El principal mérito de la obra de Goscinny y Uderzo, sobre cualquier otra virtud, es que supone una extraordinaria apología de la amistad. Sus principales protagonistas son dos hombres muy diferentes: Astérix es una persona inteligente, prudente, responsable y siempre antepone la astucia a la fuerza; Obélix es un tipo glotón y brutote, algo torpe y despistado, pero bonachón y amoroso (¡y no está gordo, sólo algo rellenito…!). Ambos son bastante cabezones y a veces discuten airadamente durante sus aventuras, pues suelen tener dos visiones muy diferentes sobre lo que debe hacerse. Pero siempre, sin excepción, acaban acercando sus posturas, fundiéndose en un abrazo para pasar página y seguir adelante juntos.
Nunca se meten en líos por su cuenta pues todas sus aventuras comienzan a partir de dos premisas: o bien salen de su aldea para protegerla de los muchos peligros que la acechan o acuden a la ayuda de otros pueblos amenazados. Las vicisitudes de la pareja de héroes galos los llevan por todo el mundo romano (Helvecia, Bretaña, Hispania, Bélgica… e incluso el Egipto de Cleopatra) y más allá, como cuando viajan a la India, llegan a América o encuentran la mítica Atlántida. La pareja de galos siempre salen victoriosos y vuelven a su aldea, donde son recibidos como héroes y celebrando un banquete junto a toda la aldea (exceptuando, claro está, al bardo Asurancetúrix).
Como ocurre con tantas otras parejas de la literatura (enseguida vienen a la cabeza Don Quijote y Sancho Panza), ninguno sería el mismo sin el otro. No habría Astérix sin Obélix y viceversa. Siempre están juntos y las pocas veces que se ven obligados a separarse, toda obligación queda en un segundo plano porque acudir uno en la ayuda del otro pasa a ser la más urgente prioridad. Más que nada, por encima de cualquier otra consideración, son una pareja de amigos dispuestos a ir al fin del mundo siempre y cuando vayan de la mano. Por ello nunca hablo de ‘Las aventuras de Astérix’ sino de las de ‘Astérix y Obélix’.
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