Vivimos en tiempos (afortunadamente cada vez menos) en los que parece que para granjearse el aplauso académico o popular hay que confesar que no se tiene televisión en casa (versión Light) o hay que despotricar contra la caja tonta (versión Premium).
Porque la tele embrutece, suspende las actividades cognitivas, induce al gregarismo. Basta con echar a un vistazo a ese niño que está frente al televisor, embobado, zombificado, incluso con un hilo de baba colgándole de la comisura de la boca, cual lobotomizado.
Pero esta imagen tan arquetípica es tremendamente errónea porque incurre en dos falacias diferentes. La primera: confundir contenido y continente: parece que la tele es el Mal porque es la tele, no porque se hayan analizado exhaustivamente todos los programas que emite.
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