‘La Cultura: Todo lo que hay que saber’ de Dietrich Schwanitz

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Con el tiempo me he dado cuenta de que, en cierto modo, gran parte de mi vida la he dedicado a desaprender lo que aprendí en el colegio. Ello denota dos cosas. La primera: que en el colegio aprendí muchas cosas inútiles y/o erróneas. La segunda: que adquirir cultura, en este contexto, requiere de esfuerzo personal y una humildad que permita aceptar que uno, por saber muchas cosas, no es automáticamente culto, y mucho menos si esas cosas proceden de una única fuente.

El trasfondo de todo ello es que el conocimiento académico está en crisis, tanto es su manera de impartirse como en sus contenidos. La cultura es aburrida para la mayoría de la gente, y eso no es culpa de la gente sino de los que se encargan de suministrar la cultura.

En ese sentido, el objetivo de Dietrich Schwanitz en La Cultura es, sin duda, ambicioso. Resumir todas esas aburridas clases de todos nuestros años escolares e incluso universitarios en un solo libro de poco menos de 1.000 páginas. Dicho de otro modo: la lectura de este único libro equivaldría a las docenas de manuales e interminables horas lectivas del colegio. Un único libro para aprobar cualquier examen medianamente general (más o menos).

Con rigurosidad con exenta de cierta ironía, como esos buenos profesores que hacen fácil lo difícil, el autor alcanza a escribir satisfactoriamente un libro que reúne todo lo necesario para ser culto. O mejor dicho: para saber lo que somos y de donde venimos, y sobre todo para demostrar a los demás que lo sabemos.

Pero La Cultura es mucho más. También trata de explicar cómo se forma la cultura, por qué hay cosas que se consideran cultura y otras no, qué normas invisibles rigen el mundo cultural y cómo todo ello ha influido de algún modo en el mundo.

¿Qué aporta la cultura al conocimiento de nosotros mismos? ¿Por qué la sociedad moderna, el Estado, la ciencia, la democracia o la administración surgieron en Europa y no en cualquier otra parte? ¿Por qué figuras como Don Quijote, Hamlet, Fausto, Robinson, Falstaff o el Dr. Jekyll y Mr. Hyde son tan conocidas? ¿Qué ha dicho Heidegger que no supiéramos ya? ¿Dónde estaba el inconsciente antes de Freud?

Así pues, la primera parte del libro está centrada en la historia de Europa, narrada como un gran relato interrelacionado, sin perder nunca de vista la totalidad, intersectando las influencias de la literatura, el arte, la música, la filosofía o la ciencia.

La segunda parte está dedicada al poder del lenguaje, al mundo del libro y de la escritura, a los fenómenos de machismo y el feminismo, la inteligencia, la creatividad y lo que de ningún modo debería saberse.

Finalmente, el autor incluye una tabla cronológica, una lista de libros que han cambiado el mundo, otra lista de libros recomendados y un índice onomástico para saltar de un asunto a otro según nuestros intereses.

La Cultura me recuerda a otro libro que leí hace años, La verdad sobre todo, de Matthew Stewart, que se centraba exclusivamente en todo lo que uno debería saber sobre la filosofía. Sin duda el de Stewart era aún más divertido, irreverente y lleno de tablas y de juegos para hacer más accesible todo el contenido. Algo que, quizás, se echa en falta en este La Cultura: pues es bien sabido lo de Dímelo y quizás me olvide. Enséñame y lo recordaré. Involúcrame y lo entenderé.

¿Aspectos negativos? A veces, el autor no es tan divulgativo como promete ser, pareciéndose demasiado a un simple manual del colegio. En general, se habla de la cultura eminentemente humanista, haciendo hincapié en literatos y filósofos, pero se pasa bastante de largo a la ciencia, como si ésta fuese cultura de segundo orden. Por eso sigue considerándose imposible que alguien no sepa quién fue Rembrandt; en cambio, si no sabe qué dice el segundo principio de la termodinámica o qué relación guardan entre sí el electromagnetismo y la fuerza de gravedad, o qué es un quark (aunque este término procede de una novela de Joyce), nadie llegará a la conclusión de que está ante una persona inculta.

El Imperio romano nace y muere con esta nueva institución. Duró quinientos años, desde el 31 a. C. al 475 d. C. Algunos de los emperadores serán tipos muy raros. A Tiberio le sucede ya una serie de personajes extremadamente excéntricos que pasarán a la posteridad por sus increíbles ocurrencias: Calígula, llamado el «caliga» (sandalia militar), estaba tan loco que nombró senador a su caballo. En Claudio lo más notable fue su estupidez: después de mandar ejecutar a su esposa Mesalina por su continuo y escandaloso desenfreno, se casó con Agripina —mucho más malvada que la anterior y madre de Nerón—, que se lo agradeció envenenándolo. Su obra como emperador fue muy modesta: añadió al alfabeto tres nuevas letras, que desaparecieron cuando murió. Nerón, educado por el filósofo Séneca, no comenzó mal, pero perdió el rumbo tras asesinar a su madre. Para poder casarse con la atractiva Popea, asesinó también a su mujer. Después se apoderó de él el síndrome Hitler o la más absoluta megalomanía, una mezcla de crepúsculo de los dioses wagneriano, diletantismo musical y desenfrenada manía de construir: para dar cabida a sus delirantes proyectos, incendió Roma, cantó su destrucción como Homero cantó el incendio de Troya (maravillosamente interpretado por Peter Ustinov) y después persiguió a los cristianos y a los judíos acusándolos de incendiarios, con lo que ofreció al Führer un buen ejemplo para rentabilizar políticamente el incendio del Reichstag. Pero a diferencia de lo que ocurrió en el caso del Führer, esto fue demasiado para los pretorianos (la guardia de Nerón), quienes lo abandonaron, por lo que acabó suicidándose.

Editorial Punto de Lectura
Págs: 816
ISBN: 978-84-663-0987-5

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