
- No deberías haber dicho que somos “una región de mierda”.
- No dije “una región de mierda”, dije “la región de la mierda”. Y esta mierda la amo, ya lo sabes.
Así empezó todo. Pierre Jourde volvía a su pueblo natal, Lussaud (Cantal, centro de Francia). El pueblo que había retratado en su novela Tierra perdida (2004), en donde relataba el amor irracional que siente por la patria chica de sus ancestros pero al mismo tiempo revelaba las miserias de su habitantes.
Las infidelidades, las traiciones, el alcoholismo, los hijos ilegítimos, la hipocresía. Las historias secretas que circulan entre murmullos, que todo el mundo conoce pero mantiene pudorosamente sepultas.
El libro no sentó bien en el pueblo. Jourde intentó explicarse y regresó en 2005 con su familia. Los vecinos le estaban esperando y le acorralaron contra la puerta de su garaje al bajar del coche. Le amenazaron e insultaron a él y a sus hijos, a quienes llamaron sucios negros por ser mestizos.
La cosa se puso fea y alguien sacó un bastón. La familia intentó huir y empezaron a volar piedras contra el coche. Una acertó en un cristal. El hijo menor de Jourde, de sólo 15 meses, sufrió cortes. El jucio por agresión e injurias racistas ha empezado esta semana. Jourde declaraba:
El peor de los estátus es ser de aquí y no de aquí.
En España tenemos un amplio vocabulario para definir estos fenómenos. Tenemos a mano las coletillas de la ‘España profunda’, la ‘España negra’, y el mito tan dado de sí de la matanza de Puerto Hurraco. Hay algo que nos fascina en estos estallidos de violencia endogámica: en vez de ser la celebración de la comunidad tipo ‘Fuenteovejuna’, es algo más oscuro y – nos da por pensar – primitivo, la obediencia a impulsos viscerales, a la ley de la tribu. Que nos dé por llamarlo primitivo no significa que sea simple, al contrario: nada más complejo que las relaciones que entretejen las comunidades cerradas.
La oscuridad de esta ‘Francia oscura’ no lo es tanto por su violencia (anecdótica en comparación a la que se vive en las ciudades) sino por lo inextricable que resulta. Cada caso de violencia rural es una pequeña tragedia con su concatenación de antiguas injurias, venganzas que se transmiten por la sangre, alianzas y enemigos atávicos. Como en el caso del iceberg, sólo vemos la punta. Jourde debía saber que, desvelando su pueblo, lo perdería para siempre.
