A menudo me preguntan cómo lo hago. Cómo escribo. Dónde he aprendido el secreto. De dónde saco las ideas.
Esta curiosidad parece que deba ser saciada de la misma forma que un lego en informática decide aprender a usar el Photoshop: apuntándose a un cursillo de 30 horas para dominar los más íntimos secretos del software. Si el lego en informática hubiera dedicado una media hora a investigar a través de Internet, hubiese descubierto que entre videotutoriales, manuales para torpes, foros y demás recursos lo del cursillo, además de una monumental pérdida de tiempo, hubiera supuesto un despilfarro considerable de dinero.
La cosa se parece a apuntarse a un curso para usar el mando a distancia de la televisión, cuando es mucho más fácil probar y equivocarse, investigar por uno mismo, hacerse con el mando día a día. Más fácil pero también más difícil. Es más difícil porque primero hay que derribar un mito. El mito de que todo se aprende en las aulas, que existen trucos incontrovertibles, que hay recetas, que la sabiduría se puede encapsular y vender en dosis milimetradas. Cualquier cosa antes que emplear un poco el pensamiento lateral y la transpiración para obtener la sabiduría por nuestros propios medios, aprehendiéndola.
Pueden darse excepciones, pero hablo de la generalidad: todos somos un poco tullidos a la hora de buscar soluciones, preferimos que alguien nos las sirva en bandeja con un “¡conviértase en X en tres meses!”.
En ese sentido, escribir se parece mucho a tocar un instrumento: la única forma de arrancar un arpegio consiste en invocar el tesón, la única manera de digitar un diminuet consiste en invocar la transpiración. En términos literarios, la única forma de saber si estamos en el buen camino consiste en rellenar lo escrito hace un año y comprobar que no nos reconocemos: da igual la edad que tengas, tu competencia lingüística o tu estatus literario. Si no cambias, no avanzas; si no tiras nada a la basura, es tu escritorio el que se llena de basura.
Esta perogrullada no lo es tanto. Los que aspiramos a escribir, en pocas ocasiones estamos dispuestos a sacrificar ciertas cosas. Creemos que el buen escritor lo es por algún talento natural, exclusivamente. Hay de eso, por supuesto, pero el talento natural sólo determina el tiempo que debemos invertir en ser solventes escribiendo. Tampoco aspiremos a la excelencia, porque ¿quién es inequívocamente genial? ¿Acaso el genio de ahora no era considerado mediocre antaño y viceversa? Lo importante no es brillar más que nadie (algo que tampoco depende sólo de nosotros sino del azar, los contactos, el fáustico mercadeo) sino hacerlo bien. Y hacerlo bien no requiere más que práctica constante, mucha lectura y el examen minucioso de la técnica del autor que nos gusta.
Otro aspecto que cabe borrar de la imagen del escritor prototípico es la del bohemio hasta las cejas de absenta, pulsando las teclas de una vieja Remington a ritmo de pistón y plasmando pulcramente una obra maestra dictada al oído por las musas.
Esa sensación de que todo fluye ocurre en contadas ocasiones. Puede que un fragmento escrito a vuelapluma parezca estar llamado a cincelarse en mármol. Puede que hasta un capítulo entero. Pero la mayoría de veces sólo es una frase: el resto son aristas e imperfecciones a las que hay que pasar la garlopa una y otra vez, hasta que te duelan las manos, los hombros y el cerebro.
La obra en sí no se concluye ni mucho menos con el primer borrador. La cosa se parece más a encajar las piezas de un rompecabezas, haciendo continua gimnasia retórica para sacarle algo de músculo al texto. Thomas Mann lo definió muy elocuentemente: “Un escritor es alguien para quien la escritura es más difícil que para cualquier otro”. Carl Hiaasen escribía novelas de humor pero decía: “cuando llego a casa a la hora de comer, después de haber estado escribiendo durante toda la mañana, mi esposa dice que parece que venga de un funeral”. ¡Y hacía humor!
