La semana pasada Alain Badiou visitó la Universidad Complutense en el marco del congreso Las lenguas de Beckett. Su conferencia: La felicidad como excepción cósmica. “Muerto Baudrillard, – nos lo presentaron con semejante falta de delicadeza – Badiou queda como el último gran filósofo francés interesado en la búsqueda de la verdad”. Poco antes había comprobado ese énfasis carroñero del método académico al oír manifestar a un profesor: “Estamos esperando a que Badiou se muera para montar un congreso”.
¿Qué verdad alcanza a encontrar Badiou en Beckett, el autor del desencanto y la imposibilidad del lenguaje? Precisamente en la sustancia de lo inexpresable y en los momentos de “excepción” en los que el sentido se nos revela sin necesidad de ser comunicado.
El primer Beckett tiende a la misma descripción de la existencia. Su obra es una gran meditación literaria sobre el lenguaje en la que destaca la poderosa alegoría de la excepción, puntos de luz sobre un fondo de sombras. El amor existe como gran excepción.
Su voluntad es la de experimentar una lengua que pueda decir la verdad. Su prosa quiere ver lo invisible y nombrar lo innombrable. “Conocer la felicidad es aspirar el vacío”.
Su prosa construye un mundo, una cosmología, pero ese mundo se resiste a la prosa. El deseo de la prosa es la paz y la desaparición del mundo. Decir exacto es decir el vacío. No se trata de lo que decimos, se trata del decir en sí mismo.
La poesía es la gran pregunta. Nuestra única esperanza es no necesitar respuestas. Y sin embargo, queda la excepción.
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