
La primera enciclopedia de la historia, aunque sólo sea por su afán recaudatorio de conocimiento, son las tablillas cuneiformes existentes en los archivos de los reyes de Mesopotamia. Assurbanipal (668-627 a. C.), por ejemplo, poseía un buen puñado de tablillas en su biblioteca de palacio que contenía listas de objetos y nombres relacionados entre sí por temas, semejanza, raíz verbal y asonancia.
La tablilla dedicada a las diferentes especies de palmeras, por ejemplo, dice así:
Palmera, palmera silvestre, palmera joven, palmeral, palmera marchita, palmera seca, palmera muerta, palmera podrida, palmera rota, palmera devorada por parásitos, palmera atacada por parásitos, palmera cortada, palmera seccionada, palmera podada, palmera tumbada, palmera rota, palmera hendida, palmera azotada por el viento, palmera rajada, tronco de una palmera muerta…
Sin duda, suena muy borgeano.
En el contexto griego y romano, el primer trabajo con ambición de ser algo más que una simple lista o compilación de otras obras se escribió alrededor del año 370 a. C. El máximo exponente de esta obsesión por clasificar el mundo es Historia natural de Plinio el Viejo, que se mantuvo como fuente de autoridad del conocimiento universal hasta bien entrado el siglo XVI.
Aunque, si hablamos de exhaustividad, nadie gana a los chinos. En 1726 sacaron a la luz la mayor enciclopedia de todos los tiempos. Se llamaba Gujin tushu jicheng. Tenía 745 gruesos volúmenes, aunque en verdad era una antología de otras obras.
Otras obras enciclopédicas chinas tienen títulos realmente sugerentes: La primera tortuga de la oficina de registro, Ilustraciones reunidas de los tres reinos o Capullos y flores del jardín de la literatura.
Más información | Wikipedia

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