‘Parásitos: cómo los oportunistas digitales están destruyendo el negocio de la cultura’ de Robert Levine

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Robert Levine

Quienes me leéis a menudo ya conoceréis mis postura a propósito de la cultura libre o la propiedad intelectual. Es decir, que le tenía muchas ganas a Parásitos, de Robert Levine, precisamente porque está en las antípodas de mi pensamiento: tenía curiosidad por descubrir si mis ideas adolecían de algún error o, en cualquier caso, fortalecerlas gracias al esfuerzo por refutar las de Levine.

También había otro motivo que incentivaba la lectura de este libro: no estaba escrito por Juan Manuel de Prada, Sánchez Dragó o cualquier otro intelectual que sabe tanto de Internet como mi abuela (o menos). La mayor parte de textos que abogan por el endurecimiento de las leyes de propiedad intelectual, que transmiten ideas que asocian copiar contenidos digitalizados con robar o que confunden valor y precio acostumbran a pertenecer a personas que aún viven en un mundo analógico y ni les suena lo que es Netflix o Hulu (y por supuesto, no han leído a Lawrence Lessig, Chris Anderson, David Bravo, Matt Ridley o Jorge Cortell).

Robert Levine, por el contrario, está versado en el tema. No sólo sabe lo que es Netflix y Hulu, sino que ha leído a Lessig y Anderson. Ha colaborado con Wired. Ha sido editor de Billboard. No parece, a primera vista, un ludita. Es decir, que Parásitos parecía estar escrito por un experto en el tema que, sin embargo, ofrecía un discurso discordante al mayoritario en ámbito geek.

Empecé Parásitos, pues, con muchas ganas y esperanzas depositadas en él. La decepción no tardó en llegar. Ya en el mismo prólogo, de hecho, empecé a descubrir algunas de las trampas que empleaba Levine, así como su visión cuadriculada y reducidísima de conceptos tan amplios como cultura, libertad, modelo de negocio, gratuidad, bien común, valor, coste, profesionalidad, amateurismo, etc.

Cuidado, no todo en el libro de Levine es retrógrado y tramposo. Levine está muy bien documentado, ofrece ristras de datos muy exhaustivas, pero generalmente lo hace de forma torticera. Parásitos tiene fragmentos que te invitan a la reflexión, incluso presenta algunas facetas del problema de una forma menos maniquea, aceptando que la industria también se ha equivocado, o que Wikipedia es un buen ejemplo de cultura colaborativa, abierta y gratuita. Pero esto son excepciones. La mayor part del texto es una mera repitición basada en una interpretación unidimensional del rompecabezas, así como una lectura muy poco crítica de los textos de Anderson o Lessig.

No abre ningún debate nuevo, no ofrece alternativas, es básicamente un manual de quejas y falacias para neoluditas.

Es ciertamente asombroso que una persona tan versada en lo tecnológico y en el negocio digital, que ha leído tantos libros icónicos al respecto, conciba una obra tan marcadamente obtusa y torticera como Parásitos. Años ha, Parásitos me habría hecho replantearme obsesivamente lo que creía cierto. Ahora, por el contrario, soy capaz de digerirlo con más distanciamiento: no es la primera vez, ni la segunda, que me topo con un intelectual que, por arcanos motivos, construye argumentos mediante rutilantes castillos de naipes: aparentemente sólidos pero unidimensionales, capaces de desplomarse al mínimo soplo. No es la primera vez que me topo con gente erudita que emplea sus dotes para deformar la realidad de formas muy sutiles y astutas, incluso desplegando una retórica que ya quisiera para sí Quevedo o Góngora. Versiones no médicamente patológicas de un idiot savant o sabio idiota.

Como no quiero que esto quede como una crítica gratuita al contenido de Parásitos, pondré algunos ejemplos. Uno de los más llamativos es la obesión de Levine por atacar el monopolio de Google, como si los que defendieran el Creative Commons o la cultura libre vindicaran necesariamente que Google lo domine todo.

