Últimas palabras: epitafios curiosos de escritores (I)

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Epitafios escritores

Si alguien se ha distinguido en la vida por las obras que ha escrito, lo normal es que en su epitafio ese destello de genialidad literaria siga brillando. Ya comentamos aquí en una serie de posts las Últimas palabras de famosos escritores. Hoy os traemos a modo de curiosidad algunos de los epitafios de escritores muy conocidos: las últimas palabras que nos dejaron inscritas en sus lápidas.

Arthur Conan Doyle

Verdadero acero
“Hoja afilada
Arthur Conan Doyle
Caballero patriota, médico
y hombre de letras

El creador de Sherlock Holmes murió en el jardín de su casa de un ataque al corazón a los 71 años. Su cuerpo está enterrado en Minstead Churchyard, Hampshire, Inglaterra.

Enrique Jardiel Poncela

“Si queréis los mayores elogios, moríos”.

El dramaturgo, autor de comedias como ‘Eloísa está debajo de un almendro‘ y escritor de novelas como ‘Amor se escribe sin hache‘, murió a los 51 años de un cáncer de laringe. La muerte de su padre en 1944 y un desengaño amoroso hicieron que se resintiera físicamente, aunque posiblemente influyera más su pasión por el tabaco.

Miguel de Unamuno

Acógeme, Padre Eterno, en tu seno,
misterioso hogar,
que aquí vengo cansado y deshecho
del duro bregar
De este novelista, uno de los nombres más importantes de la generación del 98, también se suele citar como epitafio esta frase: “Sólo le pido a Dios que tenga piedad con el alma de este ateo“, pero en el cementerio de Salamanca lo que consta es el poema.

Rainer Maria Rilke

Rosa, oh contradicción pura, placer,
ser el sueño de nadie bajo tantos párpados.
El poeta alemán conocido por las ‘Elegías de Duino’ murió de leucemia en un sanatorio suizo, y escribió él mismo estos últimos versos poco antes de morir.

Jane Austen

“En memoria de Jane Austen, hija menor del Reverendo George Austen, rector de Steventon.Abandonó este mundo el 18 de Julio de 1817, a los 41 años, después de una larga enfermedad sobrellevada con la paciencia y esperanza de una cristiana.
La benevolencia de su corazón, la dulzura de su carácter, y las extraordinarias facultades de su mente merecieron el reconocimiento de todos los que la conocieron y el más cálido amor de sus seres más cercanos.
Ellos saben que su pérdida es irreparable y su pena es proporcional a su cariño, pero en su más profunda aflicción son consolados por una firme aunque humilde esperanza de que su caridad, devoción, fe y pureza, harán que su alma sea aceptada a los ojos del Redentor”.
La autora de ‘Orgullo y prejuicio‘ que tanto adoramos en este blog fue enterrada en la catedral de Winchester, y aunque la inscripción de la lápida es larga, como veis, no se hace ninguna referencia a su oficio de escritora. Más tarde ese detalle se arreglaría con una placa conmemorativa.

Vicente Huidobro

“Aquí yace el poeta Vicente Huidobro. Abrid esta tumba: al fondo se ve el mar.”
El gran poeta chileno, autor de una obra tan importante para la vanguardia como ‘Altazor‘, se encuentra enterrado en el balneario de Cartagena (Chile).

Boatswain (el perro de Lord Byron)

Tumba de Boatswain, perro de Byron Monumento mortuorio a Boatswain, el perro de Byron
“Aquí reposan los restos de un ser
que poseyó la belleza sin la vanidad,
la fuerza sin la insolencia,
el valor sin la ferocidad,
y todas las virtudes del hombre sin sus vicios.

Este elogio, que constituiría una absurda lisonja
si estuviera escrito sobre cenizas humanas,
no es más que un justo tributo a la memoria de
Boatswain, un perro
nacido en Terranova en mayo de 1803
y muerto en Newstead Abbey
el 18 de noviembre de 1808.”

El adorado perro de Lord Byron tiene un monumento mayor que el de su amo. Lord Byron pidió ser enterrado junto a su mascota. Nadie cumplió su última voluntad.

Virginia Woolf

“En contra tuyo volaré
con mi cuerpo invencible e inamovible,
¡oh muerte!”
Virgina Woolf, autora de obras como ‘Al faro‘, ‘Las olas‘ o ‘La señora Dalloway‘, se suicidó debido a una enfermedad mental. Ella misma escribió su epitafio.

Francisco de Quevedo

“Qué mudos pasos traes, ¡oh muerte fría!,
pues con callados pies todo lo igualas.”
El genio de nuestro Siglo de Oro tiene como epitafio parte de uno de sus sonetos, ‘¡Cómo de entre mis manos te resbalas!‘. Falleció en el convento de los dominicos de Villanueva de los Infantes en 1645. Se cuenta que su tumba fue profanada días después por un ladrón que buscaba las espuelas de oro con que había sido enterrado.

Seguiremos con más epitafios en la próxima entrega de esta serie de artículos.

Fuente | ‘El libro de los finales’, de Albert Angelo (Ed. El Aleph)
En Papel en Blanco | Últimas palabras de famosos escritores (I)
Últimas palabras de famosos escritores (II)
Últimas palabras de famosos escritores (y III)

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