'Despertares', de Oliver Sacks

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Desde la primera vez que leí a Oliver Sacks, con Un antropólogo en Marte, quedé absolutamente fascinada en dos sentidos: uno, por las extraordinarias historias que narraba sobre alteraciones neurológicas (un tema por el que siempre he sentido gran atracción) y, dos, y aquí reside el auténtico motivo de mi fascinación, por la perspectiva que defiende sobre la enfermedad y su tratamiento. Sus libros se centran en temas que, a priori, todos catalogaríamos como “científicos” y, por supuesto, lo son, ya que se trata de casos médicos. Pero lo que a Sacks le interesa no es realizar una exposición sobre la enfermedad en términos puramente científicos, mecánicos y químicos, sino dar una visión sobre los paisajes existenciales en los que viven los pacientes, las experiencias individuales de cada uno con su enfermedad.

Aquí radica su éxito, no sólo el que cuantifica las ventas de sus libros, sino su calidad como científico y como persona. De ahí que, cuando en 2006, Dustin Hoffman presentó el premio ‘Music has power,’ que el Institute for Music and Neurologic Function le concedió a Oliver Sacks, afirmó que lo que en esos momentos estaban celebrando era su profunda humanidad.

Despertares fue el libro que hizo que su nombre se conociera a nivel internacional, y es precisamente en él en donde Sacks reflexiona, argumenta y defiende con mayor claridad su perspectiva; no porque no lo haga en el resto de sus obras, sino porque en ésta lo dice de forma explícita y reiterada. Motivo había. A mediados del siglo XX el estilo “romántico” en la medicina neurológica, es decir, la historia clínica profunda, no era visto con buenos ojos. Por el contrario, lo que predominaba era el análisis puro de las funciones neurales y psíquicas, sin tener en cuenta la individualidad de cada paciente. Por ello la publicación de ‘Despertares’ en 1973 fue acogida con silencio y frialdad. Pero una década más tarde, cuando lo narrado por Sacks empezó a ser compartido por otros colegas de profesión que, por fin, lo veían con sus propios ojos, la reacción fue muy distinta. La tercera edición, de 1982, hizo de ‘Despertares’ prácticamente un clásico.

Como el propio autor comenta en el prefacio, el tema tratado en el libro son las vidas y las reacciones de determinados pacientes que se hallan en una situación única, así como las implicaciones que tienen esas vidas y esas reacciones para la medicina y la ciencia en general. En concreto, los pacientes a los que se refiere son los últimos supervivientes de la gran epidemia de la enfermedad del sueño (encefalitis letárgica) que tuvo lugar entre 1916 y 1927. Cincuenta años después, se encontraban dispersos por diferentes hospitales y tratados como enfermos crónicos por los que ya no podía hacerse nada. Uno de esos hospitales era el Monte Carmelo de Nueva York (en realidad, se cambió el nombre de los pacientes y el del hospital para preservar su confidencialidad), que albergaba a ochenta de estos pacientes en 1969, año en que Sacks llegó a la institución.

Si bien la encefalitis letárgica ya había sido descrita medio siglo antes por Von Economo la bibliografía y, en general, el conocimiento sobre ella era casi nulo. De hecho, Sacks indica que después de 1935 prácticamente no se había escrito sobre el tema. La mayoría de los afectados se habían recuperado de la primera fase de la epidemia relativamente poco después, y durante décadas no habían experimentado nuevos síntomas, hasta que estos aparecieron de forma paulatina pero notable y tomaron sus vidas por completo. Von Economo los había descrito como “volcanes extinguidos”, pues eran personas que conservaban sus facultades mentales pero se hallaban prisioneras de sus cuerpos, estaban “congeladas” y todo apuntaba a que seguirían así para siempre.

