Si se descubriera que existen más autores brillantes de los que creemos, ¿seguiríamos adorando a los autores brillantes? Margaret Atwood dice: “Interesarse por un escritor porque nos gusta su libro es como interesarse por los patos porque nos gusta el foie.”
Que no se engañe nadie: existen miles de Shakespeare, miles de Cervantes, miles de Stephen King. Y quizás afirmando algo así estoy entrando en terreno peligroso. Porque seguramente nadie pueda estar de acuerdo con tal afirmación: que la genialidad no es algo tan único y escaso como percibimos.
Estoy hablando de que no existen autores magníficos. Más aún: que las obras ni siquiera tienen autor (con todo lo que eso supone para el espinoso asunto de los derechos de autor, tan en vigor hoy en día con el nuevo canon que grava determinados soportes electrónicos).
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