Los Ensayos de Montaigne, por ejemplo, no emergieron de su mente ya plenamente conformados sino tras innumerables correcciones añadidos y revisiones. Autores considerados brillantes hoy en día como Stendhal no se iniciaron como tal: empezó esbozando insípidas obras de teatro y sus obras de referencia no emergieron hasta haber pasado por todos estos intentos infructuosos y décadas de trabajo infatigable. El poeta estadounidense Walt Whitman se pasó toda la vida modificando hasta la extenuación su obra Hojas de hierba, con ese perfeccionismo maniático suyo tan kubrickiano.
Nietzsche describe perfectamente el agotador trabajo que requiere escribir:
La receta, por ejemplo, para llegar a ser un buen novelista es fácil de dar, pero la ejecución supone cualidades que generalmente se pierden de vista cuando se dice “No tengo bastante talento”. Hagamos más de cien proyectos de novelas, que no rebase ninguno de dos páginas, pero escritas con tal propiedad, que no sobre ninguna palabra; pongamos todos los días, por escrito, anécdotas, hasta llegar a aprender la forma más plena, más eficaz; sed infatigables en recoger y pintar tipos y caracteres humanos; relatad siempre que podáis y escuchad los relatos con oído atento para percibir el efecto producido en los oyentes; viajad como paisajistas y pintores de costumbres; extraed para vuestro uso, de cada ciencia, aquello que, bien expuesto, es capaz de producir efectos artísticos; reflexionad, en fin, sobre los motivos de las acciones humanas, no desdeñéis ninguna educación que pueda instruiros sobre este punto y coleccionad todos estos datos noche y día. Invertid en estas múltiples experiencias unos diez años; y entonces lo que produzcáis en vuestro taller podrá salir a la luz pública.
Para pasar de peso welther a paso medio o peso pesado, no hay otra: hay que darle a las mancuernas y dejarse de tanto gimnasio caro, al que, por otra parte, en pocas semanas dejaremos de acudir por desidia (aunque la cuota la sigamos apoquinando unos meses más con la vana pretensión de que tarde o temprano reuniremos ánimos para volver). Y ahora, entonemos las primeras notas de Rocky… y ¡a por ello!

Comentarios
y otra cosita que ayuda es el tiempo, ¿verdad? dejar que aquello descanse para que nosotros también descansemos y dejemos de identificarnos con el relato para retomarlo con la distancia y el amor necesarios. Cuando acabas de escribir algo estás como enamorado. es necesario seguir es impulso, claro. Y luego es necesario dejar espacio para el amor maduro. En muchas entrevistas a escritores, muchos mencionan a la esposa, al compañero o la madre (en el caso de Borges) o la prima Eustaquia, vaya, como su mejor crítico. Es importante tener cerca a alguien que pueda leernos críticamente. No valen los amigos por más inteligentes y cultos que sean; sólo vale alguien que sepa leer las entrañas. Porque se es como el psicólogo que necesita otro psicólogo serio y que nos quiera y a la vez no nos deje caer en nuestras tentaciones. Y no es solamente una cuestión de escribir, sino de ver y comprender. Lo que une frases y párrafos y capítulos no es solamente la escritura. Todo por una buena historia: nosotros también. Y ante todo la certeza de que si no lo haces las consecuencias son de todo orden, incluso y ante todo físicas.
Puede que haya hecho mucho daño tanto cine y tanta literatura mala donde, con indiferencia a la disciplina que se trate, el artista se entiende a partir de su anarquía, magnificencia "de nacimiento", y demás diferencias con respecto al resto de los mortales. Del mismo modo, el periodismo acostumbra a profundizar este engaño mediante la estructuración de sus artículos en torno a sonoros titulares, donde el artista condensa la existencia en una provocativa sentencia. En fin, es muy agradable leer que el trabajo duro y la lectura son los fundamentos del escritor.
Todo muy idealista, no me convence. Obviamente no se escribe gracias a ataques de inspiración ocasionales, sino de trabajo contínuo. Sin embargo me posiciono en contra a la hora de emitir un juicio tan condenatorio para los talleres de escritura. Creo que los talleres resultan más que buenos. Porque hay una serie de normas que hay que conocer bien incluso si lo que se quiere es transgredirlas. Hay que tener una base de conocimiento teórico que se complemente con las dos grandes masas conformadas por el trabajo personal y la experiencia lectora. Y me puedes citar grandes mentes que no tenían ni zorra de estos conocimientos, pero eso sería jugar sucio, porque ejemplos podemos encontrar de todo tipo. Lo ideal sería tener las tres cosas. Sin olvidar que un taller fomenta además cierta rutina de escritura que algunos, ya sea por obligaciones o carácter, tienen mayor dificultad para adoptar.
