Termina otra Feria del Libro, la industria se frota las manos. “Los libros no notan la crisis” se felicitaba Teodoro Sacristán, director de la Feria del Libro de Madrid, anunciando ventas en algunos casos un 15% superiores a las del año pasado. Suena bonito que en el panorama a veces apocalíptico de estos tiempos, con mercados vacíos, carreteras bloqueadas por maquinaria sedienta de combustible y vecindarios recién construidos que nunca serán habitados, el libro sea para algunos artículo de primera necesidad. Claro que no cualquier libro. Porque no todos venden. Ni siquiera un poco.
Es un espectáculo habitual de cualquier Feria. En una caseta un escritor estrella o una estrella que ha escrito un libro se enfrenta a una cola contumaz que se alarga decenas de metros compuesta por familias enteras, grandes y pequeños, que se tuestan bajo el sol. En la caseta de enfrente hay un escritor novel que firma su primera novela, o un autor con una obra técnica que no interesa a nadie, o un poeta cargado de premios que nadie conoce. El inexperto charla con el librero, finge que estudia sus notas, evita parecer ansioso frente a las caras que pasan de largo mirándole como al inquilino de un zoológico. El veterano, en silencio, mira al frente en actitud hierática. Sabe que no va a vender, que no va a firmar, que nadie espera nada de él. Así como le ignoran él devuelve el desprecio fingiéndose sólo. Pero nunca falta, año tras otro, a la Feria del Libro.
Hace poco Juan Goytisolo declaró que él nunca criticaría a los bestseller porque son los que permiten que obras minoritarias como la suya se editen. ¿Es así como funciona el sistema entonces? Unos pocos asaltan la banca, consiguen ventas millonarias y mantienen la salud financiera de las editoriales. Los demás se ven beneficiados colateralmente, pero reducidos a una dependencia obligada. A ser parásitos. Cada vez con más fuerza es una cosa u otra.
Desde el nacimiento de la imprenta el bestseller nunca ha sido un problema, al contrario. La demanda de libros populares es el origen de la industria editorial. Pero se está dando un proceso aglutinador alrededor de esta figura que es completamente nuevo. En vez de diversificar la oferta se apuesta a lo grande por un único libro. Se promociona hasta la saciedad, hasta el bombardeo, hasta convertirlo en la lectura de temporada, el libro que todos deben haber leído. Porque esta es una de las características del nuevo bestseller. Salvo excepciones de éxitos que hacen ruido durante unos cuantos años, el autor indispensable pasa de moda a velocidad de vértigo. Ni pensar en releerlo: la novedad ya está clamando desde la estantería.
¿Qué pensaríamos al encontrarnos con alguien en el metro con El Código Da Vinci entre las manos? ¿En qué cueva has estado metido estos cuatro últimos años?.¿Quién recuerda una novela llamada La Historiadora, que hace un año copaba todas las conversaciones? ¿Cuántos de entre sus lectores sentirán en el futuro el impulsa de releerla? ¿Seguiremos hablando dentro de un año de John Boyne o de Ruiz Zafón? ¿Serán estas novelas-virus de las que hablaba Volpi, que nos arrollan como la gripe para luego, tal como vinieron, desparecer?
Se asume además que un bestseller tiene unos méritos propios. Capacidad de entrener, sobre todo, o una gran intriga. ¿Pero los grandes éxitos de temporada son realmente los mejores de su gánero? La sensación que suele dar esta literatura es de algo ya hecho con esquemas y fórmulas que se repiten. Entonces, ¿por qué este determinado autor, porqué esta obra concreta? ¿Cómo voy a saberlo si no me dan a leer nada más? Quizás un editor perciba sutilezas entre un texto y otro que se me escapan, pero creo que hay mucho de azar. Un bestseller se crea a partir de expectativas, es menos lo que se elige que lo que toca.
Volvemos a la idea original. ¿La literatura minoritaria es un parásito del bestseller, o el bestseller vampiriza en cambio el desarrollo natural del resto de obras? ¿Qué necesidad hay de investigar y comparar cuándo basta un único volumen para estar en la vanguardia de la actualidad literaria? Hay que leer lo que todos leen, de lo contrario eres un pringao o un snob, la misma cosa en realidad. Lo que antes se aceptaba sin acritud, el que cada uno lea lo que le da la gana, ahora trae sospechas y condenas por aguafiestas.
Ni todos los bestseller son “malos” ni todas las obras minoritarias son “buenas”, pero no todos los bestsellers se merecen la proyección caníbal que reciben. Es una lógica que penaliza la curiosidad en el lector y la variedad en el escritor. Y ante todo, condena la literatura que aspira a ser duradera a la biblioteca, la humilla como hace con los escritores estatuas de sal a los que pasea por delante la larga cola del triunfador del momento, como el César victorioso al que deben tributo por asegurar su supervivencia.
En Papel en Blanco | Feria del Libro de Madrid

A mi lo que no me gusta es la "comercialización" que se hace con este tipo de libros. De vez en cuando sale un libro que se convierte -por méritos propios, por campaña publicitaria o por el boca a boca- en un best-seller. Nada que objetar. Lo que no me gusta es que a la sombra de uno de estos libros el mismo autore publique una segunda parte que en un principio no tenía prevista.
La verdad es que esa presión que hace el marketing es muy fuerte. A mi tampoco me gusta eso. Creo que un tema importante es el que tiene que ver con la larga cola, que es la que normalmente no se toman en cuenta por parte de las editoriales que prefieren apostar por los best sellers.
Contraponer best-seller a libros minoritarios como se opone falta de calidad a talento no es muy buena idea y puede confundir bastante. A mí, por ejemplo me gustó El niño con el pijama de rayas y no me gustó El Mundo ( best-seller por decreto de Planeta). ¿O ahora que se ha decidido subir el listón literario del premio el libro premiado pertenece, también por decreto, a los libros de calidad? ¿O hay autores que, por definición, escriben libros de calidad y otros que se lo tienen que ganar cada vez? Personalmente, creo que ningún libro debería ser parásito y que los escritores, aunque se llamen Goytisolo, deben ambicionar tener lectores. Esa ambición evitaría la tan extendida costumbre de mirarse al ombligo (no lo digo por Goytisolo, por supuesto) ya que a veces parece que para determinados escritores lo importante es publicar y declinan el compromiso con las ventas que, a la postre, es el compromiso con los lectores. Iso
Uno reflexiona sobre lo que tiene problemas, la paradoja es que cuando eso no es un problema no reflexiona, por lo tanto que uno piense tanto sobre los editores es que eso no tiene solucion.
No se si internet rompera esa mediacion editorial, creo que los editores terminaran manejando la mediacion via internet y no que internet los reemplace a ellos; el que se dedica a un oficio no tiene tiempo para vender lo que hace y esa es la funcion del editor que tiene contactos, conoce la distribucion, sabe irse con un revolver a una negociación,etc.