El caso megaupload o por qué creo que deberían suprimirse o flexibilizarse los derechos de autor (y III)

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Tercer y último capítulo de esta serie de artículos sobre el caso Megaupload. El concepto de que las ideas son una propiedad (intelectual) es muy difícil de mantener, a pesar de que, desde hace décadas, nos han educado justo en sentido contrario. Como ocurría en los ejemplos anteriores, si yo robaba un libro, estaba robando una propiedad. Pero si lo robado era la información de libro, previamente memorizada por mí o mi disco duro, entonces ¿qué estaba robando exactamente?

Aunque parezca muy obvio, a nivel legal es muy complicado definir lo que es una propiedad. Para que algo sea susceptible de propiedad, debe de reunir, al menos, dos requisitos: antagonismo y exclusión. En otras palabras: si yo te lo robo, te quedas sin tu propiedad; y tú puedes poner bajo llave tu propiedad para que yo no pueda acceder a ella. En el caso de las ideas, de lo que sale de nuestro intelecto, ninguno de los dos requisitos se cumple: si de tu cabeza sale una idea, no puedes evitar que los demás la cojan; y si la cogen, tú sigues conservando tu idea, de modo que nadie te ha robado tu propiedad.

La propiedad intelectual, de existir, no puede robarse. Por eso, en España, no es delito descargar un libro de Internet, aunque sea propiedad de otra persona. (Otra cosa es que yo me lucre económicamente con ello, eso sí que es ilegal, de momento… aunque estoy dispuesto a respaldar cualquier iniciativa que despenalice ese supuesto).

Legalmente tiene mucho sentido mantener que las ideas no son propiedad de nadie, porque ello enriquece la sociedad, la hace más culta, e incluso mejora la innovación: es decir, aumentan las nuevas ideas. Porque la mejor forma de concebir buenas ideas es procesar ideas de otros, lo cual explica, por ejemplo, que las ciudades sean lugares más innovadores, en proporción, que el campo, tal y como explico aquí. O que la gran mayoría de los inventos se han producido en contextos donde existía flexibilidad en la propiedad de ideas, como bien explica en un capítulo de su libro Las buenas ideas de Steven Johnson o el catedrático de derecho de Stanford Lawrence Lessig en Cultura libre.

Entonces es cuando los derechos de autor, el copyright, las patentes… en definitiva, las mordazas artificiales para sacar rendimiento económico a las ideas (que no rendimiento intelectual) se tornan, todos ellos, en malditos. Porque se han vuelto malditos en el momento en que, para preservarlos, hay que pisotear otros derechos todavía más fundamentales: como el derecho a la información o el derecho a la privacidad. Son malditos porque son derechos que se esgrimen con mañas orwellianas. Son malditos porque sólo favorecen a una minoría de ciudadanos: los que ganan mucho dinero con un modelo de negocio obsoleto.

Siento si las ideas expuestas están un poco deslavazadas y solo tengan cierto sentido conceptual. Pero realmente resulta muy difícil resumir análisis multidisciplinares en pocas líneas. Si queréis profundizar, os recomiendo la lectura de los libros que os recomiendo más arriba, junto con el de Imagine… no copyright de Joost Smiers y Marieke van Schijndel. Si preferís evitaros leer, os recomiendo que visualicéis la siguiente charla de Jorge Cortell: en una hora amplía muchas ideas que aquí solo han sido esbozadas:

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