'La Plaga', de Jeff Carlson
Una plaga de nanobots, microscópicas máquinas biónicas que se replican en el cuerpo humano y lo destruyen velozmente célula a célula, ha prácticamente extinguido a la humanidad. La única escapatoria son las cumbres superiores a 3.000 metros, ya que sucumben a la presión. Desde Leadville, la ciudad más alta de los Estados Unidos, lo que queda del Gobierno dirige los esfuerzos del equipo de la Estación Espacial Internacional para hallar una cura. En la Tierra, los harapientos supervivientes se vuelven caníbales para superar la falta de provisiones. Así comienza la novela de Jeff Carlson, con un plato de carne humana estampado en la cara del lector.
No es tanto el tema lo que nos sorprende. El canibalismo y sus variantes son ingredientes casi obligatorios de las novelas apocalípticas, y muchos autores lo tratan con mayor crudeza que Carlson (descollando Cormac McCarthy en La Carretera). Lo que llama la atención es la premura que tiene en hacerlo, en la primera frase del libro, como empujándonos desprevenidos de cabeza al horror absoluto. En realidad no es más que uno de los trucos dramáticos que va a usar el autor para dar grandilocuencia a su material. Ni el canibalismo es para tanto, ni el horror es tan profundo, ni La Plaga pasa de ser una más supervivientes, eficaz pero con poquita enjundia, como una peli de tarde de verano.
Hay que reconocerle a Jeff Carlson algunas innovaciones interesantes, como es el situar la mayor parte de la acción en espacios naturales abiertos, en contraste con las ciudades arrasadas que suelen popular este género. Pero, sinceramente, el jugo de las historias sobre el fin del mundo no está tanto en la anécdota y los fuegos artificiales sino en cómo afecta al ser humano, obligado a transformarse para sobrevivir y a abrazar la animalidad o la locura. Pero Carlson no es McCarthy. ni Matheson, ni Dick, y la psicología parece estorbarle más que estimularle.
No quiero decir que no haya monólogos interiores ni enfrentamientos humanos, que los hay en abundancia. Incluso algunas ideas enganchan, como la de la organización tribal y pseudo-feudal de los supervivientes . Pero cualquier intento de profundizar choca con la llaneza de la construcción de los personajes. Su máximo desarrollo consiste en darles un carácter a los más destacados, lo cual no significa que tengan una dimensión sólida obligatoriamente. El resto son extras con frase, como mucho.
Tenemos por un lado a Cam Najarro (sic), un personaje agradecido ya que es el que va a despertar la empatía del lector. Es el tipo corriente, humano y bienintencionado que debe hacer cosas horripilantes para sobrevivir. Y tiene conciencia, pero esta no deja de ser un recurso facilón al que no se saca mucho partido. Los remordimientos de Cam por matar y comerse a gente no suenan muy intensos, y la general indiferencia hacia el presunto horror acaba por contagiarse. Tampoco ayuda a la inmersión que Cam actúe frecuentemente de forma arbitraria, pasando repetinamente de una opinión a otra, aunque esto es un defecto del que adolecen la mayoría de personajes.
Lo cierto es que cuanto más trasfondo humano quiere incluir Carlson, más roza lo incongruente. La insistencia en los temas raciales, por ejemplo, puede ser familiar para el mercado estadounidense pero no se le acaba de ver su importancia real, y a veces están introducidos de forma forzada y hasta estereotipada (Cam palideció todo lo que puede un latino…). El caso de la segunda protagonista, la experta nanotecnológica Ruth Goldstein, es aún más llamativo. Supuestamente es una genio excéntrica, pero el autor acumula sobre ella detalles gratuitos hasta convertirla simplemente en una tipa rara con un trasfondo aún más raro (pseudo-incesto incluído). Todo esto hasta la segunda mitad del libro, en la que se convierte en el tipo de heroína por accidente y el resto queda atrás.
Sin duda el más conseguido es Albert Sawyer, el tercero en discordia. Si Cam es el tipo corriente Sawyer es el superhombre, despiadado y frío, capaz de hacer lo necesario para sobrevivir sin sentir una sola punzada de culpa. Curiosamente es Sawyer, en su distancia, quién posee más carga humana e interés, tanto en su maquiavélica e intrigante existencia como en la degeneración a la que la justicia poética le condena. Desgraciadamente tampoco vamos muy allá con Sawyer, y una vez que ha cumplido sus obligaciones argumentales nos deja poca cosa entre las manos. También él soporta sus dosis de incongruencia: al parecer, no le importa comerse a sus vecinos ni entregarse a la promiscuidad sexual más primaria, pero se enfurece cuando le llaman mariquita a sus espaldas.
En el otro lado de la balanza pesa que Carlson haya hecho los deberes en materia de nanotecnología para su trama y consiga que la acumulación de tecnicismos no resulte desalentadora. Por otra parte, el desinterés que muestra por lo humano contrasta por el gusto descriptivo que tiene hacia lo natural. No sólo hay amor hacia los paisajes montañosos de América sino que se le advierte una afición minuciosa hacia el cuerpo. Abundan las descripciones de olores, fluídos, enfermedades y en especial de las horribles heridas que causan los ‘nanos’ al devorar los órganos, garantía de causarle comezón a más de un lector.
Tampoco es de desdeñar su nervio a la hora de relatar escenas de acción, como el accidentado aterrizaje de un transbordador o el genuino final hollywoodiense, pero es precisamente ahí donde el autor condensa la naturaleza de este libro, sus defectos y virtudes. En realidad la sensación que te queda es la haber leído la sinopsis de la película de la tarde de aquí a dos veranos. Por tener, ya tiene hasta trailer.
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