¿Seguro que menos es más? (I): por qué el exceso de libros no es necesariamente malo

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El otro día leía por algún blog la quejumbre de un autor amateur no respaldado por una gran editorial. Una quejumbre que nacía de lo siguiente: su nueva obra quedaba eclipsada por la avalancha de novedades editoriales de la librería de turno. Decía que hace unos pocos años, esto no era tan patente. Y que, antaño, era sencillo hablar de obras que todos habíamos leídos: hogaño, por el contrario, no sólo se sentía incapaz de hacerlo, sino que incluso ignoraba a los autores que comentaban los demás.

Ello lo achacaba, en suma, a que se publicaban demasiados libros.

Entiendo la pataleta: en un mercado donde hay escasez de determinado producto, resulta muy lucrativo poner en circulación dicho producto. En un mercado donde hay abundancia, entonces tu producto debe competir con demasiados productos similares. El quid de la cuestión es que este escritor amateur parecía plantear este escenario como negativo, cuando en realidad es profundamente positivo.

Lo que el autor parecía estar proponiendo es que, a pesar de que puedan existir más posibilidades de publicar que antes (más autores, más variedad, más autoedición, más cosas malas, y también más cosas buenas), lo adecuado sería instaurar una escasez artificial para que sólo se lucren unos pocos (presuntamente los mejores, aunque eso sea mucho suponer).

En todos los ámbitos donde se ha evitado la escasez artificial, se han producido más beneficios que perjuicios, sobre todo para la mayoría de la gente (los autores, naturalmente, no son la mayoría de la gente). Por ejemplo, Wikipedia es un producto de la abundancia. Google es un producto de la abundancia. Amazon es producto de la abundancia. Como también lo son los blogs, el smartphone como producto masivo, las app´s, etc. La abundancia de conocimientos imposibilita que, tal y como sucedía antes, existan sabios que sepan de todo, condenándonos a ser expertos en pequeñas parcelas de conocimiento: pero nadie apostaría por regresar al nivel de conocimientos de hace cinco siglos.

La escasez artificial acostumbra a beneficiar únicamente al pequeño grupo de personas que decretan esta escasez.

Otros han atacado la abundancia y la variedad sin límites como problemática por otros motivos. Por ejemplo, hay quienes aseguran que la abundancia de música a la que ahora podemos acceder (cuando hace apenas un cuarto de siglo se limitaba a los discos que podíamos adquirir con nuestro dinero o que nos copiaban nuestros compañeros de clase), ha provocado es que nos disfrutemos con tanta fruición de cada nuevo tema musical.

Simplemente lo usamos y lo tiramos, lo consumimos compulsivamente como si fuera fast food, y pasamos a otra canción. Saltamos caprichosamente de tema en tema hasta que, finalmente, no disfrutamos verdaderamente de ninguno. Algo que podría extenderse a cualquier otra abundancia, como la de los libros, los blogs, o el cine (por ahí hay gente que incluso ha empezado a ver determinadas películas al doble de velocidad con su reproductor para no desperdiciar tanto tiempo en el metraje y disponer de más margen para probar con otra película).

Uno de los defensores de esta idea es Barry Schwartz y su influyente libro Por qué más es menos, publicado en 2004. Para respaldar su tesis, el autor cita un célebre estudio de la conducta del consumidor en un supermercado.

Os hablaré de este estudio en la próxima entrega de este artículo, para finalmente desmontarlo con objeto de demostrar inequívocamente que más puede ser mucho más.

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