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Como os adelantaba en la anterior entrega de este artículo, en el mundo de lo gratis no solo se debe operar con dinero. También se pueden tener en cuenta otros factores que resultan tan importantes como el dinero.

En Internet se produce este hecho continuamente, y por ello abundan los productos gratuitos (y cada vez abundarán más, hasta que queden pocos motivos morales y prácticos para seguir haciendo pagos directos por productos digitales o digitalizables).

Lo explica con algunos ejemplos Chris Anderson en su libro Gratis:

Puedes tener acceso a porno gratis si resuelves unos cuantos “Captchas” (casillas de texto codificadas que se utilizan para bloquear los “bots” de spam (correo basura)). Resulta irónico que lo que estés realmente haciendo sea utilizar tus capacidades para ajustarte a lo que hacen los demás a fin de descifrar un texto que se originó en otra página Web, una página que interesa a los difusores de spam y que utiliza esos Captchas para mantenerlos alejados. Una vez que los resuelves, los spammers pueden tener acceso a esas páginas Web, lo cual les resulta más valioso a ellos que la banda ancha que consumirás viendo imágenes excitantes. En lo que a ellos respecta, es una caja negra: ellos meten Captchas codificados y sacan textos descifrados. Pero dentro de la caja se encuentra el trabajo involuntario gratuito de miles de personas. Lo mismo pasa cuando calificas historias en Digg, votas en Yahoo Answers, o utilizas el servicio 411 de Google. Cada vez que haces una búsqueda en Google, estás ayudando a la empresa a mejorar sus algoritmos de publicidad orientada. En casa caso, el acto de utilizar el servicio crea algo de valor, ya sea mejorando el propio servicio, o creando información que puede ser útil en otro sitio. Lo sepas o no, estás trabajando gratis.

Por supuesto, pensaréis, alguien tiene que crear contenidos para que los demás los visiten y “trabajen gratis”. Y ¿realmente ese trabajo gratuito sirve para algo más que para financiar a la empresa que ofrece los contenidos? ¿El autor puede ganar algo con ello? ¿Y las ideas? ¿Quién las financia? Si habéis leído con atención esta serie de artículos, probablemente seréis capaces de responder vosotros mismos a esas preguntas. Y, en cualquier caso, os garantizo que la gente seguirá creando contenidos aunque no se gane la vida con ello directamente (de hecho, ésa ha sido la situación de la mayoría de los autores antes de la existencia de Internet).

Pagar por el soporte que mantiene las ideas disponibles y no por las ideas en sí, es mucho más interesante y rentable de lo que parece (es decir, que la culpa de que los autores no puedan ganar dinero con sus obras o ideas no es tanto suya como de los modelos de negocio implantados por las editoriales, que todavía están anclados en los átomos). De hecho, el verdadero negocio está en la venta de ideas, sin que necesariamente se cobre por ellas directamente.

Hace solo un cuarto de siglo, las empresas más ricas del mundo lo eran porque vendían recursos naturales en forma de objetos que se podían tocar. Es decir, vendían átomos. Hoy en día, solo 32 de las 100 principales empresas del mundo hacen cosas que se pueden tocar, tal y como señala Chris Anderson:

Las otras 68 comercian fundamentalmente con ideas, no con procesamiento de recursos. Algunas ofrecen servicios en lugar de bienes, como atención sanitaria y telecomunicaciones. Otras crean bienes que fundamentalmente son propiedad intelectual, como los medicamentos y los semiconductores, donde el coste de fabricar el producto físico es minúsculo en comparación con el coste de inventarlo. Otros aún crean mercados para los bienes de otras personas, como los minoristas y los mayoristas. (…) Los márgenes de beneficio más elevados se suelen encontrar allí don de se ha añadido materia gris a las cosas. (…) Los trabajadores del conocimiento de hoy son los obreros de las fábricas de ayer (y los campesinos de anteayer) que se mueven a contracorriente en busca de la escasez.

Finalmente, debo aclarar una confusión muy corriente en relación a lo gratis. A pesar de que los productos gratuitos de Google son los que mejor funcionan hoy en día en sus respectivos campos, mucha gente sigue creyendo que lo gratis devalúa la calidad de los contenidos. Evidentemente, un libro gratuito autoeditado por un autor probablemente será cualitativamente inferior a un libro de 20 euros editado por una editorial importante (aunque no siempre es necesariamente así). Pero esta idea es incompleta y, además, está variando su polaridad, como veremos en la siguiente y última entrega de esta serie de artículos.

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