No fue internet una realidad que ocupara demasiado a Paco Umbral. Sin embargo, internet no ha podido pasarlo por alto y lo ha elevado durante esta semana a estrella de las bitácoras españolas. Pepe Cervera, en el Retiario de 20 minutos, lanza esta idea a la que no puedo sino adherirme: Si Umbral hubiera tenido un blog, se habría alzado en rey de la blogosfera.
Lo contrario que un toro resabiao, Umbral entraba siempre al trapo. Y lo hacía arropado en ese estilo suyo de camorrista supino, capaz de moler a palos al más pintado en cualquier ruedo. De qué se habla que me opongo, hubiera dicho remangándose. Umbral nos hubiera trolleado a todos y cada uno hasta dejarnos en lágrimas.
Esta realidad umbraliana en los blogs ha abierto otro frente de discusión (por no usar la palabra polémica, que me consta que a más de uno le está empezando a crispar). Siendo el blog un mecanismo de expresión personal: ¿En qué medida hay que decretar armisticio en el caso de las necrológicas? O dicho de otro modo: ¿Hay que adherirse a la tradicional apología del recién finado o recordarle tal y cómo le habíamos considerado en vida?
Porque como hemos dicho, a Umbral le tragaba muy poca gente, tanto entre quienes trabajaron con él como quienes sólo conocieron su faceta pública. Por lo tanto, algunas necrológicas que hemos leído parecen más un ajuste de cuentas. Aquél Si no tienes nada bonito que decir no digas nada parece estar obsoleto en la sociedad de la información, dónde nadie tiene la última palabra.
Pero Umbral también tenía amigos, y estos no han sido menos feroces a la hora de defenderlo. Javier Pérez de Albéniz, el crítico de televisión de elmundo.es, ha llegado a llamar gilipollas a unos periodistas por titular la necrológica de Umbral ‘Maestro polémico’ (¿No sería Polémico maestro, para empezar) y les ha acusando de rebuscar en sus aspectos oscuros por recuperar sus minutos de gloria catódica en dónde dejó a la Milá con cara de boba.
Cuando se es maestro se es maestro absoluto, dice Albéniz. Cierto, pero se puede ser maestro de muchas cosas. De polémicas también. Y Umbral se arropó de polémica, la hizo su signo distintivo al igual que su foulard, su marca de la casa. Es natural que los amigos quieran recordarle sólo con flores, pero ¿quién está falseando la realidad entonces?
Precisamente en elmundo.es, periódico para el que colaboró los últimos quince años, han puesto a disposición del internauta todas sus columnas desde 1994. Merecen echarles un vistazo. Más que nada para comprobar porqué Umbral ha recibido el título de “maestro de columnistas” (el de “maestro de periodistas” ya recayó en Campmany; ¿qué dejan para Ansón?). Aquí querría decir yo la mía. Umbral fue y es maestro de estilo, qué duda cabe. Nadie como él para enlazar pasajes de prosa poética y juegos de ingenio. La prueba está en todos los exégetas que ha ido dejando.
Pero si la columna es un genero períodístico que analiza la actualidad desde una interpretación personal y desarrollando una argumentación, Umbral no se ajusta al canon. Umbral no analizaba la realidad, la alienaba, la desmenuzaba con su léxico poético siguiendo los dictados de su temperamento. Porque la única realidad que interesó a Umbral fue la suya propia, la de su yo literario. Mucho se ha hablado de su transformación ideológica de la izquierda a la derecha, incluso de su clientelismo político en los últimos tiempos. Cuando todo ello carece de importancia ahora, porque no fueron más que los pretextos (literalmente: puntos de partida para su escritura) en su vida.
Como muestra un botón, esta columna dedicada al nuevo ministro de Cultura: César Antonio Molina. Ahora prueben a responder a esta sencilla pregunta: ¿Estaba Umbral a favor o en contra de su nombramiento? Yo todavía no he conseguido dilucidarlo. Probablemente porque ni tenía ni tiene ninguna importancia. El sr. Molina, como todo lo demás, no era más que el pretexto.
Sitio Oficial | Adiós, Umbral en elmundo.es
