Parecía que la fiebre por las continuaciones póstumas de novelas, con la segunda parte de Drácula y la sexta de la Guía del autoestopista galáctico, era un fenómeno anglosajón reciente, pero resulta que en Francia llevaban discutiendo la cuestión desde mucho antes. En 2001 una editorial publicó dos secuelas a Los Miserables de Victor Hugo pero sus herederos los llevaron a juicio. Tras siete años de litigio, la corte ha concluido que las secuelas no violan la propiedad intelectual de Hugo.
Las dos secuelas fueron publicadas al calor de los fastos del bicentenario de Hugo y contenían decisiones controvertidas como la de resucitar a uno de los personajes principales, Javert, e imponerle un brusco cambio de personalidad. Pierre Hugo, bisnieto del autor, demandó a la editorial Plon asegurando que la familia no había sido consultada y que se lesionaba moralmente la obra. Plon esgrimió como defensa que las secuelas apócrifas son una tradición literaria y que no entendían en qué ofendian ellos a la obra de Hugo más que el musical o El jorobado de Notre Dame de Disney.
Esta decisión marca un importante precedente legal, ya que varias casa editoriales francesas esperaban el desenlace del juicio para sacar sus propias secuelas de obras clásicas. Según se rumorea, habría una segunda parte de Madame Bovary de Flaubert cociéndose en los fogones.
En esta clase de polémicas tengo mis simpatías divididas. No me caen nada bien esos cancerberos de los derechos intelectuales de un autor cuyo único mérito es el de haber sido engendrados por un pariente, que claman indignación contra todo aquél que toca su obra sin haber pasado por caja. Tampoco me entusiasman las editoriales que se descuelgan con una segunda parte de un clásico escrita por encargo para aprovechar el mercadillo que se monta con cada centenario. De todas las estupideces que vimos por los 400 años del Quijote, sólo nos faltó un Quijote parte 3: Resurrección escrito por Arturo Pérez Reverte.
Lo dijo el propio Victor Hugo: Una vez que la obra de un autor es publicada, él ya no es su amo. En la literatura hay un proceso sano, espontáneo y necesario que es la creación de hipertextos, basarnos en la obra que nos ha influido para crear un producto propio. Precisamente eso es lo que se opone a esta politica de ‘secuelas’, que aseguran continuar la misma novela a pesar que que el autor y su contexto sean completamente distintos. Esto no es el cine, en donde es el productor quién decide qué es segunda parte de qué. O es otra novela o es una mentira.
Me parece curioso además que Plon haya ganado el juicio argumentando cosas como que Los tres mosqueteros de Dumas tuvo 39 continuaciones apócrifas. Si la justificación es legal, esas cosas pasaban antes de que se reconocieran los derechos de autor. Y si la justificación es literaria: ¿Quién recuerda una sola de esas continuaciones?
Vía | The Guardian

Comentarios
A este paso, la literatura pronto parecerá un anexo de Hollywood… Que pena…
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