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Os hablaba en otro momento de la reciente edición española de Parásitos: cómo los oportunistas digitales están destruyendo el negocio de la cultura, de Robert Levine. Como mi reseña fue sumamente desfavorable, me gustaría justificarla con diez ejemplos que ponen en evidencia que, en el fondo, la tesis mantenida por el autor no deja de ser una revisión ludita sobre el negocio digital o sobre leyes de propiedad intelectual.

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El autor señala que, a pesar de las cantos por la cultura libre y el Creative Commons, por los vídeos amateur sin ánimo de lucro, por las producciones crowfounding o directamente gratuitas, la gente, la mayoría de gente, sigue consumiendo las obras de los grandes estudios de Hollywood, por ejemplo. De esta manera, parece que Levine quiere defender la protección del modelo de negocio de los grandes estudios: sólo así seguirán produciendo las obras que se consumen masivamente.

Podríamos entrar a discutir si el consumo masivo de una obra es suficiente argumento como para proteger legalmente su producción o si esencialmente esa producción podría considerarse de dudosa calidad (también se vende mucho El código da Vinci, o Sálvame es uno de los programas de televisión más vistos). Sin embargo, lo que el autor obvia (no sé si intencionadamente) es que tales obras de consumo masivo, tanto televisivas, como cinematográficas, cada vez se consumen menos. Es decir: sí, son las más vistas porque son las más publicitadas, porque están diseñadas para llamar la atención, porque saturan los canales de distribución y exhibición tradicionales, y porque, en suma, la mayor parte de los consumidores aún son más analógicos que digitales. Pero son cada vez menos vistas. Y nada impide imaginar que acaben siendo productos minoritarios cuando la oferta alternativa se incremente. Aún estamos en plena transición tecnológica.

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Ya en el prólogo de Parásitos, Robert Levine selecciona muy bien los ejemplos refrenden sus ideas, olvidándose de los ejemplos que las contradicen. En este caso, pone dos ejemplos de desplomes de negocios online, el del Washington Post y el de la NBC. Pero si sustituimos esos ejemplos por el negocio de los carruajes de caballos justo en el advenimiento de los vehículos motorizados, entonces dichos ejemplos serían perfectamente equiparables.

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Levine no deja de repetir que los blogs y demás parásitos no crean contenido, sino que lo roban de medios tradicionales. Pero nunca dice que los medios tradicionales roban contenido a los blogs.

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Levine escribe, criticando el optimismo que generan los proyectos de código abierto, como Wikipedia o Linux:

Esto concuerda con la tendencia hacia la deconstrucción, que ha vuelto a los académicos cada vez más escépticos hacia la idea romántica del genio individual. Todos los artistas se basan en el trabajo de otros, igual que los programadores combinan bits de código ya existentes. Al bloquear el arte de hoy, sigue el argumento, el copyright interfiere en el de mañana.

Esta idea es fundamental en la lucha por la flexibilización o supresión de la propiedad intelectual, sin embargo el autor la desdeña aduciendo que, si bien los académicos cada vez son más escépticos sobre el genio individual, no están en lo cierto. Levine no impugna de ningún modo las ideas científicas en las que se sustenta el aserto de los académicos a los que desdeña, a pesar de que la complejidad del tema daría para diversos ensayos multidisciplinares. Si queréis profundizar en ello os recomiendo empezar por mi artículo ¿Eureka? No existe ‘el inventor’ sino los inventores (I), (II), (III) y (IV), que a su vez enlaza diversos libros sobre el tema.

Más adelante, lo que sí hace Levine es trazar una línea entre la infracción creativa de los derechos de autor y la infracción de consumo. Es decir, que los artistas, para inspirarse, infringen por mor de la creatividad; el resto lo hace simplemente para consumir. El problema es que esta línea es muy difusa: un consumidor que tenga acceso a toda clase de contenidos, tiene más probabilidades de convertirse en un creador. De hecho, es justo la dinámica que se establece en la blogosfera: nadie paga por consumir, y cada vez hay más creadores, originándose así incluso micronichos de consumo, tal y como explica Chris Anderson en Economía Long Tail.

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Siguiendo con el anterior punto, Levine critica la idea de que la cultura se basa en el remix:

Pero con la misma facilidad podría argumentarse que la piratería daña la cultura del remix, porque pone en peligro su materia prima.

Luego añade que existen muchas parodias de Star Wars, pero que ello es posible porque existe la materia prima: Star Wars. Levine incurre aquí en una falacia tan gorda que asombra. Primero: la gente no dejará de crear inspirándose en otras cosas, porque “la materia prima” no es, ni mucho menos, todo lo que la industria de masas genera. Yo, por ejemplo, también estoy creando ahora mismo, y la gente puede inspirarse para pensar nuevas ideas o plasmarlas, a su vez. Segundo: considerar Star Wars como materia prima es tan falaz como considerarlo de Chad Vader: Day Shift Manager: Star Wars está inspirado en otras obras anteriores, que no duda en remixear de tal modo que, a nivel argumental, Star Wars es una historia que dista mucho de ser original. Otra cosa es que sea icónica, pero lo es por motivos que trascienden a la propia obra (y por tanto difícilmente fabricables por la industria).

En la próxima entrega de este artículo, seguimos con los demás puntos.

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