Levine también aduce que ambicionar una cultura libre está muy bien, pero que ello se reduce generalmente a poder ver Iron Man 2 sin pasar por caja, lo cual queda al nivel de afirmar que ambicionar la libertad está muy bien, pero que ello se reduce generalmente a ir en domingo al centro comercial. Es bastante evidente que el autor trata ningunear tal derecho colándonos que la mayor parte de la gente consume cultura de masas o no cultura realmente, porque mira Iron man 2. Unos renglones más adelante, sin embargo, afirma que los distribuidores de contenidos gratuitos o incluso los creadores amateur que abogan por el todo gratis son incapaces de crear contenidos que implican grandes medios como una película de Hollywood. Si previamente parece que debemos asumir que Iron Man 2 no es cultura o es cultura de baja estofa, entonces que Internet y su política de gratuidad acabe hundiendo la industria que crea blockbusters como Iron man 2 no debería tampoco preocuparnos demasiado.

Tampoco es rentable aún irse de vacaciones a la Luna y no pasa nada. Soy capaz de imaginar un mundo donde las películas no tendrán efectos especiales tan espectaculares y caros, y creo que el cine seguirá siendo mágico. Si para evitar que Internet deje de ser como es debemos prescindir de determinadas películas millonarias, pues que así sea. En cualquier caso, eso no es lo sustantivo, sino el juego retórico que gasta el autor, desdeñando y defendiendo no solo un modelo de negocio sino una forma de crear cultura, en el mejor de los casos, o de crear grandes espectáculos que cuestan miles de millones y, en consecuencia, deben recaudar miles de millones, en el peor.

Sobre los análisis que Levine realiza sobre Gratis, de Chris Anderson (que hace poco reseñamos por aquí) o Cultura Libre de Lawrence Lessig, Levine parece dar por sentado que el lector no ha leído recientemente sus obras. Sólo así se explica la forma tan superficial y sesgada de abordarlas. Por ejemplo, Levine desdeña la tesis de Anderson (que todo lo constituido por bits acabará siendo gratis) aduciendo que solo se trata de una teoría (sin advertir que, por contrapartida, da por sentado que la tesis de su libro es la verdad revelada).

A continuación, desdeña las ideas de Lessig sugiriendo que éste ha recibido ayudas económicas de Google a través de la Universidad de Stanford, errando el tiro: aunque Lessig fuera un asesino en masa, lo que habría que impugnar son sus ideas, llanamente, sin presentar oscuras maniobras personales detrás de las mismas, que no aportan nada para el análisis intelectual. (Y, por supuesto, insultan la inteligencia de las personas que, como yo, aceptamos intelectualmente los argumentos de Lessig).

Después de llegar al final de Parásitos, uno no puede evitar preguntarse: asumiendo que lo afirmado por el autor sea cierto y que el mundo se acaba, ¿qué alternativa se propone al hecho de que todo está tendiendo a las diversas formas que ofrece lo gratuito? ¿La Gestapo?

Finalmente, como Levine se atreve a resumir Gratis con una simple frase (es sólo una teoría, dice), haré lo propio con Parásitos: la sociedad debe plegarse a las exigencias de las empresas para hacer negocio y no a la inversa. Es decir: nada nuevo bajo el sol, desde que los obreros trataban de sabotear los telares mecánicos. Una tesis que, si nos ponemos a buscar teorías de la conspiración (tal y como Levine hace con Lessig), quizá nazca no tanto de la horadez intelectual como del cheque de la industria (por cierto, la obra ha sido coeditada por Ibercrea, una organización creada por cuatro entidades españolas de gestión colectiva de derechos de propiedad intelectual que, entre otras cosas, opina que la Ley Sinde es demasiado blanda).

Con todo, os invito a echar un vistazo a un análisis más profundo de la obra de Levine en mi próximo artículo 10 deslices de Robert Levine que evidencian un discurso ludita sobre la creación y la distribución de cultura.

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