Alfonso X es una de las figuras más importantes de la Historia de España. Nacido en Toledo en 1221, hijo de Fernando III, y Beatriz de Suabia, reinó Castilla y León desde 1252 hasta 1284. No tuvo mucho éxito en la política: su hermano Enrique le dio problemas, su hijo Sancho conspiró contra él (y hasta llegó a ser nombrado Rey por sus adláteres) y tuvo que enfrentarse a las rebeliones de los mudéjares levantinos y benimerines.
Persiguió el sueño de ser nombrado Emperador del Sacro Imperio Romano, un título más simbólico que real, pero muy útil para sus intereses en la Península Ibérica. La oposición desde el Vaticano fue clave y ninguno de los papas que reinaron en Roma le apoyó, pues el creciente poder de Castilla no era visto con buenos ojos. Así que Alfonso X no pasó a la historia como ‘El Emperador’ o ‘El Conquistador’, sino como El Sabio, pues fue en el mundo cultural donde demostró ser un hombre muy inteligente, un magnífico poeta y, sobre todo, un excelente dirigente y administrador.
Aún siendo infante ya mostraba gran sensibilidad para la poesía y se despertó en él el interés por dotar a Castilla de una buena estructura cultural. No creó la Escuela de Traductores de Toledo, como se suele decir, pues dicha organismo ya existía; lo que hizo fue darle el apoyo y empuje necesarios, tanto económica como institucionalmente. Junto a la fundación de unos Studii (Escuelas generales de latín y arábigo) en Sevilla y de la Escuela de Murcia. Asimismo elevó al rango de Universidad los Estudios Generales de Salamanca (1254) y Palencia (1263), siendo Salamanca la primera ciudad en ostentar ese título en Europa. Así que no debemos encerrar la obra de El Sabio en Toledo, sino que es más preciso pensar en una especie de Scriptorum regio dirigido por el propio Alfonso X cuya labor consistía en coordinar diversas instituciones que colaboraban en el estudio de las ciencias, sobre todo astronomía y astrología, y las leyes.
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El único rey del que hubiera sido vasallo.