10 deslices de Robert Levine que evidencian un discurso ludita sobre la creación y la distribución de cultura (y II)

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Seguimos con los 10 deslices de Robert Levine en su libro Parásitos, iniciados en la anterior entrega de este artículo:

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En esencia, dos respetados economistas argumentaron que la gente trabajaría por cerveza. (Literalmente podría ser cierto, por supuesto, pero eso no significa que trabajasen tan duro como lo harían de otro modo

Aquí Levine aduce que si el trabajo cultural está remunerado tal y como lo está hoy en día (es decir, una minoría de autores cobran mucho, otra minoría cobra regular, y la mayoría muy poco), la cultura generada es de mejor calidad.

Mucha más gente, ahora, gana más dinero que antes gracias a Internet. Si eso ni siquiera fuera así, el argumento de Levine contradice los estudios realizados al respecto: los creadores no son más eficientes cuando más se les pague. Sobre todo porque los beneficios de que mucha gente te lea a través de Internet (aunque no te pague) son infinitas (y traducibles a dinero): ¡Admiradme! ¡Queredme! ¡Dadme palmaditas en la espalda! La economía de la reputación y la atención.

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La copia de un archivo no es sinónimo de hurto porque no estamos sustrayéndole el original al propietario. Sería como usar la vela encendida de alguien para encender nuestra vela. Sin embargo, Levine sugiere que esto no es exactamente así:

porque si todo el mundo dejase de pagar ya no tendríamos películas o transporte público de la misma calidad. Y aunque el intercambio de archivos no es un robo, tampoco es exactamente un intercambio.

De nuevo Levine parece sugerir que la cultura que se vende es necesariamente de mejor calidad que la que se distribuye gratuitamente, algo que ya se ha analizado en el punto anterior. Lo que Levine parece no entender es que no se debe legislar para que el primero que encendió una vela pueda regular quienes se aprovecharán de su llama para encender otras velas (estableciendo un precio, por ejemplo). Ello equivale a legislar de forma contraria al bien común. También los terrateniente, por ley, eran dueños del suelo y de todo lo que hubiera encima hasta el infinito, pero la tecnología (el tráfico aéreo) cambió esa ley en beneficio de todos. (Podéis leer Cultura Libre del abogado Lawrence Lessig para profundizar en esta idea).

El tipo de la llama, en resumidas cuentas, deberá buscar otra manera de ganarse la vida, o de rentabilizar su llama: de lo contrario estaríamos privando a demasiada gente del privilegio de esa llama.

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Internet ofrece muchas formas baratas de promocionar música, desde Myspace a Twitter. El problema es que esas plataformas están tan llenas de músicos que es difícil destacar entre la multitud, y más difícil todavía convertir a un seguidor online en fan de toda una carrera musical.

fotoSegún Levin, deberíamos crear una escasez artificial de contenidos para que unos pocos puedan beneficiarse económicamente. Hacer dinero es mucho más sencillo cuando solo hay un Top10 y poco más. Afortunadamente, eso está dejando de ser así. Y, además, menos no es más, como ya os expliqué aquí: ¿Seguro que menos es más?: por qué el exceso de libros no es necesariamente malo.

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El hecho de que un vídeo pueda distribuirse de forma prácticamente gratuita en YouTube no ha cambiado realmente la cantidad de dinero que se necesita para hacer una serie de televisión. Si las series se distribuyen de forma gratuita, en un medio donde la publicidad no da demasiado, las empresas que las producen no serán capaces de ganar dinero. Finalmente, dejarán de pagar a gente para que las cree.

La falta de visión de Levine es tan formidable que sospecho que es deliberado: así puede mantener machaconamente su tesis, repetida anteriormente: sin mucho dinero, no se pueden crear series espectaculares de caros efectos, actores de millones de dólares por capítulo, etc. Que Tom Cruise siga ganando 20 millones de dólares por película, eso no lo cambiemos.

