Yo maldigo el río del tiempo

El tiempo pasa increíblemente rápido y hace ya más de un año que os hablé de Yo maldigo el río del tiempo, del escritor noruego Per Petterson. Desde ese momento tenía muchas ganas de hincarle el diente, y aunque mucho más tarde, al final me he decidido a leerlo, y es que su promesa de una prosa serena y cuidada no se me podía escapar. Admito que eran muchas mis expectativas puestas en este libro, y quizás por eso, el resultado me ha dejado un sabor un poco agridulce, aunque no quiero ser injusto.

Y es que, desde las primeras páginas nos quedamos absortos con la forma de escribir de Petterson: sosegada, con un dominio absoluto del lenguaje y con un ritmo tranquilo. Descubrimos así que estamos ante uno de esos libros extraordinariamente bien escritos, con independencia de la historia que nos cuente. Pero bien es cierto que llegado un punto, el cuerpo te pide ver cómo avanza la historia, y en ningún momento se produce dicho avance. Estamos ante la contemplación de un par de días en la difícil relación entre una madre y un hijo.

Así, en ‘Yo maldigo el río del tiempo’ nos metemos en la piel de Arvid, un hombre de treinta y siete años que ve como su vida empieza a desmoronarse drásticamente. A su madre le han diagnosticado un cáncer terminal, pero además, su matrimonio también se viene abajo y el divorcio es inminente, al descubrir que su mujer ya no le quiere. Y para acabar de arreglarlo todo, el muro de Berlín ha caído, todo un trauma para un comunista ¿convencido? como él.

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