Envidio a quienes afirman que una voz interior los invade y les dicta, casi a contrapelo, los versos inmortales y los magníficos epítetos. Aunque he estado atento al menor murmullo, creo no deberle a esa intrusa ni siquiera un sustantivo.
La madrugada trajo una noticia triste: falleció en Ciudad de México el escritor Alejandro Rossi. Cuentista, ensayista, filósofo, Rossi fue uno de los intelectuales más respetados y queridos de América Latina. Autor de un libro que casi podría llamarse de culto, El manual del distraído, es una muestra de su escritura y sobre todo de su postura irreverente y mordaz a la vez que humorística y celebratoria de la vida y sus múltiples matices.
Alejandro Rossi nació en Florencia el 22 de septiembre de 1932 hijo de padre italiano y madre venezolana hecho que marcó su existencia desde el punto de vista vital, intelectual y literario ya que al provenir de dos troncos lingüíticos, a pesar de ser latinos ambos, se transformó en un hombre capaz de moverse en múltiples espacios semánticos. Pero no hablamos de la palabra simbólica sino de la que él llamaba “la palabra vida”:
En la lengua primera se da ese milagro difícil de explicar que es la “palabra viva”. Aludo a ella – no soy capaz de definirla – como esa palabra palpitante que irradia una energía inagotable [...] La palabra viva sería la que representa el sonido, el color, el peso, la masa de un objeto, la que parece el único signo, la única palabra posible para nombrar, digamos el ‘agua’, la que nos muestra esa cualidad cristalina, ese ruido del líquido en movimiento.
El Manual del distraido cumplió el año pasado 30 años de haber sido publicado por primera vez. Desde entonces y hasta la aparición de Edén. Vida imaginada, pasando por Cartas credenciales y sus múltiples colaboraciones en revistas culturales, la obra de Alejandro Rossi tiene la marca de los mundos plurales, de la universalidad y del cuestionamiento permanente de la identidad y el lenguaje.
Nacido en Italia, venezolano por herencia y pasión, mexicano por adopción, Alejandro Rossi fue un hombre universal para quien la pasión de pensar y hacer pensar estaba inextrincablemente unida a la pasión de vivir, a la pasión de dotar a la filosofìa de cotidianidad y a la cotidianidad de profundidad filosófica.
El pensador y el amigo querido por todos (o casi todos ya que ser querido por todos es una utopía) se ha ido físicamente para siempre pero sus palabras y su recuerdo permanecen en sus libros, en sus alumnos, en sus colaboradores y en sus amigos. Queda mucho por aprender de él.

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