Netflix ya ha producido su primera serie de televisión. No me cuesta imaginar que Youtube genere series de producción propia que distribuya también gratuitamente. Imagino que puedes parar la imagen en cualquier momento, pasar el puntero del ratón por encima y pinchar en las prendas de ropa de los personajes, en los objetos del decorado, etc., a fin de que se abra una web para comprar dichas cosas. Imagino cómo la tecnología abaratará los costes de producción de efectos especiales. Imagino actores bajándose el sueldo, o actores desconocidos que lo hacen mejor que los conocidos que participarán en esa serie porque, así, millones de personas les verán, lo cual podrán rentabilizar de infinitos modos. Imagino tantas cosas que podría escribir libros enteros con ello. Y sólo soy una persona: ahora imaginad lo que imaginan las millones de personas que aspiran a crear nuevos negocios basados en la distribución abierta y gratuita.

Levine no imagina nada: su imaginación se quedó en el siglo XX, y se niega a mirar más adelante. Cree que el siglo XX sobrevivirá al XXI, y en consecuencia todo se irá al traste. Así yo también sería agorero.

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Cuando el Huffington Post publica material original de los blogueros no ejerce el tipo de supervisión editorial que uno podría encontrar en la mayoría de los periódicos. (…) Publicó regularmente historias sobre la supuesta relación entre las vacunas y el autismo, una relación sobre la supuesta relación que los científicos serios dicen que no existe.

Levine también obvia aquí que, si bien es cierto que en muchos blogs no hay control editorial, incluyendo el diario online gratuito Huffington Post, en Internet existen muchos otros filtros. Menéame, Wikipedia, los comentarios de la propia entrada, por ejemplo, actúan como filtros. Ello naturalmente no evita que se publiquen falacias médicas, pero Levine olvida que en los medios tradicionales también se cometen dichas irresponsabilidades. El quid de la cuestión, pues, sería conocer el porcentaje de errores que comete un medio tradicional parangonado con un medio online “sin filtros”.

El propio libro de Levine es un ejemplo: ha sido editado en varios países, ha recibido un premio, ha sido revisado por editores y correctores, y sin embargo considero que, en suma, el libro es papel mojado. En cualquier caso, y como en este punto podríamos discrepar, asumamos entonces medios serios que cometen errores científicos serios de forma sistemáticamente irresponsable: La Vanguardia, concretamente en su sección La contra, es un buen ejemplo de ello.

la Associació Catalana de Comunicació Científica – ACCC, la Asociación Española de Comunicación Científica – AECC y la Sociedad por el Avance del Pensamiento Crítico- ARP-SAPC han denunciado ya esta falta de rigor, pero La Vanguardia ha respondido que se niega a corregirlo, aduciendo que, si bien se realizan afirmaciones falsas a nivel médico o científico, son las opiniones de los entrevistados. Con todo, los entrevistadores no critican tales afirmaciones, por muy dañinas que sean, dando pábulo a cualquier tipo de idea (incluso las que critica Levine).

Otros periódicos, radios y televisiones son las responsables de que el ciudadano nade en un mar de vaguedades científicas en los que la homeopatía y la medicina alopática, por ejemplo, están al mismo nivel.

A día de hoy, personalmente doy más veracidad a Materia o Naukas que a la mayoría de la prensa española. Wikipedia tiene menos errores porcentualmente que la Enciclopedia Británica.

Sea como fuere, Levine no quiere considerar escenarios donde esos filtros digitales se fortalecerán, no quiere imaginar sistemas de jerarquización de webs, ni tampoco quiere oír hablar de plataformas como Divúlgame o Hispaciencia. Levine opina que la única manera de que exista credibilidad en un medio de comunicación es que dicho medio gane dinero vendiendo sus contenidos. Y punto.

Aquí terminan estos 10 ejemplos escogidos deliberadamente porque resultan relativamente fáciles de impugnar en pocas líneas (aunque soy perfectamente consciente de que mis impugnaciones, a causa de la escasa extensión, no son ni de largo la última palabra). El libro de Levine, aunque excluyéramos estos 10 ejemplos, está repleto de fragmentos que adolecen de los mismos defectos aquí expuestos, aunque mucho mejor enmascarados en montañas de datos. Pero es un libro que debe existir. Tal y como existen los blogs de gatitos que el propio Levine parodia como quintaesencia de la creación libre y gratuita en Internet.

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