'Ensayos completos' de Michel de Montaigne

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En estos tiempos inciertos en los que los ejecutivos leen el Sun Tzu y los terapeutas recomiendan más Platón y menos Prozac, sorprende el poco caso que se tiende a hacerle al primer pensador de la modernidad, Michel de Montaigne. Cátedra publica ahora una nueva edición de sus Ensayos completos. Con algo menos de bilis que Maquiavelo y algo más de picardía que Tomás Moro, Montaigne decidió que la filosofía también debía poder servir para encontrar soluciones a las múltiples angustias del hombre de a pie.

La premeditación de la muerte es premeditación de libertad. El que aprende a morir, aprende a no servir. El saber morir nos libera de toda atadura y coacción. No existe mal alguno en la vida para aquél que ha comprendido que no es un mal la pérdida de la vida.

Montaigne es el primero en hartarse de mirar a las esferas celestes: el hombre es un universo lo bastante vasto en sí como para no dedicarle toda nuestra atención. El bordelés se toma a sí mismo como objeto de estudio y se ofrece a la confrontación con el otro, primera expresión de la subjetividad moderna. Montaigne se ocupa del ser universal: en sus ensayos cabe la meditación sobre la moral, la tristeza, la amistad, el correcto desenvolvimiento de los negocios o las pequeñas disfunciones de alcoba. Y claro está, sobre la muerte.

Sea cual sea el momento en que vuestra vida termine, estará completa. La utilidad del vivir no está en su duración sino en su uso: alguno ha vivido largo tiempo y ha vivido poco: aplicaos a ella mientras podáis. De vuestra voluntad depende, y no del número de años, el vivir bastante.

Montaigne no pretende enseñar a vivir. Le basta con enseñar a estar vivo. La lectura de sus ensayos tiene la temperatura de una apacible charla al calor de la hoguera con un interlocutor cortés y cultivado, que hace pesar en la aparente ligereza de su estilo el acervo de toda una vida cargada de experiencia y reflexión.

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