En 1967 el doctor Georges Cotzias había publicado esperanzadores resultados sobre un nuevo tratamiento del parkinsonismo, consistente en la administración de L-dopa que, a partir de entonces, empezó a ser considerada una “droga milagrosa”. Si bien la encefalitis letárgica tenía puntos de contacto con el parkinsonismo, eran muchas sus diferencias y, sobre todo, las reacciones en cada persona. Durante el verano de 1969, Sacks comenzó a administrar L-dopa a algunos de los pacientes del Monte Carmelo. Entonces ocurrió el “despertar” o, más exactamente, los “despertares”.

El núcleo central del libro son las historias clínicas de algunos de los pacientes tratados por Sacks en el Monte Carmelo. Nos narra la vida de cada uno de ellos antes de la epidemia, la aparición progresiva de la enfermedad hasta el ingreso hospitalario y su tratamiento con L-dopa. De éste, se nos cuenta el comienzo, en el que el paciente se ve liberado de su enfermedad (“el despertar”), la recaída y aparición de múltiples y variados problemas (“angustia y desesperación”) y, por último, la fase final de “adaptación”, que no siempre se consigue.

No hay nada vivo que no sea individual: nuestra salud es nuestra, nuestras enfermedades son nuestras y nuestras reacciones son nuestras, del mismo modo que lo son nuestras mentes o nuestros rostros. Nuestra salud, nuestras enfermedades y nuestras reacciones no pueden ser comprendidas in vitro, por sí mismas; sólo pueden ser comprendidas con referencia a nosotros, como expresiones de nuestra naturaleza, de nuestra vida, de nuestro existir aquí (da-sein), en el mundo.

Éste es uno de los numerosos párrafos en donde Sacks explica su visión y explicación del libro, el motivo de que hayan sido “despertares” en plural. La enfermedad tenía rasgos particulares en cada paciente y la reacción a la L-dopa fue distinta en cada uno (es más, en ocasiones también lo fue al ser administrada en distintos momentos a una misma persona). Sus resultados eran imprevisibles, también su duración y, lo que es peor, la posibilidad de alcanzar un equilibrio.

De repente, los volcanes entraron en erupción, en cuestión de semanas, a veces de días. Personas que habían estado cuarenta años casi sin poder moverse o hablar, sin ser capaces de expresar un gesto o iniciar un movimiento, ahora caminaban, corrían, cantaban y hablaban por los codos. Como si alguien hubiera apretado un botón.

Pero en todos los casos la administración permanente de L-dopa supuso la aparición de nuevos males, variados en formas y en intensidad. La modificación de las dosis no lo solucionó y en la mayoría de los casos se interrumpió el tratamiento, con lo que los volcanes volvieron a extinguirse. A pesar de que años después se reintentó el tratamiento en muchos de ellos, la L-dopa nunca volvió a funcionar como aquella primera vez. Algunos, muy pocos, alcanzaron un equilibrio entre los beneficios y las limitaciones, pero la mayoría recayó en el estado en el que había estado sumido durante cincuenta años.

Así, pues, finalmente, llegamos a las únicas conclusiones posibles: que los pacientes tratados con L-dopa mejorarán siempre tanto como se lo permitan sus circunstancias personales, y que alterar su situación química puede ser el preludio de muchas otras alteraciones, aunque, por sí solo, no es causa suficiente para que se presenten. Las limitaciones de la L-dopa resultan tan claras como sus beneficios, y si deseamos reducir aquéllas y aumentar éstos, debemos ir más allá de este fármaco, más allá de todas las consideraciones puramente químicas, y preocuparnos de la persona y de su situación en el mundo.

Cada nuevo libro que leo de Oliver Sacks me insufla energía, me descubre nuevas perspectivas sobre el ser humano y sus capacidades y, sobre todo, me enseña lo cortos de vista que somos en ocasiones. En ‘Despertares’ nos ofrece veinte historias únicas, veinte paisajes humanos que reflejan los rincones más oscuros y los más luminosos de la mente. Tras leerlo, no cabe duda de que la única forma posible de contar esta experiencia y de poder extraer una enseñanza era así, adentrándose en cada uno de esos veinte mundos.

Sitio oficial | Ficha en Anagrama

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