Por favor señores, estamos hablando de narrar, cualquiera que haya superado la EGB podría hacerlo con soltura. Estoy de acuerdo en que lo unico necesario es trabajo, mucho trabajo y dedicación.
Sin embargo si hay algo que diferencia a los grandes, es hacer de la literatura su modo de vida, aunque la vida se le vaya en ello como las paginas finales de un libro.
Respecto a los talleres de escritura, no valen absolutamente para nada, sólo para dar de comer a algunos escritores frustrados que sin esa arista que son los talleres, estarían ocho horas de chupatintas en cualquier oficina, soñando con la novela que nunca escribirán, más bien por dejadez que por falta de talento.
Atentamente,
Sergio Becerril
Opinando desde mi total ignorancia como creador de novela y ensayo, puedo decir como aspirante a poeta que lo mejor que ha fluido de mi pluma lo ha hecho en tiempo y lugar inesperado y caprichoso. En mi experiencia personal, ha sido cuando el recuerdo de un sentimiento disparado por algún detalle soslayado de la realidad que entonces estoy viviendo, el momento en que ha manado como prístino y puro cristal un torrente armonioso epicentrado en la más profunda sima de mi ser y, sin quedarse en mi interior, se ha propagado hasta las yemas de mis dedos, hasta la punta de mis cabellos, erizando hasta el aire más próximo a mi piel. Son momentos místicos, mágicos, en los que se oye la leve música de un sentimiento en conceptos, o del concepto de un sentimiento, que se aproxima más y más como el rumor de la tormenta en las primeras nubes plomizas en un cielo de verano. Es entonces cuando, imbuido de una voluntad inconsciente, permuto a ser una máquina que transcribe la leve nota que cada instante trae hasta que al fin termina la melodía.
No obstante, una vez concluso el momento en que ha vibrado íntima y honda la guitarra del alma, toca a la interfase entre lo etéreo y lo material –la mente- trabajar para intentar vestir lo mejor posible el sentimiento y el concepto, reos en versos y en palabras. Siempre hay un titánico trecho entre lo escuchado y lo escrito, y es tarea del trabajo y de la mente el perfeccionar en lo que pueda el ápice de esencia y belleza capturadas (y es que, desgraciadamente, el sentimiento y el concepto real que vive un alma es tan inmenso, que en mi opinión aún quedan eones de literatura hasta poder palparlos en todo su esplendor, codificados en caracteres y palabras…aún queda casi todo el trabajo).
Sinceramente creo que al origen de la inspiración le corresponde en su mayor parte el talento natural de saber escuchar, y al trabajo y a la formación el embellecer aún más la forma y el fondo del concepto en br
¡Qué interesante que se está poniendo esto! Y qué bonito.
Un relato viene del alma y se escribe con la pluma o el teclado. Ojalá nos enseñaran eso en la EGB: a contar historias, por ejemplo. Quizás escribir no sea el término más apropiado. No lo afirmo, lo cuestiono. Los caminos son insondables. hay quien prefiere la soledad, hay a quien le va bien un curso o cualquier otro instrumento. Si te sirven, bienvenidos sean. Lo que está claro es que a la primera, ¡plf!, no te sale. Y que te las ves y deseas para que salga algo que no solamente tú mismo lo entiendas sino que divierta, entretenga, emocione, etc a otras personas que nada tienen que ver contigo. Quizás esta oportunidad lo sea también para compartir estas cosas. Yo escribo tanto tumbada en el sofá como sentada en la silla frente al ordenador como en el tren como caminando. ¿Cuántos de vosotros escribe en el aire?
Bsosssssss
Me gustó mucho el artículo, das muy buenos consejos aunque sean difíciles de seguir. En esos lapsos donde se cree que uno sí puede lograr escribir algo bueno, el reto podría ser, saber manejar bien tu tiempo para intentar exprimirte, sin tener que dejar eso con que te ganas la vida y que no puedes darte el lujo de perder. Muy interesante tu página. Un saludo.
PUMMM: http://bartwritesit.blogspot.com/
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