribimos entre todos (I), (II), (III) y (IV).

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