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Muchos tenemos grabado en la retina aquella escena de la película de Woody Allen “Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo”, donde el actor Tony Randall está a los mandos de una sala central llena de botones y luces y hacendosos controladores. Esa sala de control se supone que representa metafóricamente lo que ocurre bajo la bóveda craneal del ser humano cuando se dispone a practicar un coito.

Los avances en neurociencia nos han descubierto que el cerebro no trabaja de ese modo, ni siquiera a nivel metafórico. De hecho, cada vez que aprendemos algo nuevo sobre el cerebro, la metáfora que empleamos para representar cómo funciona cambia radicalmente. Y probablemente lo seguirá haciendo durante muchas décadas más.

Tal y como decía el biólogo de Harvard Richard Lewontin: “Un día el cerebro fue una centralita telefónica, luego un holograma, luego una computadora digital elemental, luego una computadora de procesamiento paralelo y ahora es una computadora de procesamiento distribuido.”

Esta indefinición perpetua nos sirve para entender un poco mejor la tesis central del libro que nos ocupa: El poder de la neurodiversidad. A saber: que muchas de las enfermedades conceptuadas como tal por la psiquiatría tal vez dejarán de serlo cuando aprendamos un poco mejor cómo funciona el cerebro, así cómo se establece la interacción entre cerebro y entorno. Algo similar a lo que ha sucedido al retirar como enfermedad mental a la homosexualidad.

Si bien he de reconocer que me acerqué con cierta reticencia a la tesis de este libro, tras su lectura he de reconocer, también, que me he recapacitado profundamente sobre lo que significa estar enfermo y lo que no, y cómo esa definición es mucho más arbitraria de lo que creemos, sobre todo en el ámbito de lo mental.

Cojamos el ejemplo de una persona que padezca autismo leve. Tal persona será retraída, poco sociable, escasamente empática. Tales rasgos los consideramos patológicos y, en consecuencia, tratamos de medicar o encauzar la mente del que padece autismo. Sin embargo, olvidamos que tales rasgos son netamente patológicos porque vivimos en un entorno cultural en el que la introversión o la torpeza social son inexcusables. Lo que se propone en El poder de la neurodiversidad no es eliminar tanto los rasgos del autista como crear nichos sociales en los que sus particulares características sean mejor consideradas o incluso más útiles: ¿qué tal trabajar en Silicon Valley como programador de ordenadores?

A lo largo de cada capítulo, Thomas Armstrong argumenta que tal vez estamos uniformizando demasiado el funcionamiento del cerebro, categorizando de un modo un tanto cuadriculado lo que es malo o bueno, y con ello estamos también perdiéndonos habilidades intelectuales o vetas culturales que quizá solo prosperarán en individuos que sean radicalmente diferentes o “enfermos”.

Así pues, Armstrong propone diversos nichos o refugios sociales para tales individuos a fin de que no desaparezcan y consigan ser felices en sus propias diferencias, como correctores ortográficos y software de síntesis de voz para disléxicos, profesiones informáticas para autistas, recursos humanos para los TDAH (hiperactividad), estrategias específicas para trastornos de ansiedad, etc. A la vez que también indica algunas directrices para la educación de niños que sufren esta clase de “enfermedades” mentales .

Thomas Armstrong, además, escribe muy bien, y argumenta todavía mejor, probablemente porque él también está aquejado de una enfermedad mental de la que ha tratado de sacar el máximo provecho: en este caso, escribir buenos libros. También ofrece una torrencial documentación en neurociencia, de modo que, sea o no sea de nuestro agrado su tesis principal, El poder de la neurodiversidad funciona perfectamente como un libro de excelente divulgación sobre la ciencia del cerebro.

Mientras trabajaba como asesor educativo, solía ir a escuelas y citarme con padres, profesores y especialistas en las reuniones del llamado Plan Educacional Individual (PEI) en el que tratábamos de problemas específicos de estudiantes difíciles. Antes de cada reunión, pedía una copia del expediente académico del niño, que incluía notas, informes, pruebas y otros papeles oficiales que se remontaban hasta la época en que el alumno estaba en la guardería. Me armaba con un rotulador amarillo mientras leía el expediente y subrayaba cualquier cosa positiva acerca del estudiante. (…) En primer lugar, advertía que muchos de los adultos presentes en la reunión expresaban su sorpresa ante la gran cantidad de observaciones positivas sobre un estudiante tan conflictivo y que había provocado muchos problemas. En segundo lugar, empezaba a escuchar comentarios como: “Ahora que lo dices, tiene un don para dibujar”, o “Es cierto, de veras es un estudiante especial”.

Editorial Paidós
Colección Transiciones
320 páginas
ISBN: 978-84-493-2588-5

Sitio Oficial |Ficha en Planetalibros

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