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Cuando ya se han leído un buen puñado de ensayos de divulgación científica, uno empieza a huir de los libros generalistas, aquéllos que tratan de dar una visión demasiado superficial de las cosas, sin buscar nuevos finisterres que cubrir. Porque los libros generalistas, aquéllos que tratan de abarcar casi todas las áreas del conocimiento científico, tropiezan (es normal) en lugares comunes. A la larga acabas leyendo las mismas afirmaciones una y otra vez.

Pero Bill Bryson es diferente. Ha conseguido explicar lo que figuraría en cualquier libro de texto de ciencias del colegio de una manera totalmente nueva, divertida y apasionante. Por ejemplo, después de haber terminado esta lectura me doy cuenta de que apenas sabía cómo funcionaba realmente una célula. Sí, todos hemos visto los clásicos dibujos didácticos de la célula en nuestros libros del colegio. Todos hemos leído el funcionamiento esencial de la célula. Pero todo ello lo hemos olvidado o lo recordamos como un estomagante manual de instrucciones de algún electrodoméstico alemán. Éramos incapaces de imaginar cómo era la vida de una célula, salvo los que habíamos visto Érase una vez la vida, que la imaginábamos como un microcosmos de personajes de dibujos animados, lo cual puede ser muy entretenido pero en absoluto aleccionador.

Y sólo estoy mencionando la punta del iceberg de este grandioso libro, tanto por sus hechuras como por su contenido.

Y es que Bryson es uno de los más conocidos y amenos autores británicos de libros de viajes, y eso se nota. Una perfecta mezcla de Carl Sagan con toques de humor inglés. Como él mismo advierte en el prólogo de Una breve historia de casi todo, de joven nunca veía saciadas sus verdaderas dudas cuando miraba sus libros de texto de ciencias. Podía ver, por ejemplo, las capas internas de la tierra, el núcleo de magma… pero su manual no ahondaba en los interrogantes que cualquiera se plantearía ante semejante imagen: ¿cómo es posible que no notemos el calor de ese infierno que hay bajo tierra, por ejemplo?

Con esta actitud casi infantil de preguntárselo todo aunque parezca tonto, Brysoncondensa trece mil millones de años de historia de una forma tan divertida, con tantas anécdotas y guiños al lector, que uno consume las páginas a una velocidad endiablada. Apenas me cabían las anotaciones en los márgenes de las páginas. Y es que, como decía Jorge Wagensberg, no hay que confundir rigor científico con rigor mortis. No en vano, Una breve historia de casi todo ya es todo un bestseller en diversos países, y el otro día pude ver una nueva edición ilustrada, gigantesca, lujosísima, no apta para todos los bolsillos, que parecía una Biblia, la Biblia antioscurantista.

En definitiva, más de 500 páginas que me han sabido a poco, a poquísimo, y que he disfrutado como si fuera la primera vez que leía un ensayo sobre asuntos generales de ciencia. Un libro que altera un poco las coordenadas y las abscisas (empleando una metáfora viajera) de nuestras ideas, que ya es mucho.

Lo recomiendo sin reservas, de la primera a la última página.

Bienvenido. Y felicidades. Estoy encantado de que pudieses conseguirlo. Llegar hasta aquí no fue fácil. Lo sé. Y hasta sospecho que fue algo más difícil de lo que tú crees. En primer lugar, para que estés ahora aquí, tuvieron que agruparse de algún modo, de una forma compleja y extrañamente servicial, trillones de átomos errantes. Es una disposición tan especializada y tan particular que nunca se ha intentado antes y que sólo existirá esta vez. Durante los próximos muchos años –tenemos esa esperanza-, estas pequeñas partículas participarán sin queja en todos los miles de millones de habilidosas tareas cooperativas necesarias para mantenerte intacto y permitir que experimentes ese estado tan agradable, pero tan a menudo infravalorado, que se llama existencia.
Por qué se tomaron esta molestia los átomos es todo un enigma. Ser tú no es una experiencia gratificante a nivel atómico. Pese a toda su devota atención, tus átomos no se preocupan en realidad por ti, de hecho ni siquiera saben que estás ahí. Ni siquiera saben que ellos están ahí. Son, después de todo, partículas ciegas, que además no están vivas. (Resulta un tanto fascinante pensar que si tú mismo te fueses deshaciendo con unas pinzas, átomo por átomo, lo que producirías sería un montón de fino polvo atómico, nada del cual habría estado nunca vivo pero todo él habría sido en otro tiempo tú.) Sin embargo, por la razón que sea, durante el período de tu experiencia, tus átomos responderán a un único impulso riguroso: que tú sigas siendo tú.

RBA Editores, 2004
511 páginas

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